Por: Walter Alberto Pengue (Argentina).

“Hemos condenado al bosque nativo a la silla eléctrica”

Jorge H. Morello (13/10/1923 – 27/08/2013), Premio Nacional Houssay a  la Trayectoria Científica de la República Argentina.

La biodiversidad global está en un serio riesgo.  Son varios los autores que destacan el hecho que el planeta está enfrentando la probabilidad de una sexta extinción y las alertas presentadas en las evaluaciones del IPBES, el órgano máximo para la ponderación científica de las temáticas de la biodiversidad – un espejo del más conocido IPCC, pero para el tema de la Naturaleza – destacan estas cuestiones.

El último Informe de Evaluación Global de IPBES sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas (2019) fue el más completo que se haya elaborado hasta ahora. Ha sido el primer informe intergubernamental de este tipo y se basa en la histórica Evaluación de los Ecosistemas del Milenio de 2005, con formas innovadoras de evaluar las evidencias.

El informe, fue elaborado por 145 expertos de 50 países en durante tres años, con aportes de otros 310 autores contribuyentes, evalúa los cambios en las últimas cinco décadas a través de un panorama completo de la relación entre las vías del desarrollo económico y su impacto en la naturaleza. Luego de una revisión sistemática de alrededor de 15.000 fuentes científicas y gubernamentales, y sumando por primera vez, la perspectiva del conocimiento indígena y local, en particular sobre temas relevantes para los pueblos indígenas y sus comunidades.

La abundancia promedio de especies nativas en la mayoría de los principales hábitats terrestres ha disminuido en al menos 20%, en su mayoría desde 1900. Más de 40% de las especies de anfibios, casi 33% de los corales de arrecife y más de un tercio de todos los mamíferos marinos están amenazados. El panorama es menos claro para las especies de insectos, pero la evidencia disponible respalda una estimación tentativa de que 10% está amenazado. Al menos 680 especies de vertebrados fueron llevadas a la extinción desde el siglo XVI y más de 9 % de todas las especies domesticadas de mamíferos utilizados para la alimentación y la agricultura se habían extinguido para 2016, y al menos 1.000 más están amenazadas.

Pero más allá de los números, lo que realmente se detecta es que el ritmo de desaparición de especies se ha acelerado.  Y esto no es una preocupación solamente de los ecólogos.  La biodiversidad y los servicios de la naturaleza son imprescindibles para el funcionamiento de las sociedades modernas.  Estas externalidades alcanzan al 9 % de la producción total (el GDP global). Y para resarcir los datos ambientales tan sólo se reinvierten menos del 0,2 % de la economía global.

Una externalidad, es un costo no incluido en las cuentas de ganancias y pérdidas, públicas o privadas, de una determinada actividad. Pero que sí paga, toda la sociedad de distintas maneras: aumento de los costos en salud, degradación ambiental, pérdidas de la calidad general de vida, pérdidas de años de vida como así también la naturaleza, en forma directa a través de la pérdida de sus hábitats o directamente la desaparición de especies.

De hecho, las inversiones por proteger o restaurar la biodiversidad son insignificantes aún.  En el Marco Global de la Biodiversidad Kunming-Montreal se resalta que la necesidad para cerrar el gap financiero de la biodiversidad debería ser del orden de los 700 mil millones de dólares anuales con el fin de alcanzar la Visión 2050 de Biodiversidad (Deutz y otros 2020).

Uno de los espacios naturales que más recursos necesitan y que garantizan – al menos en su representación – la existencia de áreas prístinas y relevantes para el conocimiento actual y futuro, son los Parques Nacionales.  Más de 6.000 unidades de conservación de la más alta jerarquía, se dan en los territorios de casi 100 países que han dedicado tiempo, esfuerzo, recursos económicos y conocimiento científico para promover su conservación y conocimiento.

La idea vinculada a la protección de los Parques Nacionales nació en los EE.UU con el Parque Nacional Yellowstone. Fue creado en 1872 y contribuyó a sentar las bases de las primeras iniciativas de conservación en ese país, influyendo también en el crecimiento mundial de los parques nacionales.

El primer parque nacional en África se formó en el año 1925 conocido inicialmente como Albert, hoy Virunga, en la República Democrática del Congo. Fue fundado para proteger a los gorilas de montaña de los bosques de las montañas Virunga. Más allá de los permanentes conflictos sociales algo se logró, la población pasó de 254 a 1.000 ejemplares en 2018.

En México, el primer parque nacional inició el 27 de noviembre de 1917 cuando el presidente Venustiano Carranza decretó la primer Área Natural Protegida de México: El Parque Nacional Desierto de los Leones, que abarca una superficie de 1,529 hectáreas, con bosques de pino, hoy día rodeado literalmente por la ciudad de México. El país cuenta con 182 ANP distribuidas a lo largo del territorio nacional, cuyos ecosistemas juegan un papel trascendente en el resguardo de la biodiversidad y los servicios ecosistémicos dados a la sociedad.

En la Argentina, el primer parque nacional fue donado por las tierras que, en el año 1903, el explorador y perito Francisco Pascasio Moreno cediera al gobierno argentino.  Esa realidad se plasmó como parque en el año 1934 con el fin que tal, como lo planteaba Moreno en sus memorias, garantizar espacios prístinos y especies endémicas para el conocimiento y deleite de las generaciones futuras.

Argentina cuenta en la máxima jerarquía de protección con 39 Parques Nacionales,  tres Parques Interjurisdiccionales Marinos, dos Áreas Marinas Protegidas y 2 Monumentos Naturales (Parques Nacionales 2023). Los Parques Nacionales tuvieron un nuevo impulso en su desarrollo, hace cuarenta años atrás, con la vuelta a la democracia y la apertura de su primer presidente – Jorge Morello – hacia por un lado la creación de nuevos Parques Nacionales y por el otro, la convocatoria a la participación de las comunidades locales en la gestión local de los mismos.

El ecólogo Jorge H. Morello (derecha) recibe al presidente Raúl Alfonsín (izquierda) en la apertura de sesiones de la Presidencia de los Parques Nacionales de la Argentina.

Los Parques Nacionales tienen una razón de ser.  Se vinculan directamente con las ecorregiones que representan, mantienen espacios prístinos frente al avance de la civilización, resguardan material biológico de relevancia actual y futura, promueven servicios ecosistémicos para el mantenimiento de sus espacios, los de interfase y las comunidades que de ellos se benefician y son el último reservorio de resguardo de vida – en todos los niveles – imprescindibles para el funcionamiento sostenible de la sociedad. No son una carga. Son un servicio para la generación actual y las generaciones futuras (Pengue 2023).

Los Parques Nacionales no pueden ni deben ser administrados por ignotos. No son un espacio de gestión turística sino uno de los últimos amenities que van quedando de la naturaleza en el mundo.  Su calidad y estabilidad en el tiempo serán los que garantizan la permanencia no sólo de naturaleza sino también de sitios arqueológicos y espacios culturales que a lo largo de la historia vieron discurrir el paso de civilizaciones ya inexistentes. O la permanencia de otras. O de pueblos y etnias relevantes, que nutren a la biodiversidad, como las especies nativas.

Actualmente el derecho de los pueblos indígenas y las poblaciones locales y el conocimiento que en su acervo estos contienen tienen el mismo nivel de relevancia que una determinada especie “emblemática”.

Pero el mal manejo de estos parques a veces conlleva a desastres antrópicos evitables desde las formas de manejo del fuego hasta el proceso de control y seguimiento de las bioinvasiones.

En Chitwan (Nepal), bajo el argumento de un “buen manejo del fuego” (sic), todos los años se queman ricas hectáreas no sólo de paja brava sino de bosque nativo, dejando a los animales a la directa dependencia de alimentarse en espacios periurbanos o en la emergencia de algunos pastos aleatorios en las mismas quemas. Para la población y las ciudades cercanas el aire es irrespirable, con índices de los más riesgosos del planeta.

La gestión política de los recursos y quién administra la cosa pública,  ciertamente denota las formas en que los recursos son protegidos o no.  Algo similar sucedió recurrentemente en el Brasil entre el primero de enero de 2019 y el 31 de diciembre de 2022, donde la apertura de tierras para el avance la ganadería extensiva abrió un singular espacio de deforestación y quemas irresponsables – apoyadas por el estado –  en la Amazonia brasileña.  Parecidas acciones se dieron también en la Argentina en los últimos años, con quemas indiscriminadas dentro y espacios colindantes a los Parques Nacionales. El tema ha comenzado a tener tal trascendencia, que las encuestas públicas indican que casi el 99 % de la población voto por el castigo como crimen ambiental a la quema ilegal de tierras. Una legislación que la pretendía prohibir, hoy en día está también en riesgo en el país, por presión de derogación, de las nuevas autoridades nacionales.

Imagen: Parque Nacional Chitwan (Nepal). Un rinoceronte intentando alimentarse en un campo quemado. Fuente de la imagen: Pengue (2024).

Los Parques Nacionales, necesitan para su funcionamiento recursos económicos y reconocimiento del valor intrínseco que ellos representan. Además de transparencia y serio castigo a la corrupción.  Los documentos globales van señalando la importancia de invertir fondos para su funcionamiento y resguardo, desde Programas Nacionales del Fuego hasta la investigación científica de largo plazo que contribuye a comprender procesos imprescindibles para la vida humana y las otras especies no humanas.  Todo está relacionado, el cambio climático, la biodiversidad, los servicios ecosistémicos y el futuro sostenible de la humanidad.  No es sólo la economía, ¡estúpido! (emulando como contraidea a lo dicho en su campaña electoral por Bill Clinton en 1992, lo que lo llevó a la presidencia).

En la Argentina, la discusión sobre los valores de los Parques Nacionales, hoy en día están tela de juicio. Desatender o desfinanciar el funcionamiento de estos Parques o dejarles al albedrío de la esfera privada debe evitar el convertirlos en Disneylandia, fomentar un insostenible funcionamiento endogámico y dejar que su gestión sea meramente crematística.  Perderá la generación actual, pero se cometerá algo aún peor: un crimen contra la vida misma.

Bibliografía

Deutz, A. y otros. (2020). Financing Nature: Closing the Global Biodiversity Financing Gap. The Paulson Institute. The Nature Conservancy and the Cornell Atkinson Centre for Sustainability.

Parques Nacionales (2023). Los parques nacionales de Argentina. Su historia. https://www.argentina.gob.ar/interior/ambiente/parquesnacionales/que-hacemos-en-parques-nacionales/historia

Pengue, W.A. (2023).  Economía Ecológica, Recursos Naturales y Sistemas Alimentarios: ¿Quién se come a quién? GEPAMA. Colección Economía Ecológica.  Orientación Gráfica Editora, Buenos Aires. https://www.researchgate.net/publication/370068450_Economia_Ecologica_Recursos_Naturales_y_Sistemas_Alimentarios_Quien_se_Come_a_Quien

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Es Ingeniero Agrónomo, con formación en Genética Vegetal. Es Máster en Políticas Ambientales y Territoriales de la Universidad de Buenos Aires. Doctor en Agroecología por la Universidad de Córdoba, España. Es Director del Grupo de Ecología del Paisaje y Medio Ambiente de la Universidad de Buenos Aires (GEPAMA). Profesor Titular de Economía Ecológica, Universidad Nacional de General Sarmiento. Es Miembro del Grupo Ejecutivo del TEEB Agriculture and Food de las Naciones Unidas y miembro Científico del Reporte VI del IPCC.