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Plumas NCC | Cambios ambientales, recursos y sistemas alimentarios

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Por: Wal­ter Pen­gue  (Ar­gen­ti­na).

Los cambios ambientales en América Latina y el Caribe durante los últimos siglos fueron dramáticos y respondieron a procesos de ocupación, sometimiento y ciclos productivos, para satisfacer demandas globales. En tiempos pretéritos, fue América la base de sustentación del crecimiento precapitalista europeo. En tiempos actuales, el subcontinente sigue siendo el gran aportador de recursos naturales y humanos baratos, que promueven el crecimiento consumista de las capitales no sólo ahora europeas sino asiáticas.

El resultado de todo esto, fue que gran parte de los ecosistemas nativos fueron profundamente transformados: los bosques se volvieron sabanas, zonas agrícolas y llegaron a desiertos; los pastizales fueron absorbidos por las tierras de cultivos y en algunos casos, plantados con monocultivos arbóreos; los grandes lagos se desecaron y por otro lado, algunas zonas desérticas fueron irrigadas; varios de nuestros principales acuíferos están sobreexplotados y los ríos, lagos y aguas costeras están contaminados; la biodiversidad bajo ataque constante y la calidad de vida humana, de millones de latinoamericanos, deteriorada.

De ese modo, uno de los continentes más ricos en diversidades naturales y culturales, que poseía una de las bases de recursos más importantes del mundo, la ha venido perdiendo aceleradamente en forma alarmante.

Hace 500 años que el mundo se está comiendo a América Latina.  Y más de doscientos que no paramos con nuestras irrefrenables pautas de consumo. Hoy el consumismo de una parte del mundo se come el mundo. La sociedad carnívora y energívora en la que estamos empuja una vorágine sobre los recursos y los bienes de la naturaleza que hace que quienes otrora utilizaban solamente un lenguaje diplomático, hoy prácticamente se conviertan en voceros desesperados de una necesaria transformación.

Lo escuchado y planteado en la reciente COP 27 sobre el Cambio Climático (Noviembre 2022, Egipto), deja más preocupaciones que esperanzas. Pero allí está también la semilla de una radical transformación de la sociedad humana.

Si recordamos, como lo destacaba el científico argentino de Harvard University, Otto Solbrig,  que la biodiversidad, es una mesa sostenida sobre cuatro patas: biológica y ecológica y también social y cultural, hemos de reconocer que el subcontinente es hoy en día una mesa con sus patas entrecortadas.  La preocupación más seria es que el proceso no se está enlenteciendo sino que, por el contrario, parece aumentar su ritmo cada día.

La frontera agropecuaria aún se sigue expandiendo y el cambio de uso del suelo en la región se hace notable. Las proyecciones globales muestran que a diferencia de la tendencia mundial, América Latina proyecta aportar nuevas tierras al proceso agropecuario de exportaciones granarias en más de un 40 % de expansión en las próximas tres décadas (contra un 9 % mundial). Los datos de la brutal deforestación amazónica o del Gran Chaco Gualamba parecen confirmar que esta tendencia no se detendría, al menos por ahora.

¿Cuál es la causa de esta situación? ¿Dónde se plantean los problemas más agudos? ¿Cuáles son los efectos de la globalización sobre las tierras y las formas de alimentación de los latinoamericanos? ¿Qué puede hacerse para prevenir nuevas degradaciones y hacer sostenible a la agricultura regional? ¿Cómo comerán los latinoamericanos en los próximos años?  Las respuestas a estas preguntas no son simples dado que la situación de América Latina y del Caribe es el resultado de una geografía natural única y una evolución histórica, social y cultural, muy peculiar.

Abya Yala, el nombre antiguo más conocido con el que se reconocía lo que luego sería esta América, se identificaba con la madurez de sus tierras y sus riquezas como lo asumían uno de sus pueblos originarios, el pueblo Kuna[1]. Un término que claramente fue adoptado por todos los pueblos originarios de la región o que al menos reconocen como tal, frente al encubrimiento al que fueron sometidos.

La experiencia y el conocimiento que tenían de la naturaleza los habitantes prehispánicos del continente se habían traducido en formas de control y adopción con relación al ambiente, las que se perdieron en parte por la destrucción de estas civilizaciones y por la aculturación sufrida.

Ello no descarta el hecho que los pueblos precolombinos cometieron errores también en el manejo de los recursos locales, pero por un lado procesos propios de error y aprendizaje y por el otro la escala, no pueden hacerse comparables con las situaciones y el contexto que les esperaría en el futuro.  Las civilizaciones que ocupaban nuestro territorio acumularon un conocimiento empírico relevante y una capacidad de transformación y artificialización de los ecosistemas convirtiéndolos en sistemas altamente productivos particularmente para la producción de alimentos, manejo del agua y desarrollo relevante de la infraestructura.

Ciertamente la diversidad fue la norma y de esta forma atravesaron los tiempos civilizaciones con una altísima carga tecnológica y conocimiento y pueblos cazadores, recolectores y pescadores que comulgaron de distintas formas y procesos con la naturaleza.

La tierra era importante, pero más aún lo era el agua. Y de esta forma, las principales civilizaciones se conformaron en torno a la misma. Como destacan Nicolo Gligo y Jorge Morello en sus “Notas sobre la historia ecológica de América Latina” (CEPAL 1980) que hubo en América Latina dos tipos de civilizaciones hidráulicas: aquellas que manejaron excedentes de agua en ambientes anegadizos (por ejemplo aquellas de la Isla de Marajó en Brasil, en los llanos de Moxos en Bolivia, las llanuras de San Jorge en Colombia, Surinam, la Cuenca del río Guayas en Ecuador, los waru-waru del lago Titicaca o el lago de Texcoco en México) y las que regaron en ambiente áridos, llamadas andinas.

Las culturas de áreas de regadío, con la sola excepción de las agriculturas de los lagos Texcoco y del lago Titicaca, habían desaparecido a la llegada de los europeos y sólo quedaban sus restos de camellones, sobre los cuales cultivaban.

El equipo tecnológico que se conserva fue el del cultivo y la cultura de las chinampas. La otra civilización hidráulica basada en el manejo del agua de riego en las zonas andinas fue luego de las más estudiadas, porque justamente era una de las más florecientes a la llegada de los españoles. Destacan Morello y Gligo que otra civilización de policultores floreció en la selva de Yucatán con la cultura maya.

La cultura hidráulica, que hoy en día se ha perdido en parte en América Latina, tuvo un más que relevante basamento que dio sustento a millones de personas. Las amplias áreas de América Latina con excedentes hídricos fueron utilizadas para la producción de alimentos.

Las chinampas de México fueron entre todas, las más destacadas por sus destacados avances tecnológicos como así también por su racionalidad ecológica. La capacidad de manipular simultáneamente el ambiente acuático y el terrestre.  Del primero se obtiene agua, circulación por el fluido, transporte, vegetación flotante y arraigada para “hacer suelo” y pescados y del segundo una alta productividad por unidad de área que permite combinar cultivos en un mismo espacio y tiempo como el maíz, el poroto y la calabaza, producir madera y otros estratos herbáceos y arbóreos que mantienen el borde del canal.

Recientemente (Noviembre, 2022), la milpa maya fue reconocida Sistema Importante del Patrimonio Agrícola Mundial (SIPAM), de la FAO, no sólo por su antigüedad superior a los 3 mil años, sino por su destacada resiliencia. La capacidad de la milpa para enfrentarse a la problemática del cambio climático, su alta productividad en superficie y perdurabilidad, la adaptación a la modernidad y su especial contribución a la diversidad biocultural en la Península, le permiten destacarse como sistema productivo. Cuestiones del pasado que parecen del futuro, a pesar de todo el daño recibido por siglos.

Después de 1492, cuando llegó la primera expedición europea a las islas del Caribe, se produjo un cambio dramático. Los “exploradores” españoles recién llegados se transformaron en “conquistadores” estableciéndose en Santo Domingo (Haití), Cuba, Puerto Rico, Jamaica. Pocos años más tarde los portugueses habrían de hacer otro tanto en el Brasil.

En las islas, la población ascendía a varios miles y en el continente llegaba según varios autores a millones. Después de 50 años de ocupación española de las islas, solo sobrevivieron unos pocos cientos de individuos en las islas colonizadas. Las prácticas genocidas, las mortales enfermedades europeas y el suicidio generalizado habían dado cuenta del resto[2]. Hechos similares tuvieron lugar en las otras islas “españolas” del Caribe.

En Brasil, el comportamiento de los colonos portugueses no fue muy diferente. Miles de indígenas fueron forzados a trabajar como esclavos en las plantaciones de caña de azúcar, organizándose expediciones al interior para obtener más esclavos que reemplazaran a los muertos debido a las terribles condiciones de vida a las que se veían sometidos. En ambos casos, el poder de tráfico esclavo desde un continente aún más vituperado como el africano, de la mano de ingleses, holandeses y belgas, hizo lo suyo en términos de uso humano para la producción de estos bienes exportables.

Los españoles y portugueses reprodujeron el sistema feudal europeo en sus colonias americanas. Los colonos recibieron concesiones de tierra y “siervos” nativos llamadas encomiendas, que eran en cierto modo equivalentes a los señoríos europeos. Los sistemas de producción introducidos por los conquistadores fueron destructivos y degradatorios. La explotación mineral indiscriminada, la deforestación, los cultivos inadecuados, el sobrepastoreo fueron la regla.

El impacto fue severo en muchas áreas y algunos ecosistemas fueron destruidos en forma irreversible. Sin embargo, debido a que los colonos eran poco numerosos en relación a las extensiones “conquistadas”, una gran parte del ambiente natural permaneció relativamente inalterado.

En las áreas agrícolas andinas, los propietarios de tierras controlaban a muchos campesinos nativos, que, en parte, continuaron practicando la agricultura de acuerdo a sus sistemas tradicionales, sobre todo en las zonas más apartadas de las minas.

En las praderas, la tierra fue otorgada a los colonos para dedicarla a la cría de ganado que había sido introducido en el continente sudamericano a fines del siglo XVI. El ganado reemplazó a los guanacos, los venados y otros animales herbívoros de la pradera, que gradualmente se fueron haciendo más escasos hasta resultar prácticamente extinguidos.

En la Historia ecológica de Iberoamérica, el querido y recordado Antonio Elio Brailovsky (1947-2022),  haciendo una especie de revival ecológico de Las Venas Abiertas de Galeano, destacaba con claridad meridiana las fuertes interacciones entre el hombre y la naturaleza y quitaba de alguna forma la mirada de alguna manera naif que se tienen sobre las culturas indoamericanas y sus relaciones interculturales y con su entorno.

No mucho cambió luego de la independencia de varios de los países sudamericanos entre 1810 y 1822. A pesar de estos cambios la explotación al estilo feudal de los tiempos coloniales persistió en los nuevos estados. Las élites criollas estaban constituidas generalmente por los latifundistas más poderosos y mantuvieron prácticamente intactas las viejas estructuras sociales. Las grandes plantaciones y estancias eran sucesoras de las antiguas encomiendas y por varias décadas habrían de continuar produciendo en forma muy similar a los antiguos establecimientos españoles o portugueses.

La historia de la depredación de la naturaleza en América Latina siguió durante todo el proceso de la emancipación. Ahora mismo, cuando muchos países pasaron ya los 200 años de historia, la Región aún continúa siendo sólo un polo de extracción de bienes naturales y depredación ambiental.

Los relictos de selvas de Brasil, como la Mata Atlántica en Rio Grande do Sul, está siendo eliminada a un ritmo alarmante. Hoy solo existen pequeños remanentes de este ecosistema que en tiempos antiguos cubrían casi toda la región costera de Brasil.

Durante el siglo XIX los países de América Latina y del Caribe se transformaron en productores de materias primas y productos alimenticios para la exportación a los principales centros de poder, al principio a Europa, y a partir de fines del siglo XIX y el siglo XX, para los Estados Unidos.

La explotación de los recursos naturales fue brutal, sin ninguna preocupación por los efectos ambientales. En las zonas de elevada densidad de población, como los valles de las montañas o las zonas costeras, la deforestación fue intensa, la extracción mineral prosiguió a un ritmo aún más acelerado, la caza indiscriminada provocó la extinción casi total de muchos animales y la erosión de suelos se transformó en un fenómeno común y generalizado.

Ya en pleno siglo XX, estas tendencias recrudecieron. Las tierras que aún permanecían en poder de las comunidades nativas fueron ocupadas sin preocupación por los derechos de éstos. La degradación ambiental continuó haciendo estragos en todos los ecosistemas.

Como resultado del tendido de vías férreas y al crecimiento de los principales puertos las economías de los países latinoamericanos y del Caribe, que estaban orientados a la exportación desde los tiempos coloniales, se volvieron aún más exportadoras. Y ahora mismo, virando sus exportaciones hacia el nuevo coloso emergente del siglo XXI: China

Recientemente, la Amazonia experimentó una corrida del oro generalizada. Los garimpeiros (pequeños mineros) ocuparon varias áreas potencialmente ricas en este metal, afectando seriamente ambientes anteriormente prístinos y a las poblaciones que allí vivían. Los sedimentos de los ríos fueron dragados y tratados con mercurio para separar el oro.

El mercurio es arrastrado por los ríos y eventualmente se concentra en los tejidos vegetales y animales. En varios ríos amazónicos, los peces muestran altos niveles de mercurio en forma sistemática, al igual que los consumidores humanos de las comunidades de pescadores vecinas. En la comunidad de Rainha, sobre el río Tapajoz, las muestras de cabellos de los aldeanos locales han registrado niveles de mercurio mucho más elevados que el máximo de 6 ppm establecido por la OMS. Condiciones similares se encuentran en los ríos Madeira, Xingú y Negro. Los grupos indígenas amazónicos, que dependen fundamentalmente del pescado para su sobrevivencia, son a menudo las primeras víctimas de este proceso de contaminación y envenenamiento.

En América Central, el Caribe y la costa norte de Colombia, los principales productos eran las bananas, el café y el coco. A menudo, las actividades de exportación las llevaban a cabo compañías de propiedad estadounidense que controlaban la producción y el acceso a los mercados extranjeros.

La United Fruit Company, que era extremadamente poderosa en Cuba, Guatemala, Nicaragua, Honduras, El Salvador y Costa Rica, utilizó su influencia para cambiar los gobiernos o inducir intervenciones militares de EE.UU. en varias oportunidades. Las repúblicas centroamericanas de la época eran llamadas a veces, irónicamente, las “repúblicas bananeras”.

Al mismo tiempo, las principales ciudades del continente comenzaron a desarrollar una importante base industrial. En Argentina, Uruguay y sur de Brasil se desarrollaron un gran número de empresas exportadoras relacionadas con la ganadería: textiles, frigoríficas y curtiembres.

En otros casos las industrias estaban orientadas a los mercados nacionales, siendo protegidas de la competencia extranjera mediante políticas proteccionistas. Las principales ciudades industriales eran Buenos Aires, Sao Paulo y México. También se establecieron áreas industriales en La Habana, Montevideo, Santiago, Bogotá y Lima.

Esta tendencia económica generalizada hacia la exportación y el aumento de las actividades industriales tuvieron un impacto muy fuerte en el ambiente latinoamericano ya intensamente dañado en el pasado. Continuaron los procesos de eliminación de bosques y la plantación de cultivos monoespecíficos (maíz, soja, caña de azúcar u algodón),  aumentando la vulnerabilidad de los suelos a la erosión acuática y eólica, los regímenes hidrológicos cambiaron, y se hicieron más frecuentes las inundaciones y las sequías.

La expansión de las actividades humanas e industriales produjo un deterioro acumulativo en los sistemas hídricos naturales. Los pequeños ríos cerca de las ciudades se volvieron “cloacas abiertas”, los grandes ríos y lagos recibieron volúmenes considerables de contaminantes y muchos acuíferos se volvieron inutilizables debido a la salinización y la polución. Los casos del Riachuelo y el Reconquista en Buenos Aires o el Salí Dulce en el norte argentino son un ejemplo.

Los procesos de globalización  intensificaron la tendencia histórica hacia la degradación ambiental del continente. Las ciudades mayores poseen poblaciones de 10 a 20 millones de habitantes; las actividades industriales, previamente confinadas al sector agro-exportador, se han expandido o se están expandiendo a otros sectores, tales como la producción automovilística o la química. En México, Costa Rica, Guatemala, la República Dominicana y otros países está teniendo lugar una invasión a gran escala de maquiladoras, con efectos negativos sobre el ambiente local debido a la ausencia de un marco legal apropiado o a la falta de controles.

Las tendencias macroeconómicas siguen produciendo deforestación en los Cerrados brasileños, en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia), en el Chaco argentino y en el este del Paraguay como resultado de la expansión de las plantaciones de árboles exóticos destinados a la producción de madera o pulpa de papel y las nuevas demandas de tierra para soja.

Los ecosistemas de pastizales y las tierras de cultivo asociadas también están siendo invadidos por plantaciones de árboles exóticos monoespecíficos, que resultan en el desarrollo de nuevas plagas, reducción de la competitividad agrícola y daños al potencial futuro de los suelos. Debido a la destrucción de los ecosistemas que protegen sus cabeceras los ríos se cargan de sedimentos y cambian sus regímenes hídricos. Los casos de la expansión sojera sin límites ni orden en la Argentina, han llevado a situaciones dramáticas.

El tema no sólo responde a variables endógenas sino a los fuertes incentivos del consumismo global. La llegada de los biocombustibles, y la demanda por biomateriales, exacerba la expansión. Las nuevas demandas y la escalada de precios internacionales desde el 2022 impulsan un nuevo proceso de Pampeanización (savanización) de todo el norte argentino, que llega a nuevas demandas de tierras en el Paraguay, el Uruguay, el sur del Brasil y Bolivia, pero ahora sobre suelos muchos más inestables y degradados.

La República Unida de la Soja – un leitmotiv promovido por la empresa Syngenta en 2003 – que venciendo las fronteras nacionales,  resaltaba la relevancia que la región representaba para la agroindustria global, como proveedora de commodities pasando incluso por encima de las fronteras y los intereses nacionales, como nos informara en su momento, el destacado e inolvidable ecologista, Carlos Vicente (1957-2022).

Los problemas ambientales están teniendo efectos perjudiciales sobre la calidad de vida “y sobre la vida”, de la población. Antiguas enfermedades relacionadas con la contaminación del agua, que habían desaparecido o que eran prácticamente inexistentes, como el cólera o la leishmaniosis, han vuelto con suma intensidad por todas partes. Otras, tanto o más graves como La fiebre amarilla o el dengue, el Zika y Chikungunya hoy llegan a países como la Argentina.

En la ciudad de Tartagal, sobre la gran ruta de la soja en el Norte Argentino (la ruta 34), las inundaciones o los incendios, son cada vez más recurrentes. Se los achacar a desastres naturales, cuando su verdadera consecuencia ha sido la tremenda deforestación para sembrar esta monocultura en las zonas altas de la cuenca. Este proceso trae aparejado la llegada de nuevas enfermedades como las citadas y otras nuevas para la zona. A ello se suma la desnutrición de niños y ancianos, en una de las regiones más atrasadas de la Argentina, asentada sobre una riqueza natural indescriptible.

El hacinamiento y la desprotección de muchos de los migrantes internos, la mayoría desde la ruralidad, se refleja en las grandes urbes, donde el daño les penetra desde arriba o por las bocas.  América Latina el continente más urbanizado del mundo en desarrollo, está abandonando su campo al arbitrio de cada vez más poderes concentrados. Y no lo hace para beneficiar a la población que encontrará mejoras en los ambientes urbanos, sino que enfermará y vivirá en algunos casos, mucho peor.  La pobre calidad del aire en las principales áreas metropolitanas está aumentando la incidencia de las enfermedades respiratorias.

Las denuncias por contaminación y daños a la salud humana en Villa Inflamable (al lado del polo petroquímico de Dock Sud, algo inverosímil en cualquier ciudad que se precie de “desarrollada” como Buenos Aires) son ya inocultables. Ya no se puede esconder la cuestión de la pobreza. Los pobres hablan directamente acreditando sus muertes. En Inflamable – Estudio del Sufrimiento Ambiental, Auyero y Swistun, cuentan a través de los relatos de vida este drama que están viviendo, cientos de argentinos.  Los estudios a niños, los principales afectados, en la Villa Inflamable demuestran que el 50 % tienen presencia de plomo en sangre, el 38,9 % cromo, el 11 % benceno y el 88 % están afectados por concentraciones de tolueno.

Por otro lado, la carga de agroquímicos en lugar de disminuir se busca promover, bajo el argumento de los posibles riesgos económicos en la disminución de la producción, si estos se dejaran de aplicar. En un reciente informe producido por el INTA (2022), el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, organismo del Estado argentino,  se destaca que en la Argentina se utilizan 230 millones de litros de herbicidas y 350 millones de litros de otros productos fitosanitarios (2022).

Los envases necesarios para su comercialización generan unas 17.000 toneladas de polietileno cada año. Existen en el mercado argentino cerca de 5387 productos formulados registrados en el SENASA. Los herbicidas son el grupo mayoritario con 43 %, seguido por los insecticidas y fungicidas. El resto, léase acaricidas, nematicidas, molusquicidas y reguladores de crecimiento, no superan el 14 %. Por supuesto, que más allá de los números generales, el principal herbicida comercializado es el glifosato, cuyo consumo supera incluso los datos oficiales, que se quedaron muy cortos con su registro.  Igualmente, el reporte del INTA no analiza ni se ocupa de los contenidos de trazas de agroquímicos en los alimentos

El trabajo lo hizo una ONG llamada Naturaleza de Derechos donde indica que basados en datos oficiales (SENASA), detectaron  7869 casos positivos de presencia de agroquímicos en un grupo de 48 frutas, verduras y hortalizas. De acuerdo al informe «El veneno continúa llegando al plato”, que utilizó datos de los años 2017 y 2019, en el 31 % de los casos había agroquímicos  presentes en los alimentos que superaban los límites legales que debía controlar el mismo organismo del Estado, mientras que en el 47 por ciento de los casos positivos se hallaron principios activos que están cancelados en la Unión Europea.

Alimentos frescos como el pimiento, la manzana y la pera fueron los tres alimentos con mayores residuos de agrotóxicos: 37, 35 y 33 principios activos se encontraron entre los casos positivos, sobre un total de 80 agroquímicos encontrados.

La industria petroquímica y agroquímica sigue creciendo y diseminando sus productos en el agro latinoamericano.  Los impactos sobre el ambiente y la salud, denunciados por médicos independientes, científicos comprometidos y algunos sectores de la sociedad civil comienzan a ser denunciados. Están intentando cambiar en algo, pasado a Bioinsumos, Bioestimulantes o implementando BPAs (Buenas Prácticas Agropecuarias).

Todas de escaso impacto frente a la carga agroquímica que llueve en la región.  Algunos países como México banearon el consumo de herbicidas estrella como el glifosato.  El glufosinato está ya prohibido en Europa. Mientras tanto en la Argentina o en el Brasil, se discute producir y alimentar a su población con trigo transgénico (HB4) (también el evento está en la soja y próximamente en otros cultivos).

Los Pueblos Fumigados de la Argentina en su compaña Paren de Fumigar (iniciada por el reconocido ambientalista Jorge Rulli), no paran de reclamar por una transformación sustantiva del sistema agropecuario.

Los modelos de desarrollo de América Latina y del Caribe han mostrado ser insostenibles. Además, han contribuido a vaciar los territorios de gentes y desplazarlas sin ninguna malla de contención y trabajo, hacia las grandes urbes.  Las nuevas políticas deberían promover que las actividades económicas y la distribución de la población sean descentralizadas, que solo se adopten los sistemas de producción demostradamente sostenibles, y que estos sistemas estén basados, en la medida de lo posible, en plantas y animales adaptados localmente y bajo prácticas basadas en la agroecología.

Como a un semiahogado, al que se deja de tanto en tanto su cabeza por encima del agua, América Latina está inmersa en un estado de “subdesarrollo sostenible”. No se permite que se desarrolle, solo se le deja la posibilidad de producir para sacar los bienes necesarios, crecer un poco con ello, pero nunca desarrollarse, en el verdadero sentido del término. Esto es que cada uno pueda hacerse y ser en su propio entorno y cultura.

Y para ello se necesita de una radical transformación, tal como lo destaca la reconocida y bella persona de la colombiana Margarita Marino de Botero, quien junto con las ideas fuerza del Ecodesarrollo, un concepto que se debería implementar nuevamente en este siglo XXI, destacaba que “las mujeres han sido las lideresas universales que abrieron las primeras avenidas del pensamiento ambiental global”.

Botero ha luchado por más de ochenta años de vida por una radical transformación de la sociedad latinoamericana y mundial por otro mundo, un mundo en el que todos por igual, junto con todas las otras especies, podamos vivir en paz.

Y claramente para ello, debemos cambiar. Un reciente libro publicado por la CEPAL, emergente de una reunión previa que denominó en 2019 – el mismo día en que se iniciaban en Santiago de Chile, los movimientos sociales que dieron pie al inicio de una transformación social relevante en ese país – de los Pensadores Fundacionales del Desarrollo Sostenible[3], llamado La Tragedia Ambiental de América Latina y el Caribe, se dio cuenta de un análisis sobre las políticas ambientales y del desarrollo en la Región.

Y especialmente de sus fracasos.  Hacia 2010, más del 40% de los bosques de América Latina y el Caribe (650 millones de hectáreas) ya habían sido completamente deforestados (350 millones) o se encontraban muy degradados (300 millones). Los motores de este cambio incluyen la agricultura a gran y pequeña escala, la infraestructura y la minería. Como consecuencia, la mayor parte de las emisiones de gases de efecto invernadero en la región no se generan a partir de energía, sino por el uso de la tierra, el cambio de uso de la tierra y la silvicultura (CEPAL 2020).

De las 4,6 gigatoneladas estimadas de CO2  equivalente emitidas en América Latina y el Caribe en 2012, más de la mitad se asociaron con la agricultura, la silvicultura y otros usos de la tierra. De acuerdo con los escenarios de cambio climático, incluso considerando un marcado descenso de las tasas de deforestación, se prevé que en 2050 las emisiones regionales alcanzarán casi 5,3 gigatoneladas de CO2 equivalente al año (6,7 toneladas per cápita). La agricultura, la silvicultura y otros usos de la tierra contribuirán con más del 30% del total (CEPAL 2020).

El claro cambio de uso del suelo en América Latina muestra el impacto de la demanda global de biomasa.  Por más de quinientos años, pareciera que el destino que se ha venido dando a la región latinoamericana ya sido el de la gran proveedora de recursos naturales del mundo desarrollado.

Hemos visto aquí, en un pantallazo el aumento de los costos ambientales y sociales de un modelo insostenible, mucho de ello, relacionado con las bases propias del sistema productivo, particularmente el suelo y el agua. Sin embargo, hasta prácticamente hoy en día, más allá del alerta de los científicos, la economía como tal, no está detectando o queriendo contabilizar, las externalidades o invisibles ambientales que el sistema está produciendo.  Y en ello, la reconversión de esta sociedad que come petróleo está aún lejana, aunque como bien ha destacado Antonio Guterres (COP 27, 2022), estamos en una carretera, con el pie en el acelerador, hacia el infierno climático”.

Jorge Morello, uno de los ecólogos más destacados de la Argentina y América Latina, lo advertía claramente en varios de sus documentos como en El Perfil Ecológico de Sud América. A veces la mirada naif eurocentrista o malintencionada desde afuera, no deja ver los impactos globales y regionales y los procesos ecológicos, que no tienen vuelta atrás. Existencia de impactos ecológicos negativos cuya influencia se ejerce mucho más lejos de su inmediata vecindad. “El traslado o el viaje a distancia de efectos ambientales es en Sudamérica de características y propiedades totalmente distintas a la de los continentes o países desarrollados”.

La cuestión no es menor.  La crisis climática refleja una crisis civilizatoria.  Quizás sea el momento de reflexionar, frenar bruscamente y ¿Qué mejor forma para hacerlo, que empezar transformando el fracasado sistema alimentario global? Y dejar de sembrar el petróleo y un sistema de producción agropecuaria que enferma.

Bibliografía

Brailovsky, Antonio E. Historia ecológica de Iberoamérica. Capital Intelectual. Ediciones Kaicron. Disponible en: https://repositorios.cihac.fcs.ucr.ac.cr/cmelendez/bitstream/123456789/240/1/eliobrailovskytomo1historiaecologicadeiberoamerica.pdf

Gligo, N. y J. Morello (1980). “Notas sobre la historia ecológica de América Latina”, en Sunkel, O. y N. Gligo (compiladores) Estilos de Desarrollo y Medio Ambiente en América Latina. El Trimestre Económico (México: Fondo de Cultura Económica) N° 36, 2 tomos. Disponible en: https://repositorio.cepal.org/handle/11362/31237

Morello, J. H. (2002).  El perfil ecológico de Sud América. Instituto de Cooperación Iberoamericana. Disponible en: https://www.academia.edu/43460966/PERFIL_ECOLOGICO_DE_SUDAMERICA

[1] El pueblo Kuna es originario de la Sierra Nevada de Santa Marta, en la actual Colombia. Habitaron la región del Golfo de Urabá y las montañas del Darién. Actualmente los Kunas viven en la costa caribeña de Panamá, en la Comarca de Kuna Yala (San Blas)

[2] “El número de indígenas se redujo abruptamente en toda Latinoamérica, tanto por la sofocación de las rebeliones, por los desplazamientos poblacionales, la desorganización de la producción de alimentos y las epidemias. La destrucción y desarticulación de las culturas vencidas tuvo caracteres de genocidio. Además, de la matanza directa, un alto porcentaje murió debido a la introducción del paludismo, sarampión, viruela y fiebre amarilla. (E. Florescano, cit a Silvio Zavala, New Viewpoint on the spanish colonization of America, Filadelfia, University of Pennsylvania Press, 1943; “The frontier of Hispanic America: The Frontier of Perspective”, Walter D. Wyman y C.B. Kroeber (eds)., Madison, University of Wisconsin Press, 1957, pp. 35-38.)

[3] La reunión de dos días, congregó a los siguientes expertos de América Latina: Antonio Brailovsky, Alejandro Rofman, Héctor Sejenovich, Walter Pengue y Gilberto Gallopín, de Argentina; Francisco Brzovic, José Leal, Hernán Durán, Patricio Fernández y Santiago Torres, de Chile; Margarita Marino, Manuel Rodríguez y Julio Carrizosa, de Colombia; Gisela Alonso, de Cuba; Fernando Ortíz y David Barkin, de México, y Daniel Panario, de Uruguay. https://www.cepal.org/es/noticias/destacados-expertos-analizaron-la-cepal-la-evolucion-pensamiento-ambiental-panorama

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Wal­ter Pen­gue es In­ge­nie­ro Agró­no­mo, con for­ma­ción en Ge­né­ti­ca Ve­ge­tal. Es Más­ter en Po­lí­ti­cas Am­bien­ta­les y Te­rri­to­ria­les de la Uni­ver­si­dad de Bue­nos Ai­res. Doc­tor en Agroe­co­lo­gía por la Uni­ver­si­dad de Cór­do­ba, Es­pa­ña. Es Di­rec­tor del Gru­po de Eco­lo­gía del Pai­sa­je y Me­dio Am­bien­te de la Uni­ver­si­dad de Bue­nos Ai­res (GE­PA­MA). Pro­fe­sor Ti­tu­lar de Eco­no­mía Eco­ló­gi­ca, Uni­ver­si­dad Na­cio­nal de Ge­ne­ral Sar­mien­to. Es Miem­bro del Gru­po Eje­cu­ti­vo del TEEB Agri­cul­tu­re and Food de las Na­cio­nes Uni­das y miem­bro Cien­tí­fi­co del Re­por­te VI del IPCC.

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