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Confección de cutarras, una tradición panameña que se mantiene viva

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Panamá.

Rick Mojica empezó desde los diez años en el oficio de la talabartería en La Colorada de Veraguas, en Panamá, de la mano de familiares y motivado con lo que aprendió en la escuela Margarito Mojica, donde se imparte esta ocupación. Nunca se imaginó que este arte se convertiría en su herramienta de trabajo para llevar el sustento a su familia.

“Trabajaba con un tío, cuando salía de la escuela me iba para allá… trabajé como ocho años con él y fue así como fui aprendiendo y luego me independicé”, señala Mojica, quién ahora con 25 años tiene su propio taller en la casa, donde confecciona cutarras y otros artículos de cuero.

Así como Mojica, otros 80 artesanos locales de La Colorada luchan por mantener viva la talabartería, una tradición que ha pasado de generación en generación, como legado autóctono de la región y que se ha convertido en una de las principales actividades económicas de esta zona del distrito de Santiago.

Dentro de esta actividad artesanal, en la que se elaboran a mano diferentes artículos de cuero, sobresale la confección de la cutarra, el calzado típico representativo de la cultura panameña y que con los años se ha vuelto más popular, logrando cruzar fronteras en diversas exposiciones internacionales.

La Colorada, comunidad que se encuentra en la parte central de Panamá, es cuna de la talabartería y pionera de la confección de cutarras en esta región, así como uno de los principales centros de formación de talabarteros, que en algunos casos ofrecen su arte y su servicio en otras áreas del país.

“Desde los 16 años empecé a trabajar el cuero, aprendí en otros talleres y en el colegio en el que estaba en secundaria se daba una materia que se llama talabartería y allí también logré aprender muchas cosas sobre este oficio”, señaló Diego Urriola, un joven de 25 años que ha instalado su propio taller en La Colorada y que confecciona cutarras y hace trabajos de cuero de todo tipo.

Urriola indicó que este arte ha ido evolucionando de manera próspera, porque hay muchos talleres en la región y los jóvenes han aprendido de los antepasados, pues muchas de las personas que se dedican a este rubro son personas entre 25 a 45 años. “Esta es una entrada económica extra para nosotros y a la vez la cultura no se pierde”, afirmó.

El proceso de la confección de una cutarra empieza con la compra del cuero. La parte más gruesa se usa para las plantillas y la suela de abajo y de la parte más suave se sacan las correas, las cuales se cortan y se rebanan para que el cuero esté más delgado y no golpee a la persona que se va a poner las cutarras.

La plantilla se saca por todo el borde con un lápiz y de allí las correas se sacan pedazo por pedazo de acuerdo con la medida, luego se enceban las correas, se montan en la horma, se tejen y se ponen al sol para que se sequen y de allí se le pone la suela espuma y un tinte para que quede de ese color amarillo. Es así como la cutarra está lista.

Según los talabarteros entrevistados, hacer un par de cutarras puede tomar entre una hora a hora y media dependiendo del tamaño y detalles que esta lleve y su costo va de 8 a 15 dólares.

Daniel Mojica, talabartero de 53 años, indicó que empezó a hacer cutarras y trabajos con cuero desde que tenía 15 años con sus tíos, pero ahora tiene su propio taller en  casa. Explicó que en La Colorada hay muchos talabarteros, porque esta es una actividad típica de esta comunidad. “Nosotros le vamos enseñando a los más jóvenes para que esta tradición no se acabe”, apuntó.

Mojica señaló que uno de los problemas que enfrentan los talabarteros actualmente, es el aumento en el precio del cuero, sin embargo, las cutarras siguen teniendo buena venta, pues sobre todo en verano las personas la usan mucho.

Aunque no se conoce con precisión cómo nacieron las primeras cutarras, la tradición oral señala que estas posiblemente surgieron con la llegada de los españoles, quienes trajeron consigo la ganadería a la región de Azuero, se comenzó a usar el cuero y desde ese entonces se convirtió en el calzado principal del hombre del campo panameño.

Pablo Guerra, profesor de biología y pedagogía, exdirector del Colegio Margarito Mojica, en la Colorada, señaló que la talabartería llegó a la población con el fundador del pueblo, José Mojica, oriundo de La Colorada de Los Santos, que se estima arribó entre los años 1770 y 1780.

Guerra explicó que tanto es el amor por este arte que en el colegio Margarito Mojica se enseña la asignatura de talabartería y allí se enseñan a hacer cutarras. “Antes en La Colorada había una escuela de Talabartería y se ha luchado para que la vuelvan a abrir y no ha sido posible…pues allí era donde se graduaban talabarteros profesionales”.

También dijo que ahora la talabartería se convirtió en una materia de primer ciclo y eso provoca que los jóvenes se preocupen por la calificación y no por aprender a ser talabarteros, lo que podría disminuir la cantidad de muchachos interesados en este oficio.

Sin embargo, Guerra recalcó que, pese a ello, la cutarra se ha convertido en un producto totalmente exitoso en La Colorada, pues hay mucha gente que todavía se dedica a hacer cutarras. “La gente la usa para los carnavales, para caminar para ir a Atalaya en las fiestas de Jesús de Nazareth y en la vida diaria e inclusive para vestir”, apuntó.

Por: Mirna González / Periodista del Postgrado en ‘Periodismo 4.0’ © del Instituto de Investigaciones Aplicadas, iiafEC, Panamá.

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