Por: Camilo Cortés- Useche, PhD. (Colombia)
El aviso estaba ahí, clavado en la madera vieja como una advertencia que nadie quería escuchar: Peligro. Las letras rojas parecían arder bajo el sol de la tarde, pero dos niños, con esa mezcla de curiosidad y valentía imprudente, lo leyeron como si fuera parte del paisaje.
El cerro se alzaba empinado, casi desafiante, como si la misma tierra hubiera decidido ponerse de pie para probar quién era digno de caminarla. A sus pies, la pequeña iglesia blanca guardaba silencio, y más abajo, el ganado pastaba ajeno, como si supiera que todo lo que ocurre en la altura pertenece a otro mundo.
Subamos, dijo uno, y eso bastó. El ascenso comenzó entre risas, piedras sueltas y manos que se empujaban y se ayudaban al mismo tiempo. La brisa traía olor a tierra húmeda, a vida antigua. Era como si la montaña respirara bajo sus pies. Pero a mitad de camino, el juego cambió. Una piedra rodó. Luego otra. Un grito rompió la tarde. El equilibrio se volvió frágil, casi inexistente. El suelo dejó de ser suelo. Se convirtió en un hilo delgado entre la vida y el vacío. El vértigo apareció sin pedir permiso, como una presencia que se instala en el pecho y no deja respirar.
El caos llegó en segundos. Uno resbaló. Otro intentó sostenerlo. Las manos se buscaron, pero el miedo fue más rápido que la coordinación. Y entonces, el tiempo se rompió.
En el borde los dedos del niño más grande intentaban arañar la tierra, con sus fuerzas se aferró, encontró un árbol. El tronco, firme y leal, lo sostuvo como si lo reconociera. Como si la Madre Tierra, en su lenguaje silencioso, hubiera decidido no dejarlo ir.
Pero no estaba solo. Debajo de él, otro niño pendía del vacío, sostenido apenas por una mano que ya no confiaba en sí misma. Sus ojos estaban abiertos, demasiado abiertos, mirando no el suelo lejano, sino algo más profundo, el final. ¡No me sueltes! gritó.
Y entonces ocurrió lo que no se enseña en las escuelas ni en los libros, el acto puro de la lealtad.
El niño aferrado al árbol soltó una mano. Por un segundo, todo su cuerpo tembló. Sintió el tirón del abismo, el llamado oscuro de la caída. En ese instante, la vida pasó frente a sus ojos como un río desbordado, la risa de sus padres, el calor de su familia, el olor de la tierra después de la lluvia, los juegos, los días sin miedo.
Y aun así, eligió. Extendió la mano. La otra mano la encontró. El contacto fue más que piel. Fue un pacto. El árbol crujió, el viento sopló con fuerza, el mundo entero pareció inclinarse hacia ellos. Pero no cayeron. No ese día.
Porque la tierra sostuvo al que se aferró, y el que se aferró sostuvo al otro.
Cuando finalmente lograron subir, cuando el caos se convirtió en silencio y el silencio en respiración, nadie habló durante un largo rato. Solo miraron hacia abajo, hacia ese vacío que ahora parecía un recuerdo ajeno.
Más tarde, cuando descendieron con pasos más lentos, pasaron de nuevo frente al aviso: Peligro.
Esta vez lo entendieron. No como una amenaza, sino como una verdad, la vida siempre está al borde. Esa noche, uno de ellos miró el cielo y pensó en la montaña, en el árbol, en la mano que no lo soltó.
Y agradeció. A la tierra que sostiene incluso cuando parece quebrarse. A la amistad que no duda cuando todo se desmorona. A la lealtad, que es ese acto silencioso de quedarse cuando lo más fácil sería soltar. Porque hay momentos en los que el mundo se inclina hacia el vacío. Y todo lo que nos salva es una mano extendida a tiempo.
Así como una mano leal puede sostener una vida al borde del vacío, hoy la humanidad está llamada a sostener a la Madre Tierra, cada acción cuenta y cuidar el planeta es un acto de corresponsabilidad y compromiso con la vida compartida.
El Día Internacional de la Madre Tierra se conmemora cada 22 de abril con el objetivo de fortalecer la conciencia pública mundial sobre los desafíos que enfrenta el planeta y la vida que sustenta, promover una responsabilidad colectiva orientada a vivir en armonía con la naturaleza y avanzar hacia un equilibrio justo entre las necesidades económicas, sociales y ambientales de las generaciones presentes y futuras. Su origen se remonta a 1970 en Estados Unidos, tras una década de movilizaciones por la contaminación ambiental que llevaron a su primera celebración en California; posteriormente, en la década de 1990, adquirió carácter global.
En 2009, la Asamblea General de las Naciones Unidas oficializó esta fecha consolidando el uso del término “Madre Tierra” como expresión de la interdependencia entre los seres humanos, otras especies y el planeta. En 2026 se celebra la 56ª jornada bajo el lema “Nuestro poder, nuestro planeta”, destacando que cada persona, comunidad e institución posee la capacidad real de incidir en el destino ambiental a través de acciones responsables y coherentes.
La jornada también retoma el papel decisivo de la acción colectiva en avances ambientales históricos, reforzando la importancia de la educación ambiental, la alfabetización climática y la participación ciudadana informada. A través de iniciativas como la reducción de residuos, el uso eficiente de la energía, la restauración de ecosistemas y la promoción de economías circulares, se busca no solo proteger el planeta, sino también formar generaciones capaces de liderar cambios sostenibles.
En este contexto, la celebración invita a participar activamente en espacios de reflexión, acciones comunitarias, jornadas de limpieza y reforestación, así como en la defensa de marcos normativos ambientales, recordando que cada gesto, por pequeño que sea, contribuye al bienestar colectivo y a la protección de la vida, especialmente de las poblaciones más vulnerables.
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Camilo Cortés- Useche es biólogo Marino. Maestro en Manejo de Ecosistemas Marinos y Costeros, con doctorado e investigación postdoctoral en el área de las Ciencias Marinas. Su trabajo en el campo de la gestión y ecología marina en la República Dominicana le valió el reconocimiento del “Premio Dr. Alonso Fernández González 2020” a las Mejores Tesis de Posgrado del CINVESTAV en la Categoría Doctorado. Innovador de la sostenibilidad, científico y distinguido por sus aportes en la conservación de la naturaleza. Durante los últimos años ha liderado coaliciones para un modelo resiliente al cambio climático basado en la ciencia, con una idea firme del desarrollo social justo.
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