Por: Camilo Cortés- Useche, PhD. (Colombia).
El hombre llegó desde tierras que nadie en el pueblo sabía nombrar. Decían que había cruzado mares y desiertos, exótico y que en sus ojos verdes se reflejaban historias que no cabían en una sola vida. Vestía siempre igual, parecía retrato, botas de cuero, camisa abierta al pecho de cuadros, barba bien definida como si el tiempo no se atreviera a desordenarla, y un sombrero negro que le daba sombra incluso cuando el sol parecía querer quemarlo todo.
Nadie supo exactamente qué buscaba. Él mismo, si le preguntaban, respondía con una sonrisa leve y una palabra distinta cada vez, victoria, redención, silencio. Fue en uno de esos pueblos de calles de polvo donde la conoció. Carita morena, pelo desordenado que el viento acariciaba sin permiso, ojos vivos, ella siempre caminaba ligera, sin miedo, con esa forma de existir que tienen quienes aún no han sido alcanzados por la duda.
Coincidieron sin buscarse. Una tarde cualquiera, bajo un sol intenso, compartieron agua. No dijeron mucho. No hacía falta. Había algo en el silencio que los reconocía. Caminaron juntos durante días que parecían repetirse, entre arena, calor, sudor, la sal secándose en la piel como una segunda capa de vida. A veces hablaban de futuros imposibles; otras, de pasados que él contaba a medias y ella escuchaba completos. Eran días claros, pero algo en el hombre empezó a quebrarse. Primero fueron los silencios. Luego, las preguntas.
¿Por qué la vida se me niega? murmuraba, más para sí mismo que para ella. ¿Por qué me siguen los males si todo este camino lo hice buscando paz?
En los pueblos por los que pasaban, preguntaba a extraños, a ancianos, a cualquiera que pareciera haber sobrevivido al tiempo. Nadie tenía respuestas. Algunos le hablaban de destino, otros de castigo. Él no creía en ninguno. Las noches se volvieron inquietas. Soñaba con sombras, con voces que no eran suyas. Decía sentir fuerzas oscuras tirando de él, como si su historia hubiera sido escrita por manos ajenas.
Ella lo miraba en silencio. Una madrugada, sin despedirse, él tomó un caballo. Se fue. La dejó con el amanecer, con el polvo suspendido en el aire y una sensación extraña, como si algo importante hubiera quedado incompleto.
El hombre cabalgó sin rumbo claro. Atravesó paisajes más áridos aún, donde el horizonte palpitaba por el calor y la tierra parecía haber olvidado lo que era la lluvia. Preguntó en cada pueblo lo mismo. Repitió su historia hasta que las palabras perdieron sentido.
Con cada día, su sed crecía. No solo la del cuerpo. Una tarde, al borde del cansancio, llegó a un lugar distinto. No había casas. No había gente. Solo agua. Un cuerpo de agua quieto, profundo, casi irreal en medio de tanta sequía. Se acercó lentamente, como si temiera que fuera un espejismo. Se arrodilló y bebió. El agua estaba fría. Viva.
Y entonces la vio. Ella estaba ahí. No supo cómo ni desde cuándo, pero estaba. Igual que la primera vez, el pelo desordenado, la mirada limpia, el mundo intacto en sus ojos.
Te perdiste, dijo ella, sin reproche. Él bajó la mirada, tomo aire y entendió entonces que no eran los demonios los que lo perseguían, sino el vacío que había decidido cargar. Que la travesía nunca fue para encontrar paz en el mundo, sino dentro de sí.
El agua reflejaba el cielo. Y en ese reflejo, por primera vez en mucho tiempo, no vio sombras. Solo vio posibilidad. Se sentó a su lado. No hicieron promesas. No hablaron del pasado. El calor seguía, el polvo también. Pero algo había cambiado. Porque en medio de la aridez, habían encontrado lo único que no se agota si se cuida de corazón, el Agua.
Hoy esa historia me hace recordar el Día Mundial del Agua 2026, donde el agua debe fluir con equidad, con las oportunidades, dignidad y futuro para todos. El pasado 22 de marzo, se conmemoro y resalto una realidad urgente: la crisis mundial del agua, como nos afecta a todos, pero no de la misma manera. En muchas regiones, donde el acceso al agua potable y al saneamiento no está garantizado, las desigualdades se profundizan, impactando de forma más severa a las poblaciones más vulnerables.
En este contexto, las mujeres y las niñas enfrentan las mayores cargas. Son ellas quienes, en la mayoría de los casos, se encargan de recolectar y gestionar el agua en sus hogares, además de cuidar a quienes enferman por el consumo de agua insalubre. Esta situación implica sacrificios significativos en su tiempo, salud, seguridad y oportunidades de desarrollo.
A pesar de su papel fundamental, con frecuencia las mujeres y las niñas quedan excluidas de los espacios de toma de decisiones, liderazgo y financiamiento en la gestión del agua. Esto evidencia que la crisis hídrica también es una crisis de desigualdad de género, donde sus voces y capacidades no siempre son reconocidas.
Frente a este desafío, se hace necesario promover un enfoque transformador y basado en los derechos humanos, que garantice la participación equitativa de las mujeres en todos los niveles de gobernanza del agua. Su inclusión en el diseño de políticas, proyectos e infraestructuras es clave para construir soluciones más justas, sostenibles y efectivas.
Asimismo, es fundamental reconocer y fortalecer el rol de las mujeres como agentes de cambio en distintos ámbitos: como ingenieras, agricultoras, científicas, trabajadoras del saneamiento y líderes comunitarias. Su liderazgo es esencial para enfrentar los retos actuales, como el cambio climático, la escasez de recursos y las debilidades en la gestión del agua.
En este esfuerzo, también es importante involucrar a hombres y niños como aliados en la promoción del acceso universal al agua potable, el saneamiento y la higiene, así como en la transformación de normas sociales que limitan el desarrollo pleno de mujeres y niñas.
El mensaje central de este año es claro: donde fluye el agua, crece la igualdad. Garantizar servicios de agua inclusivos y sostenibles no solo mejora la calidad de vida, sino que también impulsa el desarrollo y la equidad. Apostar por el liderazgo de las mujeres en la gestión del agua es, en esencia, apostar por un futuro más justo, saludable y resiliente para todas las personas.
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Camilo Cortés- Useche es biólogo Marino. Maestro en Manejo de Ecosistemas Marinos y Costeros, con doctorado e investigación postdoctoral en el área de las Ciencias Marinas. Su trabajo en el campo de la gestión y ecología marina en la República Dominicana le valió el reconocimiento del “Premio Dr. Alonso Fernández González 2020” a las Mejores Tesis de Posgrado del CINVESTAV en la Categoría Doctorado. Innovador de la sostenibilidad, científico y distinguido por sus aportes en la conservación de la naturaleza. Durante los últimos años ha liderado coaliciones para un modelo resiliente al cambio climático basado en la ciencia, con una idea firme del desarrollo social justo.
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