Una tribu afila sus flechas contra invasores de la Amazonía brasileña

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Waiãpi (Brasil) – Sebastian Smith (AFP)

Aparecen en silencio, de la nada: una decena de figuras, cubiertas apenas con taparrabos rojos, bloquean repentinamente el camino de tierra.

Son indígenas waiapi, una antigua tribu que vive en la selva amazónica brasileña y teme que sus tierras sean invadidas por compañías mineras internacionales.

Mientras guían al equipo de AFP hasta un pequeño caserío de chozas ocultas en la jungla, los hombres de la tribu, cubiertos con pinturas corporales rojas y negras, prometen defender sus tierras. Para demostrar su determinación, blanden sus arcos y flechas de dos metros de largo.

“Seguiremos peleando”, afirma Tapayona Waiapi, de 36 años, que vive en Pinoty, como es conocido el caserío. “Cuando las compañías vengan, resistiremos. Si el gobierno brasileño envía soldados para matar a nuestra gente, vamos a resistir hasta que el último de nosotros muera”, dice.

La reserva de los waiapi está en la selva cerca de la desembocadura del río Amazonas. Forma parte de una amplia zona de conservación llamada Renca (Reserva Nacional de Cobre y sus asociados), del tamaño de Suiza.

Rodeada por ríos y árboles imponentes, la tribu se guía por sus propias leyes, con un estilo de vida que puede parecer cercano a la Edad de Piedra, a pesar de que la cara de un Brasil más moderno está apenas a pocas horas de carretera.

El gobierno conservador de Michel Temer abrió en agosto a firmas privadas la explotación de los ricos depósitos de oro y otros metales escondidos bajo la floresta de Renca.

La intempestiva decisión desató un alud de críticas de ambientalistas y celebridades, como la top-model brasileña Gisele Bundchen o el actor estadounidense Leonardo DiCaprio.

A pesar de que el mandatario se retractó en septiembre, el susto no pasa para los waiapi, que casi desaparecieron a causa de las enfermedades contraídas tras ser contactados por autoridades brasileñas en los años 1970.

La selva, dice Moi Waiapi, “es la base para nuestra supervivencia”.

– El camino –

Un camino de tierra es la única vía de acceso al territorio waiapi. Pinoty, donde una docena de personas duermen en hamacas bajo techos con laterales abiertos, es el primer caserío y delimita la frontera.

Llegar aquí exige varias autorizaciones, además de dos horas de una carretera con baches desde el pequeño pueblo de Piedra Blanca. Macapá, la remota capital del estado Amapá, está aún más distante.

Al llegar a Pinoty, una placa gubernamental recuerda que se trata de “Tierra protegida”. Atrás quedaron la señal de telefonía celular, la luz eléctrica, una estación de combustible y muchas leyes brasileñas.

A pesar de la distancia, los waiapi no están muy protegidos contra las poderosas fuerzas que por décadas han empujado a la industria y el agronegocio a zonas cada vez más profundas de la Amazonía, en una apuesta por hacer de Brasil una superpotencia exportadora de materias primas.

La propia carretera es un monumento a esas ambiciones.

La construcción de la BR-210, o Perimetral Norte, comenzó durante la dictadura militar (1964-1985), con el objetivo de comunicar Brasil con Venezuela.

Pero por falta de financiamiento, la carretera fue abandonada en la década de los 70, dejando inconclusos más de 1.100 kilómetros de la planificación original.

Aún sin culminar, el faraónico proyecto sigue teniendo una presencia amenazante. A pesar de que no pasa más de un carro por día, la carretera sin fin, que se desliza por una amplia cicatriz roja a través de colinas cubiertas de árboles, permanece bien conservada.

Calibi Waiapi, otro miembro de la tribu, cree que el gobierno anhela revivir un día el proyecto de abrir estas tierras. Usando un tocado de plumas de papagayo, Calibi frunce el ceño pensando en el futuro.

“Habrá carros, camiones, violencia, drogas, asaltos. La cultura cambiará. Los jóvenes querrán usar teléfonos celulares, ropas, computadoras”, dice el hombre de 57 años.

“Si muchos blancos vienen, será el fin”, advierte.

– Flecha ‘para Temer’ –

Algunos amenazan con una respuesta violenta a cualquier intento de intrusión.

“Si Temer viene aquí, si se me acerca, esto será lo que recibirá”, dice Tapayona Waiapi, blandiendo una de sus largas flechas afiladas.

A pesar de que los waiapi tienen armas de fuego para cazar desde los años 1970, aún usan flechas envenenadas.

“Éstas son nuestras armas, no dependemos de armas que no sean indígenas”, dice Aka’upotye Waiapi, en la comunidad Manilha, mientras talla una nueva flecha.

Pero la demostración de fuerza de los hombres de la tribu, uno de los cuales balancea una especie de hacha de madera, parece más que nada una bravuconería.

Hay apenas 1.200 waiapi, dispersos en comunidades a las que solo se llega caminando o por el río: apenas pueden controlar, mucho menos proteger, su territorio. En mayo, por ejemplo, una mina ilegal fue descubierta y cerrada casi dos kilómetros al sur de Pinoty.

Jawaruwa Waiapi dice que pelear o huir hacia la floresta ya no es una alternativa.

El joven de 31 años fue electo el año pasado concejal del municipio de Piedra Blanca, convirtiéndose en el primer miembro de su tribu en alcanzar un puesto político en Brasil. Jawaruwa cree en la persuasión pacífica como la única opción posible en estos tiempos.

“Tenemos otro camino, otra estrategia, que es entrar en la vida política”, afirma.

“Hoy en día no necesitamos flechas ni mazas. Tenemos que luchar a través de conocimiento, de la política, de nuestra unión y sabiduría (…) Esas son nuestras nuevas armas”, sostiene.

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