Por: Camilo Cortés- Useche, PhD.

En la vieja Ciudad Universitaria de Marte las noches parecían escritas por pintores y poetas ebrios. Las calles de piedra guardaban el eco de estudiantes que siempre hablaban de revoluciones, de amores eternos y de obras de arte que nunca terminarían. Allí, entre balcones y faroles, apareció él.

Algunos juraban que era heredero de una familia rica; otros, que había escapado de una ciudad donde el dinero compraba silencios. Lo cierto era que cada noche cruzaba Marte en un carro deportivo oscruro, con tapicería roja como una herida recién abierta, navegando entre las calles como si fueran mares sin destino alguno. El rugido del motor rebotaba en las paredes antiguas y despertaba a los perros, a los borrachos y a las muchachas insomnes.

Pero aquella noche no buscaba velocidad. Buscaba olvidar.

En la Facultad de Artes se celebraba el evento más esperado del semestre, una exposición donde escultores, diseñadores y pintores mostraban sus obsesiones más íntimas. La música de jazz escapaba por las ventanas abiertas y las luces naranjas daban al edificio un aire de templo profano.

Él entró por aburrimiento. Ella estaba de pie junto a una silla.

No era una silla cualquiera. Era elegante, imposible, casi ceremonial. Sus curvas parecían nacidas del cuerpo de una mujer danzando bajo el agua. La madera oscura brillaba como vino viejo. La obra había sido titulada “Trono para los que sobreviven al incendio”.

Y ella… ella obviamente para él era parte de la obra.

Vestía un corsé negro, con el cabello recogido torpemente y las manos manchadas, de pintura o de sangre, daba igual. No sonreía. Observaba a los asistentes con esa mezcla peligrosa entre desprecio y confianza que sólo tienen quienes han perdido todo demasiado pronto.

Cuando anunciaron que ella era la ganadora del premio de arte, la sala entera estalló en aplausos.

Él no aplaudió. Solo miro, quedó embrujado.

Porque mientras todos admiraban la silla emblemática, él sólo podía verla a ella levantando el trofeo con los ojos húmedos, como si aquella victoria llegara demasiado tarde para salvar algo importante.

Después vino la fiesta. Siempre venía una fiesta en Marte.

Alcohol barato, humo espeso, música vieja y falsos amigos celebrando triunfos ajenos como hienas alrededor de un cadáver elegante. Él bebió demasiado. Ella también. Y entre la multitud apareció el fantasma que debía aparecer, el falso amor del triunfo.

Entonces, él subio a su carro deportivo, sintió un golpe extraño, absurdo, casi hermoso. No porque la amara, todavía no, sino porque entendió que aquella mujer pertenecía a esa clase de personas capaces de destruirse incluso cuando el mundo finalmente comenzaba a admirarlas.

Salió de la fiesta antes del amanecer. Encendió el motor. El carro rugió como una bestia encerrada demasiado tiempo.

Aceleró por las calles húmedas de Marte y mientras las luces coloniales se deformaban sobre el parabrisas. Las piedras parecían olas, las avenidas, corrientes peligrosas. Y durante unos minutos condujo como quien intenta escapar de sí mismo.

Pero el destino, o el cansancio, lo obligó a detenerse frente a la facultad vacía.

Ella estaba allí. Sentada sobre la silla ganadora. Descalza. Sola.

¿Por qué no estás en tu fiesta? preguntó él.

Ella soltó una risa amarga. Porque nunca fue mi fiesta.

El amanecer comenzó a teñir de azul las paredes antiguas.

Entonces ella confesó que había creado aquella silla pensando en el abandono. En cómo algunas personas se convierten en muebles elegantes para que otros descansen sobre ellas y luego se marchen sin agradecer.

Él la escuchó en silencio.

Por primera vez en años dejó de pensar en la velocidad.

Y mientras la ciudad despertaba lentamente, entendió algo terrible y hermoso, había llegado buscando olvidar a alguien del pasado, pero el arte acababa de entregarle un premio mucho más peligroso.

Esa noche me hizo recordar, como cada ola que llega a la costa trae consigo una verdad triunfante, el océano sostiene la vida del planeta. Desde el aire que respiramos hasta los alimentos que consumimos y el equilibrio climático que hace posible nuestra existencia, dependemos profundamente de un ecosistema marino saludable. Sin embargo, durante décadas, la humanidad ha avanzado a gran velocidad, extrayendo más de lo que el mar puede recuperar.

En este contexto, el Día Mundial de los Océanos 2026 surge como una invitación global para reflexionar y actuar bajo el tema: “Reimagina: una nueva relación con nuestro océano”. La campaña busca transformar la manera en que las personas, gobiernos y sectores productivos perciben y protegen el planeta azul.

El océano cubre más del 70% de la superficie terrestre, produce al menos el 50% del oxígeno del planeta y alberga la mayor parte de la biodiversidad del mundo. Además, representa una fuente esencial de alimento y sustento económico para millones de personas. Se estima que para 2030 alrededor de 40 millones de empleos estarán vinculados a actividades relacionadas con los océanos.

No obstante, los ecosistemas marinos enfrentan una crisis sin precedentes. Actualmente, cerca del 90% de las grandes especies de peces se encuentran mermadas y más del 50% de los arrecifes de coral han sido destruidos. Esta realidad evidencia la urgente necesidad de cambiar el rumbo y construir un nuevo equilibrio entre el desarrollo humano y la conservación marina.

El tema de acción del Día Mundial de los Océanos 2026Áreas Marinas Protegidas Fuertes para Nuestro Planeta Azul busca impulsar el cumplimiento de los compromisos internacionales relacionados con la iniciativa 30×30, que propone proteger al menos el 30% de las tierras, aguas y océanos del planeta para el año 2030. Este esfuerzo también se fortalece con la reciente ratificación del Tratado de Alta Mar, considerado un avance histórico para la protección de la biodiversidad más allá de las jurisdicciones nacionales.

Las Áreas Marinas Protegidas representan una herramienta fundamental para restaurar ecosistemas, fortalecer la resiliencia climática y garantizar la supervivencia de especies clave. Sin embargo, su éxito dependerá no sólo de acuerdos políticos, sino también de la participación activa de la sociedad, las comunidades costeras, la juventud, la academia y el sector privado.

El mensaje central del Día Mundial de los Océanos es claro, ningún país está desconectado del océano. Incluso las naciones sin litoral dependen de mares saludables para mantener la estabilidad climática, la biodiversidad y el bienestar humano. La protección del océano es una responsabilidad compartida.

A medida que se acerca el 2030, la comunidad internacional enfrenta el desafío de convertir las promesas globales en acciones concretas y duraderas. Reimaginar nuestra relación con el océano implica dejar de verlo únicamente como una fuente infinita de recursos y comenzar a reconocerlo como un sistema vivo que necesita cuidado, respeto y restauración.

Porque proteger el océano no es únicamente salvar ecosistemas marinos; es proteger el futuro de la humanidad.

 

***

Ca­mi­lo Cor­tés- Use­che es bió­lo­go Ma­rino. Maes­tro en Ma­ne­jo de Eco­sis­te­mas Ma­ri­nos y Cos­te­ros, con doc­to­ra­do e in­ves­ti­ga­ción post­doc­to­ral en el área de las Cien­cias Ma­ri­nas. Su tra­ba­jo en el cam­po de la ges­tión y eco­lo­gía ma­ri­na en la Re­pú­bli­ca Do­mi­ni­ca­na le va­lió el re­co­no­ci­mien­to del “Pre­mio Dr. Alon­so Fer­nán­dez Gon­zá­lez 2020” a las Me­jo­res Te­sis de Pos­gra­do del CIN­VES­TAV en la Ca­te­go­ría Doc­to­ra­do. In­no­va­dor de la sos­te­ni­bi­li­dad, cien­tí­fi­co y dis­tin­gui­do por sus apor­tes en la con­ser­va­ción de la na­tu­ra­le­za. Du­ran­te los úl­ti­mos años ha liderado coa­li­cio­nes para un mo­de­lo re­si­lien­te al cam­bio cli­má­ti­co ba­sa­do en la cien­cia, con una idea fir­me del desa­rro­llo so­cial jus­to.