Por: Camilo Cortés- Useche, PhD.

 

En lo alto de las montañas, donde las nubes cada mañana parecían besar los árboles y el viento soplaba todos los secretos de la tierra, vivía un hombre mayor llamado Jofiel.

Su casa era sencilla y sofisticada a la vez. Tenía un viejo árbol de limón que daba sombra a la entrada, rosales de distintos colores que perfumaban las tardes, unas plantas de tabaco que cuidaba con paciencia y un barril de licor de caña que nunca faltaba en el corredor. Allí, entre libros, recuerdos y música clásica, había construido un mundo propio.

Cada mañana abría las ventanas, preparaba su café negro y dejaba que las primeras notas de Las cuatro estaciones, de Vivaldi, recorrieran la casa. Después encendía su tabaco, servía un pequeño trago de licor de caña y se sentaba a leer. No tenía prisa. Había aprendido que la vida no se mide por las cosas que uno atesora, sino por la atención que les dedica mientras suceden.

Había entregado buena parte de su existencia a los textos, al conocimiento y a la búsqueda de la verdad. Le gustaba conversar, despertar preguntas y descubrir en los demás esa pequeña chispa que convierte el aprendizaje en asombro. También había dedicado su vida al amor, a la belleza y a esa magia que aparece cuando uno aprende a mirar el mundo sin darlo por sentado.

Pero no todos comprendían su manera de vivir. Algunos colegas lo consideraban demasiado idealista. Otros cuestionaban sus ideas, sus silencios y aquella costumbre de detenerse a contemplar una flor mientras el mundo parecía correr hacia ninguna parte. Incluso en sus años de amoríos, las mujeres de carácter y espíritu inquieto que pasaron por su vida llevaban un ritmo distinto, acelerado y, a veces, desordenado, que parecía no encontrar lugar en la serenidad de aquella casa.

Jofiel escuchaba las críticas sin demasiado enojo. Sabía que cada persona camina con un reloj diferente y que no todos están preparados para escuchar la misma música.

Una tarde de noviembre, mientras la lluvia caía suavemente sobre los tejados, ocurrió algo extraño. Una lechuza blanca entró por la ventana y se posó sobre uno de sus libros abiertos. Jofiel observó sus plumas durante largo rato. Afuera, un colibrí buscaba néctar entre los rosales y, a lo lejos, el canto de un momoto se mezclaba con el murmullo de los árboles.

Recordó algunos nombres celestiales que habían estado presentes en su vida. Sonrió y pensó que quizá aquellos nombres no eran más que distintas maneras de recordarle algo que los seres humanos olvidamos con frecuencia: sanar, comprender y amar también son formas de conocimiento.

Aquella noche, mientras Vivaldi anunciaba el otoño, Jofiel comprendió algo que durante años había intentado explicar a otros: la verdad no necesita imponerse, el amor no necesita demostrarse a gritos y la sabiduría no consiste en saberlo todo, sino en reconocer cuánto nos falta por aprender.

Miró su árbol de limón por la ventana. Algunas hojas habían caído, otras permanecían verdes y pequeños frutos comenzaban a madurar. Comprendió que la naturaleza nunca se disculpa por cambiar de estación. Cada cosa tiene su tiempo: la floración, la cosecha, la caída y el renacimiento.

También los seres humanos. Pensó en las personas que había amado, en las que se marcharon, en aquellas que nunca llegaron a comprenderlo y en las que, sin saberlo, habían aprendido algo de él. No sintió tristeza, sino una profunda gratitud. Al final, quizá la vida no fuera una colección de grandes acontecimientos, sino una sucesión de pequeños momentos que, juntos, terminaban formando algo extraordinario.

Antes de dormir, escribió una última frase en su cuaderno:

«Habrá resistencia y, en muchos casos, negación; pero la fuerza y el honor marcarán la diferencia».

Cerró el cuaderno, apagó la lámpara y dejó que el silencio ocupara la habitación.

Afuera, la montaña seguía respirando. Los rosales descansaban bajo la lluvia, el árbol de limón guardaba sus frutos y la tierra continuaba su antiguo trabajo de dar vida.

Jofiel se quedó dormido con una sonrisa. Quizá había comprendido que la vida no se detiene para esperar nuestras decisiones. Los árboles crecen, las estaciones cambian y los ríos siguen su curso, independientemente de cuánto tardemos en entender lo que sucede a nuestro alrededor.

Durante años había visto a las personas apresurarse por asuntos que poco importaban y postergar aquellas decisiones que podían cambiar las cosas. Pensó que, en ocasiones, el mayor error no era equivocarse, sino reconocer lo que debía hacerse para mejorar y seguir esperando hacerlo.

La reflexión de Jofiel sobre el tiempo y las decisiones humanas adquiere otra dimensión cuando observamos lo que ocurre con la naturaleza. A diferencia de nuestras instituciones, los ecosistemas no pueden detener sus procesos mientras se discuten acuerdos o se definen compromisos. Los arrecifes continúan perdiendo cobertura coralina, los bosques se degradan y numerosas especies ven amenazada su supervivencia. En este contexto, las conclusiones de la 17.ª Conferencia de las Partes del Convenio sobre la Diversidad Biológica (COP17), celebrada en Ereván, Armenia, entre el 19 y el 31 de octubre de 2026, vuelven a poner sobre la mesa una preocupación fundamental: la distancia entre la urgencia de la crisis ambiental y la lentitud con la que estamos respondiendo.

Uno de los principales resultados de la conferencia fue la primera evaluación mundial de los avances en la implementación del Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal, adoptado en 2022. El balance confirmó que los países todavía están lejos de cumplir los compromisos establecidos para 2030, entre ellos detener y revertir la pérdida de biodiversidad, proteger al menos el 30 % de las áreas terrestres y marinas y avanzar en la restauración de los ecosistemas degradados.

La evaluación también dejó al descubierto problemas que se repiten en distintas regiones del mundo: falta de financiamiento, dificultades para implementar las estrategias nacionales de biodiversidad, escasa coordinación institucional y persistencia de actividades económicas que generan impactos negativos sobre la naturaleza.

Como respuesta, la COP17 impulsó la denominada Ruta de Ereván, una hoja de ruta que busca acelerar el cumplimiento de los compromisos internacionales mediante una mejor planificación, el seguimiento de resultados, la movilización de recursos y la participación de distintos sectores de la sociedad. El mensaje es claro: ya no basta con establecer objetivos ambiciosos; es necesario demostrar que se están cumpliendo.

En materia financiera, durante la conferencia se anunciaron nuevos compromisos por aproximadamente 1,800 millones de dólares para iniciativas relacionadas con la biodiversidad. Aunque representan una movilización importante de recursos, siguen siendo insuficientes frente a las necesidades globales de conservación y restauración. La distancia entre lo que se promete y lo que realmente llega a los territorios continúa siendo uno de los principales obstáculos.

También se registraron avances en el reconocimiento de los pueblos indígenas y las comunidades locales, particularmente mediante acuerdos relacionados con su participación en las decisiones sobre biodiversidad y el reconocimiento de sus conocimientos tradicionales. En paralelo, se discutió la necesidad de transformar los incentivos económicos que favorecen la degradación ambiental y fortalecer la integración entre las agendas de biodiversidad y cambio climático.

Para los ecosistemas marinos y costeros, estos compromisos tienen especial importancia. La conservación de arrecifes coralinos, manglares, pastos marinos y humedales requiere acciones coordinadas que vayan más allá de la delimitación de áreas protegidas. Es necesario atender las amenazas que afectan su integridad ecológica, mejorar la calidad del agua, reducir las presiones derivadas de las actividades humanas y fortalecer los programas de restauración y monitoreo.

Pero quizás la reflexión más importante que deja esta conferencia no está únicamente en los acuerdos alcanzados, sino en el tiempo que seguimos perdiendo.

Desde hace décadas, los informes científicos advierten sobre el deterioro de los ecosistemas, la desaparición de especies y la reducción de los servicios que la naturaleza proporciona a las sociedades. Se han celebrado numerosas reuniones internacionales, establecido metas, creado fondos y firmado compromisos. Sin embargo, los resultados siguen sin corresponder con la velocidad y la magnitud del problema.

Mientras las negociaciones avanzan entre documentos, reuniones y consensos, los ecosistemas continúan transformándose. Los arrecifes pierden cobertura coralina, los bosques desaparecen, los humedales se degradan y numerosas especies ven reducido su hábitat. La naturaleza no detiene sus procesos de deterioro mientras esperamos el siguiente acuerdo internacional.

La COP17 de Armenia deja una pregunta que merece trascender las salas de negociación: ¿Qué tiempo más necesitamos para convertir los compromisos en acciones concretas?

La biodiversidad no necesita únicamente nuevas promesas; necesita decisiones oportunas, recursos disponibles y acciones sostenidas que produzcan resultados verificables. El tiempo dedicado a negociar y construir consensos solo tendrá sentido si se traduce en cambios concretos para los territorios. Porque el tiempo que perdemos en tomar decisiones no se recupera, y los ecosistemas que hoy dejamos deteriorarse no siempre tendrán una nueva oportunidad.

 

Sobre el autor:

Ca­mi­lo Cor­tés- Use­che es bió­lo­go Ma­rino. Maes­tro en Ma­ne­jo de Eco­sis­te­mas Ma­ri­nos y Cos­te­ros, con doc­to­ra­do e in­ves­ti­ga­ción post­doc­to­ral en el área de las Cien­cias Ma­ri­nas. Su tra­ba­jo en el cam­po de la ges­tión y eco­lo­gía ma­ri­na en la Re­pú­bli­ca Do­mi­ni­ca­na le va­lió el re­co­no­ci­mien­to del “Pre­mio Dr. Alon­so Fer­nán­dez Gon­zá­lez 2020” a las Me­jo­res Te­sis de Pos­gra­do del CIN­VES­TAV en la Ca­te­go­ría Doc­to­ra­do. In­no­va­dor de la sos­te­ni­bi­li­dad, cien­tí­fi­co y dis­tin­gui­do por sus apor­tes en la con­ser­va­ción de la na­tu­ra­le­za. Du­ran­te los úl­ti­mos años ha liderado coa­li­cio­nes para un mo­de­lo re­si­lien­te al cam­bio cli­má­ti­co ba­sa­do en la cien­cia, con una idea fir­me del desa­rro­llo so­cial jus­to.