Por: Camilo Cortés- Useche, PhD.
Desde las montañas macizas de Dolores, un pueblo resguardado por el imponente Cerro de la Cruz, emergió una mujer de luz, de nobleza innata, soberana de su hogar, fiel a sus convicciones y prudente en la senda del camino de la vida. En aquel pueblo, la serranía de la Guacamaya se alzaba como escudo contra las ráfagas de tormenta que azotaban en el verano y contra las ráfagas de plomo que hostigaron la tierra durante años de rebelión e injusticias. Pero ella, con su valor y su amor inconmensurable, supo que dejaría un legado imperecedero al dejar los susurros de esas montañas.
Una vez bajo el macizo, encontró la fortaleza de un ser que siempre la apoyo, juntos construyeron un verdadero hogar. Las puertas de hierro de su casa siempre estaban abiertas, y sobre ellas, un carruaje de hierro dorado, comandado por dos caballeros, anunciaba el umbral de la Calle # 13. Dentro de aquella morada, las paredes contaban historias, adornadas con cientos de fotos de infantes, espejos y hamacas en cada rincón. Hacían que cada visitante conociera el árbol de la vida de aquella familia. El aroma de frutas impregnaba el aire cálido del lugar deslizándose por los cuartos atravesados por un corto pasillo que desembocaban en unas escaleras que guiaban a los invitados hasta un frondoso mandarino. Su tronco viejo, cubierto con cal para protegerlo de la plaga, sostenía un dosel de hojas bajo el cual se tejían recuerdos imborrables, días y noches de verbenas y plegarias.
Nena la señora de la casa, siempre dispuesta y diligente, organizaba cada detalle para que nadie careciera de nada. Su generosidad era infinita, nunca faltaba comida en la mesa, y los invitados, así como aquellos que llegaban de paso, siempre encontraban en ella una fuente de bondad y calidez. A su alrededor se congregaban siete hijos, diez nietos, cinco bisnietos y el Señor de la casa Don Agustín Useche, su esposo, su eterno compañero. El amor de María Elena o Nena como le decían de cariño, era un gran vela que iluminaba tiempos oscuros, su hogar era un santuario de protección y bendición para todos.
Durante noventa años, 32,850 días, 788,400 horas, su corazón latió en armonía con su familia, con la certeza del progreso y la protección de quienes amaba. Sus manos blancas y suaves, su cabellera rubia como la miel y sus ojos claros dejaron una huella indeleble, desde las entrañas de Dolores hasta cada rincón que supo conquistar con su presencia. Y así, la historia de Nena esta mujer valerosa, esposa, madre y abuela se perpetúa en el tiempo. Su memoria vive en los corazones de quienes la amaron y la siguen amando, en cada risa de sus descendientes, en cada historia contada bajo la sombra del mandarino, cedro o caobo. Su legado trasciende generaciones, como un eco que resuena en los vientos de Dolores hasta las montañas de la capital, en cada ráfaga de amor que sigue soplando en su honor.
El 22 de marzo de 2025 se celebró el Día Mundial del Agua, una fecha establecida por las Naciones Unidas para concienciar sobre la importancia del agua y promover la gestión sostenible de los recursos hídricos. Este año, el tema central fue la «Conservación de los glaciares», resaltando su papel esencial en el equilibrio hídrico global y la necesidad urgente de protegerlos ante su acelerada desaparición.
El agua es fundamental para la vida en nuestro planeta. Cubre aproximadamente el 70% de la superficie terrestre y constituye entre el 55% y el 78% del cuerpo humano, dependiendo de la complexión de cada individuo. En el organismo, el agua desempeña funciones vitales como regular la temperatura corporal, transportar nutrientes y oxígeno a las células, facilitar la digestión.
La celebración del Día Mundial del Agua 2025 nos invita a reconocer y honrar no solo los recursos naturales que sustentan la vida, sino también a aquellas personas que son vida, encarnan los valores de protección, provisión y amor incondicional. El agua es esencial para el florecimiento y la continuidad de la vida en todas sus formas.
El agua, eterna fuente de vida, es el hilo que teje la existencia misma, nutriendo la tierra, sosteniendo los ciclos y dando aliento. Así como el agua fluye sin detenerse, la esencia de una madre perdura más allá del tiempo y la ausencia. Aunque el destino imponga el inevitable viaje que a todos nos espera, su amor sigue latente en cada rincón, en cada memoria que resiste al olvido. Y cuando ella partió, el mundo no quedó en silencio, sobre el césped de la Inmaculada, las flores amarillas cayeron sin cesar, como un susurro de despedida, un tributo celestial ante la mirada de cientos de ojos llenos de amor, testigos del legado imborrable que dejó en cada alma que tocó.
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Camilo Cortés- Useche es biólogo Marino. Maestro en Manejo de Ecosistemas Marinos y Costeros, con doctorado e investigación postdoctoral en el área de las Ciencias Marinas. Su trabajo en el campo de la gestión y ecología marina en la República Dominicana le valió el reconocimiento del “Premio Dr. Alonso Fernández González 2020” a las Mejores Tesis de Posgrado del CINVESTAV en la Categoría Doctorado. Innovador de la sostenibilidad, científico y distinguido por sus aportes en la conservación de la naturaleza. Durante los últimos años ha liderando coaliciones para un modelo resiliente al cambio climático basado en la ciencia, con una idea firme del desarrollo social justo.
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