En los últimos dos años, Mario Chávez, presidente del Colegio Mexicano de Reumatología, ha visto repetirse la misma escena una y otra vez en los chats que comparte con decenas de reumatólogos de México y América Latina: “no pasa un día sin que un colega suba una foto de algún producto supuestamente naturista”, afirma.
En México se llama naturistas a productos elaborados a partir de ingredientes naturales, como hierbas, extractos de plantas o cortezas, que —en teoría— tienen fines curativos, preventivos o terapéuticos. En otros países se le denomina medicina alternativa o complementaria.
Médicos como Chávez ven con preocupación un flujo creciente de pacientes que llegan a consulta con distintos problemas de salud tras haber tomado estos suplementos durante meses o años, confiados en que no les hacen daño porque son “naturales”.
“Cada vez pasa más. La gente compra productos con ingredientes que parecen benéficos: cúrcuma, jengibre, ajo, pero no saben que muchos tienen otros compuestos que no son naturales y que les están haciendo daño. Estamos frente a un engaño, hay dolo detrás de eso”, dice Chávez a SciDev.Net.
Ocurre lo mismo en varios países de la región, donde las personas se automedican con productos de aparente origen natural para supuestamente obtener distintos beneficios: calmar dolores crónicos, lograr mayor desempeño sexual, quemar grasa o ganar masa muscular.
En Argentina, por ejemplo, “mucha gente consume preparados herbales comercializados como suplementos para aumentar musculatura o bajar de peso”, advierte a SciDev.Net Fernando Bessone, gastroenterólogo y profesor de hepatotoxicidad de la Universidad Nacional de Rosario.
El problema, explica, es que muchos están contaminados, contienen ingredientes ocultos o combinaciones tóxicas, “lo que está provocando una alta incidencia de daño hepático”.
Como parte del Registro Latinoamericano de Hepatotoxicidad (LATINDILI), Bessone reportó en un estudio publicado en 2025 que, a lo largo de 10 años, aumentaron en la región la incidencia y la mortalidad por casos de daño hepático, conocido como DILI por sus siglas en inglés, inducido por fármacos y suplementos herbales y dietéticos (HDS, también por sus siglas en inglés).
De los 468 casos con DILI que analizaron, el 9 por ciento fue causado por consumo de HDS. Es una muestra pequeña, reconoce Bessone, “pero preocupante, porque es el reflejo de algo que vemos todos los días en el consultorio”.
Alertas sanitarias y vacíos regulatorios
En Colombia no existe la categoría de producto naturista. Los productos elaborados con ingredientes naturales como extractos, tinturas o aceites se denominan fitoterapéuticos. Pero su regulación establece que “no pueden contener principios activos aislados ni químicamente definidos”.
Sin embargo, “estamos encontrando en el mercado productos que no cumplen con la regulación sanitaria y que ofrecen muchas bondades que no están debidamente estudiadas ni garantizadas”, dice a SciDev.Net María Victoria Urrea, coordinadora del Grupo de Articulación y Apoyo Técnico para la Inspección, Vigilancia y Control de la Dirección de Medicamentos del Instituto Nacional de Vigilancia de Medicamentos y Alimentos (INVIMA) de Colombia.
Según Urrea, en los últimos cinco años el INVIMA ha aumentado la frecuencia de sus alertas sanitarias hasta un promedio de 180 por año, de las cuales casi el 80 por ciento corresponde a productos que se publicitan como suplementos dietarios, 10 por ciento medicamentos y 10 por ciento entre productos fitoterapéuticos y medicamentos homeopáticos.
Los que generan más alertas son los potenciadores sexuales, como VitAfer, que fue retirado del mercado por contener medicamentos no declarados y de alto riesgo clínico como el tadalafilo, contraindicado en pacientes con problemas cardiovasculares, hipertensión o antecedentes hepáticos; asimismo, los adelgazantes y los analgésicos “naturales”, como Artrin grageas, también con alerta sanitaria por contener corticoides no declarados.
Como no son medicamentos, los marcos normativos para estos productos son menos estrictos que los de los productos farmacéuticos. Así lo ha reportado el hepatólogo Cyriac Abby Philips, del Instituto del Hígado en la India, autor de decenas de artículos sobre los daños a la salud que provocan los productos herbolarios.
“Tanto las pruebas de seguridad como las de eficacia, previas a la comercialización, no son obligatorias. Las buenas prácticas de fabricación son voluntarias o se aplican de manera laxa, y la farmacovigilancia activa de los productos a base de hierbas es prácticamente inexistente”, afirma a SciDev.Net.
Por parte de quienes los consumen persiste la idea de que lo “natural” es sinónimo de bueno y seguro. Y por eso no suelen decirle a su médico que los toman y los profesionales tampoco se lo preguntan. “Así que tenemos historias clínicas sin información sobre remedios naturistas”, dice Chávez. En pocas palabras, “es un problema de salud pública de dimensiones que aún desconocemos”.
Redes de ilegalidad
Todo esto sucede en un contexto de apogeo del mercado de los suplementos. Un reporte de la consultora internacional Grand View Research, muestra que este mercado (que incluye productos dietéticos, deportivos y quemadores de grasa) llegó a US$ 51.320 millones en 2024 y se prevé que crezca a una tasa anual del 8,2 por ciento entre 2025 y 2030.
Para Urrea, esta tendencia fortalece a una industria que vende una falsa idea de salud y bienestar con productos manufacturados y comercializados “por fuera del sistema sanitario, sin evaluación previa de seguridad ni eficacia” y que traspasa fronteras.
A esto se suman crecientes incautaciones de supuestos medicamentos, fabricados ilícitamente, muchos de los cuales se venden como suplementos para la salud, así como reportes de laboratorios ilegales que los fabrican sin ninguna medida sanitaria.
El problema ha llegado, incluso, a la INTERPOL, que desde 2008 ha llevado a cabo operativos globales para controlar la comercialización ilegal de medicamentos falsificados y no autorizados. A través de la operación Pangea, la organización busca controlar estas redes de tráfico entre países.
“No son solo un fraude, sino que ponen vidas en peligro”, dijo el secretario general de la INTERPOL, Valdecy Urquiza, en un comunicado del 7 de mayo de este año.
“A través de los mercados en línea y las cadenas de suministro informales, los delincuentes pueden aprovechar las lagunas en la supervisión y dirigirse a personas que buscan un tratamiento rápido o asequible. Las consecuencias pueden ser graves, o incluso mortales”, advirtió.
La operación Pangea más reciente ocurrió en marzo de este año. Participaron 90 países, incluidos Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, Jamaica, México, Nicaragua, Panamá y Venezuela.
Se incautaron 6,42 millones de dosis de productos farmacéuticos no autorizados y falsificados por un valor de US$ 15,5 millones. Colombia fue el segundo país con mayor número de productos incautados en esta operación, después de Estados Unidos.
Entre los productos decomisados más comunes había medicamentos para la disfunción eréctil, sedantes, analgésicos, antibióticos y productos para dejar de fumar. También se encontraron medicamentos veterinarios, como ivermectina y fenbendazol, que se venden como “suplementos para la salud” y “kits para tratar cáncer”.
Los medicamentos de uso veterinario son otro conjunto de fármacos ingeridos por algunas personas con la idea de que les traerán beneficios. En Perú, la médica veterinaria Miluska Muñiz ha visto muchos pacientes que usan esteroides anabólicos veterinarios, como la boldenona, para aumentar la masa muscular, a pesar de la evidencia de sus efectos: disfunción eréctil, daño hepático y afecciones hormonales.
“Es una droga de potencial abuso en seres humanos. Aunque ningún médico de humanos los recete, la usan en los gimnasios, y en las farmacias veterinarias los venden sin receta”, dice Muñiz a SciDev.Net. “Definitivamente son productos que no se deben usar en humanos bajo ninguna circunstancia. Pero, lamentablemente, la vanidad lleva a estas cosas”.
Del milagro al peligro
Hay casos en los que el consumo de estos productos termina en fatalidad, como le ocurrió a Patricia Vela, periodista de Veracruz, México, quien descubrió que su padre tomaba nueve pastillas diarias de productos naturistas para calmar su dolor crónico en rodillas y columna.
“Tomaba dos pastillas en la mañana, dos al mediodía y dos en la noche y aparte tomaba otras con cúrcuma, ajo y cartílago de tiburón”, recuerda. Las pastillas parecían milagrosas porque le quitaban el dolor casi inmediatamente. “Pero luego empecé a notar que se le hinchaban las manos, los brazos, las piernas, la cara”, relata a SciDev.Net.
Cuando llegaron al médico, su padre ya llevaba cinco meses tomando esas pastillas; tenía inflamación generalizada y un sistema inmune tan debilitado que le impidió recuperarse de una infección bacteriana. Murió poco después.
Lo que tomaba, principalmente, era AK-Forte con ortiga y omega 3, suplemento alimenticio que, según la alerta sanitaria de marzo de 2025 de la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (COFEPRIS), contiene fármacos no declarados: diclofenaco (antiinflamatorio), dexametasona (corticoide) y metocarbamol (relajante muscular).
Su médico concluyó que la exposición prolongada a altas dosis de estas sustancias le provocó un daño multiorgánico.
“Al ver la palabra naturista en un frasco, decimos: ‘pues no me estoy generando ningún daño porque está libre de químicos que pudieran generar algún problema en la salud. Pero eso no es cierto. Hay daño y puede ser mortal, como pasó con mi papá”, asegura Vela.
Para Chávez, el lenguaje es muy importante: llamarlos “milagro” impregna la idea de que curan y no tienen consecuencias negativas para la salud. Pero, es un error, dice, porque “no son productos milagrosos, sino engañosos”.
Engaño disfrazado de promesa
En México, la COFEPRIS define como “productos engaño” aquellos a los que se les atribuyen propiedades terapéuticas, pero que representan un riesgo sanitario porque contienen ingredientes prohibidos o no declarados o en concentraciones que pueden causar efectos adversos graves y retrasar la atención médica adecuada.
Mucha gente confía en estos productos porque los asocia con la medicina tradicional que se practica en la región desde antes de la conquista española y que la misma Organización Mundial de la Salud (OMS) define como el conjunto de “remedios basados en la naturaleza y en enfoques holísticos y personalizados para restablecer el equilibrio de la mente, el cuerpo y el entorno”.
Si se les usa adecuadamente, “las plantas no son el problema”, dice Bessone. “Se vuelven hepatotóxicas cuando están envasadas, procesadas y manufacturadas. Quiere decir que hay procesos de contaminación y combinación con otras sustancias que no se reportan ni se vigilan”.
Otra arista del mismo problema es la automedicación con remedios “naturales”. En Perú, una práctica de medicina alternativa recomendada en redes sociales son los enemas de café: se introduce café por el recto y el colon para, supuestamente, desintoxicar el cuerpo.
“Una amiga me dijo que había visto una publicación en redes sociales y que todos los comentarios eran buenos”, dice una paciente que usó este remedio para disminuir su estreñimiento, y quien no quiso ser identificada por la vergüenza que le provoca hablar de ello.
Tras el tercer enema de café comenzó a tener diarreas intensas (a veces con sangre), irritación anal que le impedía incluso caminar y tenesmos [deseos de querer defecar]. El diagnóstico fue proctocolitis, una reacción alérgica de la mucosa del colon a causa del contacto con proteínas extrañas.
“La limpieza de colon no es un procedimiento que sirva para tener mejor salud, librarse de toxinas y vivir mejor, como se promociona en las redes. Todo lo contrario”, comenta a SciDev.Net, Carlos Guillén Rodríguez, gastroenterólogo y ex docente de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima.
“Estas terapias ‘barren’ las bacterias buenas y el paciente queda desguarnecido frente a diversas enfermedades, incluso enfermedades autoinmunes graves como colitis ulcerativa o enfermedad de Crohn y hasta cáncer, porque su organismo ya no tiene mecanismos de defensa”, explica.
“¿Cómo pude ser tan tonta para creérmelo?”, se lamenta la paciente. “Ahora tengo que usar pañal (…) Y yo soy la única culpable porque la verdadera solución no estaba en remedios caseros, sino en haber consultado a tiempo un profesional”.
tiquetado inexistente o engañoso
En América Latina, abundan los productos herbales, es decir, los basados en hojas, hierbas y plantas, que ni siquiera tienen etiqueta. Un hallazgo de la Red LATINDILI en el estudio de 2025 fue la asociación significativa entre el consumo de productos sin etiquetar y la mortalidad: los consumidores no supervivientes ingirieron casi el doble de productos sin etiquetar que los supervivientes.
A pesar de esas asociaciones, Bessone reconoce que comprobar daño hepático como resultado del consumo de productos herbolarios es complicado debido a la falta de tecnología para analizarlos.
“Hay algunas metodologías que sirven cuando hay un sólo fármaco, pero en las hierbas aparecen muchos compuestos mezclados, por lo tanto, es difícil saber qué compuestos tienen exactamente”, explica.
Lo que sí se sabe es que, en muchos casos, no contienen solo hierbas. Cuando el grupo LATINDILI hizo estudios toxicológicos de los productos herbolarios relacionados con daño hepático en pacientes de América Latina, halló presencia de corticosteroides, antibióticos, sedantes, opioides sintéticos, e incluso disolventes industriales y niveles de metales pesados que superan los límites aceptables.
En varios de estos productos es común encontrar una frase: ´Esto no es un medicamento, el consumo de este producto es responsabilidad de quien lo recomienda y de quien lo usa´. Por ello, los especialistas sugieren no confiar en los productos herbolarios solamente porque dicen ser plantas medicinales.
“Desgraciadamente se desvirtuó la medicina natural. Lo natural es hacerte un té de hojas y la herbolaria de nuestros países es riquísima en eso, pero no podemos asumir que alguien hizo trocitos a esa flor, la metieron en una cápsula que venden en un frasco llamativo, y sigue siendo natural. Eso es un error”, añade Chávez.
Retos científicos y tecnológicos
Lo que tenía el papá de Patricia Vela era el Síndrome de Cushing, caracterizado por aumento de peso, estrías en el abdomen, cara redonda de luna llena, vello facial, hipertensión o diabetes a causa de estar expuesto a niveles elevados de corticoides, en este caso, por haber tomado medicamentos sintéticos ocultos en productos naturistas.
Pero el reto para quienes reportan estos casos es demostrar que hay una relación causal: que los suplementos sí provocaron esos daños.
Así lo hizo la médica internista y endocrinóloga colombiana Angélica María González Clavijo en un estudio de 2020, en el que reportó un caso de Síndrome de Cushing en un paciente de 40 años que había tomado Artrin —producto para aliviar problemas reumáticos en perros y gatos— durante 12 meses de forma intermitente.
“La relación causal se sustentó en varios elementos clínicos y de laboratorio: el paciente tenía signos clásicos de Cushing; las pruebas hormonales eran discordantes y difíciles de explicar como un Cushing endógeno; el cortisol basal [interno] llegó a encontrarse suprimido, lo cual hizo sospechar exposición a corticoides de forma externa”, explica a SciDev.Net.
Además, el tiempo en que el paciente consumió Artrin coincidía con su cuadro clínico; cuando se analizó el producto, mostró presencia de sustancias con actividad glucocorticoide y, finalmente, tras suspender el producto hubo mejoría clínica progresiva.
Los médicos también pueden hacer diagnósticos por exclusión. “Si no hay fenómenos autoinmunes ni virales, si el paciente no consumió otra cosa, y hay una latencia correcta desde que empezó a tomar el fármaco hasta que apareció la enfermedad, y si, además, hay descripciones previas que muestran que este compuesto produce ese tipo de lesión, entonces podemos sacar conclusiones”, continúa Bessone.
Pero probar causalidad no es el único desafío. Cyriac Abby Philips destaca retos de tipo tecnológico para conocer exactamente la composición, contaminación o adulteración de un producto engañoso.
Por ejemplo, explica Philips a SciDev.Net, la espectrometría de masas con plasma y la espectrometría de emisión óptica detectan y cuantifican metales pesados; la cromatografía líquida y espectrometría de masas conjuntas detectan adulterantes farmacéuticos no volátiles —corticosteroides, AINE, antibióticos, sildenafilo, sedantes, ansiolíticos— y micotoxinas, “lo que nos indica si un producto ‘herbal’ esconde fármacos sintéticos”, dice.
Pero hacer estos análisis es prácticamente imposible para los países de bajos ingresos. Según Philips, cada instrumento cuesta entre US$ 200 mil y 800 mil, además requiere patrones de referencia certificados, capacitar a químicos analíticos y condiciones de laboratorio controladas.
“La caracterización multimodal de un solo producto cuesta entre US$ 200 y 600, lo cual es prohibitivo para organismos reguladores con escasos recursos”, añade.
En eso coincide Urrea, del INVIMA. “Pedir una toma de una muestra para un producto fraudulento no es tan sencillo. Los recursos que tenemos son para que los productos que ya están autorizados cumplan con lo que ellos declaran. Para analizar los fraudulentos no suele haber presupuesto”.
Víctimas de un sistema que no funciona
Mientras que los entes reguladores se esfuerzan por probar que estos productos sí generan daños, en las calles, mercados y tiendas naturistas de la región, así como en las redes sociales y plataformas digitales, los productos engaño se venden como pan caliente y a través de estrategias cada vez más sofisticadas.
Hay casos en los que utilizan inteligencia artificial para promover estos productos, usando el rostro y voz de médicos conocidos; también se pueden encontrar decenas de cuentas en redes sociales que los promueven; e incluso sistemas de ventas piramidales y multinivel que captan cada vez más compradores a cambio de premios y beneficios económicos para los vendedores de mayor rango.
Muchas veces las ventas prosiguen aun si existen alertas sanitarias. Es el caso de Artri King, suplemento para el dolor articular que tiene alertas de COFEPRIS desde 2021, y de la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) desde 2022. La industria de estos productos es tan hábil que suelen cambiar de nombre y presentación para poder seguir vendiéndolos pesar de las alertas.
Hay al menos una decena de reportes de Síndrome de Cushing por el diclofenaco y dexametasona que contiene Artri King. Sin embargo, el producto se vende libremente en internet a precios que van de US$10 a 15 el frasco con 100 tabletas.
Los especialistas consultados por SciDev.Net son conscientes de que se enfrentan a un monstruo de mil cabezas, por las deficiencias de los entes reguladores para vigilar y controlar la venta de estos productos y por las decisiones que toma la gente, guiada más por recomendaciones personales que por la evidencia científica.
“Los pacientes me dicen: ‘me lo dio una vecina, me lo recomendó el de la tienda’. El boca a boca está generando un consumo de estos productos tan masivo, y hay tanto desconocimiento, que estamos en un verdadero problema”, afirma Bessone.
El reumatólogo Mario Chávez reconoce que otra causa del problema son las fallas en los sistemas de salud. “Por ejemplo, dice, aunque los tiempos de espera para llegar a un diagnóstico de enfermedades reumáticas han mejorado (entre 3 y 4 años en promedio), algunos estudios reportan que para algunas enfermedades como la artritis reumatoide la espera puede ser de más de 9 años.”
“Uno entiende a los pacientes: si me dicen que el doctor me verá en un año, y aquí al lado están las Artri King que me regaló mi comadre y me siento bien, pues no tengo por qué culpar a ese paciente, está haciendo uso de lo que está a su alcance. Los pacientes son las víctimas de un sistema que no funciona”, dice Chávez.
Actualmente, el Colegio Mexicano de Reumatología trabaja con otros colegios médicos para lanzar campañas de información que alerten a la población del peligro de los productos engaño.
En ese mismo sentido trabaja el INVIMA en Colombia. De acuerdo con Urrea, hay un mensaje clave para disuadir a las personas de comprar estos productos: “si compras un producto de forma legal y con registros sanitarios, habrá alguien que tiene que responder si tienes algún daño, pero si no sabes quién hizo el producto, ni cómo, nadie se hará responsable. Conviene recordarlo cada vez que decidimos qué tomar para sentirnos mejor”.
- Del mito a la verdad: productos “naturistas” no son lo que parecen - mayo 28, 2026
- Amazonía: pueblos nativos en riesgo por contaminación de metales. - mayo 25, 2026
- Un millón de personas en defensa de los glaciares argentinos - abril 17, 2026




