Por: César Augusto Ricardi Morgavi
Pronto, Social Mobility (1927), la obra clásica del sociólogo ruso naturalizado estadounidense Pitirim A. Sorokin, cumplirá 100 años, y sorprende aún la vigencia de sus planteamientos. Fue uno de los primeros trabajos relevantes sobre estratificación social que cuestionó la tesis de un crecimiento continuo de la movilidad y del ascenso de clase entre generaciones conforme las sociedades avanzaran en el proceso modernizador del desarrollo industrial. Sorokin mantuvo un importante debate intelectual con Talcott Parsons. Aunque coincidía en que las tasas de movilidad social de las economías industrializadas habían aumentado desde el siglo XVIII, discrepaba del estructural-funcionalismo parsoniano en que esta tendencia fuera resultado del efecto progresivo de la modernización y de la consolidación de criterios meritocráticos. Rechazó, así, una concepción teleológica de evolución hacia un equilibrio sistémico caracterizado por una creciente igualdad de oportunidades. En contraste, sostuvo que las sociedades atraviesan ciclos alternados de mayor y menor movilidad social.
A partir de ello, podemos preguntarnos si México atraviesa actualmente un ciclo de mayor movilidad y ascenso de clase o, por el contrario, uno de inmovilidad, fuerte herencia intergeneracional de las posiciones sociales y estancamiento del ascenso. En caso de observarse mayor movilidad, cabe además distinguir si los movimientos entre posiciones provienen de cambios en los tamaños sectoriales de la economía, la estructura ocupacional y la expansión educativa, o de transformaciones en la distribución de las oportunidades que tienen las personas de diferentes orígenes sociales para alcanzar determinados destinos de clase. En este último caso hablamos de desigualdad de oportunidades netas: las probabilidades diferenciales de movilidad una vez controlada la influencia de los cambios estructurales. Conviene recordar que la movilidad social per se, y no solamente el ascenso, constituye un indicador de apertura social, incluso cuando incluya movimientos descendentes, pues expresa capacidad de cambio de posiciones frente a su reproducción o herencia.
En esta discusión tengo interés en enfatizar tres dimensiones: el género —limitado en muchas estadísticas a una representación del sexo biológico al nacer—, las generaciones jóvenes y la relación entre movilidad social y riesgos socioambientales en el Antropoceno. Estas preocupaciones forman parte, asimismo, del proyecto IH-2026-51 de la SECHITI, “Movilidad social de las generaciones jóvenes en México: Desigualdades estructurales, trayectorias de clase y brechas tecnológicas en un contexto de transformación social acelerada”, que actualmente llevo adelante.
Dos estudios comparados relativamente recientes sobre movilidad social intergeneracional[1] muestran que, en América Latina —la región más desigual del mundo en términos de distribución del ingreso—, las tasas de movilidad social absoluta, asociadas principalmente con cambios estructurales, son mayores entre las mujeres, mientras que las tasas relativas, vinculadas con la distribución de las oportunidades netas, resultan semejantes a las de los varones. México presenta una particularidad: algunos resultados muestran una menor influencia de las clases de origen sobre las de destino entre las mujeres que entre los varones, sugiriendo una mayor movilidad relativa femenina. Sin embargo, estos hallazgos deben interpretarse con cautela, pues detrás de ellos pueden encontrarse procesos de segregación ocupacional por género y una menor posibilidad de las mujeres ocupadas de heredar las posiciones privilegiadas de sus padres.[2]
Entre las generaciones más jóvenes de México, en cambio, los resultados muestran una pérdida de oportunidades netas de movilidad social y, por tanto, un peso creciente de las condiciones de clase de origen sobre los destinos alcanzados. Se trata de un proceso de “cierre social”: las barreras entre clases se vuelven más rígidas para quienes comenzaron a consolidar su vida laboral entre 2010 y 2020, alrededor de los 30 años. En este proceso, las mujeres jóvenes aparecen particularmente expuestas a este cierre social, aunque la evidencia disponible muestra matices que aconsejan evitar conclusiones lineales (ver nota 2).
Finalmente, el Antropoceno puede entenderse como un nuevo marco histórico de cambio estructural en el que las transformaciones ambientales producidas por la actividad humana repercuten también sobre economías, territorios, mercados de trabajo y mecanismos de reproducción social. En Jalisco, las localidades de la ribera del lago de Chapala pertenecientes al municipio de Poncitlán constituyen un ejemplo especialmente significativo: allí, la desigualdad socioambiental condiciona las oportunidades presentes de niños, niñas y adolescentes y puede reforzar mecanismos de reproducción intergeneracional que limiten su movilidad futura. La población joven de estas localidades —que representa alrededor del 70 % de sus habitantes— no solo hereda una determinada posición de clase, sino también una exposición desigual al riesgo ambiental. El territorio de nacimiento se convierte así en una circunstancia adicional de cierre social.[3]
Esto obliga a ampliar la propia noción de ascenso social: en el Antropoceno, alcanzar una posición ocupacional superior a la de los padres resulta insuficiente si no se traduce también en mejores condiciones de salud, de vida y de relación con el territorio. Casi un siglo después de Sorokin, vuelve entonces su pregunta por los ciclos de movilidad e inmovilidad: ¿atraviesa México una fase de mayor apertura o de mayor cierre social? Y, si las posiciones están cambiando, ¿lo hacen fundamentalmente por las transformaciones estructurales del Antropoceno o por una redistribución efectiva de las oportunidades netas entre géneros, generaciones y territorios? Espero encontrar las respuestas en el proyecto IH-2026-51 y compartirlas pronto en una futura columna.
Sobre el autor: César Augusto Ricardi es doctor en Sociología y Ciencias Sociales, profesor investigador en la Universidad de Guadalajara y miembro del Sistemaa Nacional de Investigadoras e Investigadores. Su investigación se centra en la desigualdad estructural, los regímenes de bienestar en América Latina, la movilidad social, la equidad educativa y la pobreza multidimensional en Jalisco.
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