Por: Camilo Cortés- Useche, PhD.
Cuentan que hace muchos años, en una tierra llamada Llano del Pozo, a orillas del río Magdalena, nació un hombre que, entre doce hermanos, destacó por ser corpulento, de mirada fija y carácter firme. Desde niño aprendió que la vida no regalaba demasiado y que, para salir adelante, había que trabajar duro, defender lo propio y cumplir la palabra. Cuando caminaba, parecía que la tierra reconocía sus pasos. Y cuando guardaba silencio, hasta los más inquietos de la casa sabían que algo importante estaba por decir.
Siendo todavía muy joven, dejó su pueblo en busca de prosperidad, sin imaginar que aquella partida terminaría marcando el destino de varias generaciones. No llevaba muchas pertenencias ni promesas escritas. Llevaba lo que había aprendido observando a los mayores del pueblo, un puñado de sueños difíciles de explicar y esa terquedad de quienes todavía no saben cuántas veces puede golpearlos la vida.
Fue un hombre de calles y trochas, de jornadas largas y pocas quejas. Hubo días en que la suerte le dio la espalda y otros en que tuvo que inventarse una manera de seguir adelante. Así fue levantando su vida, piedra por piedra, con la paciencia de quien sabe que las cosas duraderas no se construyen de un día para otro. Construyó su familia con trabajo, honor y lealtad. A su manera, enseñó que el conocimiento era una forma de abrir caminos, que los amigos se cuidaban y que la familia seguía siendo el lugar al que siempre se podía volver. Nunca pensó en dejar una herencia extraordinaria. Le bastaba con que los suyos tuvieran mejores oportunidades y el pan de cada día.
Pero la vida tiene sus propias maneras de prolongar las historias.
Cien años después, uno de sus descendientes encontró su propio camino lejos de aquel río. Se convirtió en una especie de lobo de mar, atraído por la aventura, las preguntas difíciles y el deseo de entender el mundo. Cambió las trochas por expediciones y las calles por costas, arrecifes y profundidades. Entre peces, corales y praderas de pastos marinos, descubrió que el océano guardaba muchas de las preguntas que lo acompañaban desde tierra firme.
Aprendió a reconocer la vida escondida entre las ramas de un coral, el trabajo silencioso de los peces herbívoros que mantienen a raya las algas y la fragilidad de unos ecosistemas que pueden tardar décadas en recuperarse de una perturbación. También comprendió que explorar el mar exigía algo más que curiosidad: hacía falta paciencia, conocimiento y respeto por aquello que todavía no alcanzamos a comprender.
A veces, durante sus jornadas, se preguntaba de dónde venía esa necesidad de seguir buscando, de estudiar, de viajar y de no conformarse con las primeras respuestas. Entonces recordaba al verdadero lobo de mar: su abuelo, que había partido de su pueblo siendo apenas un muchacho. Nunca había navegado en un barco ni conocido los arrecifes, pero tenía algo de marinero: el temple para soportar los malos tiempos y la voluntad de seguir adelante sin saber exactamente qué había al otro lado.
Quizá allí estaba la conexión que había tardado tantos años en reconocer. Uno había buscado prosperidad en los caminos de tierra; el otro, conocimiento en las profundidades del mar. Los separaban el tiempo y los paisajes, pero compartían el mismo impulso de avanzar y abrirles camino a quienes venían detrás.
Una tarde de primero de septiembre, mientras buceaba sobre un arrecife, vio cómo la luz atravesaba el agua y un cardumen se movía entre los corales. Entonces pensó en su familia. Imaginó al viejo lobo junto al río, con sus manos fuertes y aquella mirada que parecía no retroceder ante nada. Le habría gustado mostrarle ese mundo submarino, explicarle cómo los corales construyen refugios para cientos de especies y cómo la vida de un arrecife depende de equilibrios que a veces tardamos demasiado en comprender.
El abuelo, su taita nunca llegó a conocer el mar, pero algo de él había viajado hasta aquellas aguas en la vida de su nieto.
Un centenario después del nacimiento de “Don Benjamín”, su descendiente continúa buscando respuestas, sin olvidar que muchas de sus preguntas habían comenzado mucho antes de su nacimiento. Entiende que la herencia de un hombre no siempre está en lo que deja escrito o en las cosas que consigue, sino en la actitud que transmite, la lealtad y en el amor por los suyos, y en esa inquietud que lleva a una persona a estudiar, trabajar y aventurarse más allá de lo conocido.
Desde entonces, cada vez que regresa a tierra, recuerda en el río de sus ancestros. Y cuando el agua salada se seca sobre su piel, siente que, de alguna manera, aquellas antiguas aguas corren por sus venas.
Porque el muchacho que un día salió de su pueblo en busca de un futuro mejor nunca imaginó que, muchas generaciones después, uno de los suyos estaría explorando los arrecifes y las profundidades del océano, muy lejos de casa.
Él había partido para encontrar una vida mejor. Sin saberlo, también había puesto en marcha una historia que todavía no termina.
La historia del viejo lobo de mar me hizo recordar que cada generación hereda el impulso de explorar nuevos horizontes. Hoy, ese mismo espíritu nos invita a llevar las políticas marítimas a la práctica y a navegar hacia un futuro en el que el conocimiento, la responsabilidad y el respeto por el océano guíen cada decisión.
El transporte marítimo necesita normas claras, pero también acciones que garanticen una navegación segura y reduzcan sus impactos sobre los ecosistemas marinos. Este es el mensaje central del Día Marítimo Mundial de 2026, celebrado el 24 de septiembre bajo el lema «De las políticas a la práctica: impulsar la excelencia marítima», establecido por la Organización Marítima Internacional (OMI).
El lema pone sobre la mesa un reto importante: lograr que los acuerdos y las normas internacionales se cumplan en las actividades cotidianas del sector marítimo. Esto implica contar con leyes adecuadas, personal capacitado, mecanismos de vigilancia y cooperación entre los países y los distintos actores vinculados con la navegación.
Desde su creación, la OMI ha impulsado convenios y medidas para mejorar la seguridad de los buques, proteger a las personas que trabajan en el mar y prevenir la contaminación marina. Sin embargo, la existencia de estas normas no garantiza por sí sola su cumplimiento. Para que funcionen, deben aplicarse de manera efectiva y adaptarse a las necesidades y capacidades de cada país.
La actividad marítima es fundamental para el comercio internacional y la conexión entre países. Al mismo tiempo, puede generar impactos ambientales relacionados con los derrames de hidrocarburos, las aguas residuales, los residuos sólidos, las emisiones y la introducción de especies a través del agua de lastre de los buques.
Por esta razón, la seguridad de la navegación y la protección del medio marino deben avanzar juntas. La prevención de accidentes, el manejo adecuado de los residuos y el cumplimiento de las medidas ambientales ayudan a reducir los riesgos para los ecosistemas y las comunidades costeras.
En regiones como el Caribe mexicano, donde coinciden rutas de navegación, actividades pesqueras, turismo y ecosistemas de gran valor ecológico, estas medidas son especialmente relevantes. Los arrecifes de coral, los manglares y las praderas de pastos marinos albergan una gran diversidad de especies y contribuyen al bienestar de las comunidades. Su conservación también depende de que las actividades marítimas se realicen de manera responsable.
El tema 2026-2027 destaca la importancia de fortalecer las capacidades técnicas, compartir conocimientos y apoyar a los países en la aplicación de las normas internacionales. También invita a mejorar la coordinación entre gobiernos, autoridades marítimas, empresas y otros actores del sector.
Este esfuerzo se relaciona con varios Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, en particular el Objetivo 9, sobre industria, innovación e infraestructura; el Objetivo 13, sobre acción por el clima; el Objetivo 14, sobre conservación y uso sostenible de los océanos; y el Objetivo 17, sobre alianzas para alcanzar metas comunes.
Durante esta conmemoración, el llamado es a mostrar avances concretos: mejores prácticas de navegación, mayor capacidad para prevenir y atender incidentes, reducción de la contaminación y una aplicación más efectiva de las normas.
El Día Marítimo Mundial es una oportunidad para recordar que el cuidado del mar no depende únicamente de los acuerdos internacionales. También se construye con decisiones cotidianas, desde la operación de un buque hasta la gestión de un puerto y la forma en que cada actividad se relaciona con el entorno marino.
Llevar las políticas a la práctica significa convertir los compromisos en resultados visibles. La seguridad de las personas, la protección de los océanos y el desarrollo de un transporte marítimo responsable requieren normas que se cumplan, instituciones preparadas y una responsabilidad compartida. Al igual que el viejo lobo de mar, que abrió un camino sin saber hasta dónde llegaría su historia, cada generación tiene la oportunidad de construir un futuro mejor. Esta vez, el desafío es hacerlo sin perder de vista el mar que nos conecta y la responsabilidad que tenemos de protegerlo.
Camilo Cortés- Useche es biólogo Marino. Maestro en Manejo de Ecosistemas Marinos y Costeros, con doctorado e investigación postdoctoral en el área de las Ciencias Marinas. Su trabajo en el campo de la gestión y ecología marina en la República Dominicana le valió el reconocimiento del “Premio Dr. Alonso Fernández González 2020” a las Mejores Tesis de Posgrado del CINVESTAV en la Categoría Doctorado. Innovador de la sostenibilidad, científico y distinguido por sus aportes en la conservación de la naturaleza. Durante los últimos años ha liderado coaliciones para un modelo resiliente al cambio climático basado en la ciencia, con una idea firme del desarrollo social justo.
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