Por: Camilo Cortés- Useche, PhD (Colombia).
En los inviernos interminables de Bruselas, cuando la llovizna parecía un susurro constante y las calles empedradas guardaban el aroma a cacao derretido, vivía un escritor que había olvidado cómo se encendía una historia. Se llamaba Romelu, y durante meses había caminado entre cafés antiguos y tabernas de cerveza trapense intentando encontrar una chispa, un destello, algo que le devolviera el pulso narrativo que una vez lo había sostenido.
La vieja Bélgica parecía observarlo con paciencia. En las fachadas góticas veía siglos enteros de gestas y tragedias; en los canales turbios de Brujas percibía una melancolía que casi le devolvía la esperanza. Pero nada. Su cuaderno seguía vacío. Incluso los gatos callejeros, esos que merodeaban las chocolaterías esperando un gesto amable, parecían tener más rumbo que él.
Cansado, aceptó un trabajo temporal como cronista de juicios. Pensó que, al menos entre expedientes, declaraciones y hasta dramas, algo podría inspirarlo. El juzgado era frío, con paredes altas que olían a madera vieja y humedad. Afuera, el viento arrastraba hojas marrones por las calles estrechas, y la lluvia golpeaba las ventanas como si quisiera entrar a contar sus propias historias.
Romelu anotaba todo mecánicamente. Nombres, fechas, acusaciones, testimonios. Nada más. Hasta que un día, durante una audiencia rutinaria, la vio.
Estaba sentada al frente, en la fila destinada al presidium. Una mujer imposible de ignorar, incluso en aquel sitio lleno de trajes grises y miradas cansadas. Llevaba un blazer color crema profundo, botas de cuero, medias oscuras, aretes mínimos pero brillantes, y un pelo lacio que caía como una cascada ordenada sobre sus hombros. Su presencia olía a perfume fino, de esos que no gritan, pero permanecen.Era elegante, radiante sin pretenderlo, elocuente aun sin hablar.
Romelu sintió, por primera vez en años, que algo dentro de él se movía. Como si la física que había olvidado, la del cuerpo reaccionando, la del corazón acelerándose, volviera a tener sentido. Como si la química, esa que une, que atrae, que alinea moléculas y destinos, despertara en su interior.
Ella no miraba al juez, ni a los abogados, ni a los acusados. Miraba hacia un punto perdido, como si pudiera ver a través del tiempo. Como si conociera secretos del clima caprichoso de Bélgica, de los monjes cerveceros que habían perfeccionado recetas por siglos, de los bosques donde los ciervos se escondían entre la niebla, de la memoria antigua del país.
Romelu no sabía quién era. No sabía si era testigo, investigadora, familiar, o simplemente una visitante furtiva. Pero sí sabía algo, la historia que había perdido, su musa esquiva, estaba ahí, en la forma en que ella respiraba. En la manera en que cruzaba las piernas. En el leve destello metálico de sus aretes cuando un rayo de luz entraba por los ventanales a su espalda.
Ese día no escribió nada sobre el juicio. En su libreta solo quedó una frase:
“Encontré una cosmovisión nueva en una mujer que no conozco. El propósito, la química, la física… todo cabe en la forma en que mira el mundo.”
A partir de entonces, Romelu acudió al juzgado con la misma puntualidad con la que los relojes belgas marcan el cambio de hora entre estaciones. La buscaba entre los pasillos fríos, entre el murmullo de abogados, entre el eco de pasos que reverberaban en las salas. Algunas mañanas la encontraba, otras no. Pero cada vez que aparecía, algo en él florecía, como si las historias que creía muertas cobraran vida con solo verla respirar.
La vieja Bélgica volvió a hablarle. La lluvia dejó de ser gris y se volvió metáfora. El aroma a chocolate caliente volvió a ser infancia. La cerveza amarga recuperó su carácter. Las calles antiguas se transformaron en capítulos abiertos.
Y Romelu entendió que quizás la musa no era una persona, sino un estado del alma. Que aquella mujer la del blazer, las botas, las medias, los aretes y el perfume suave, era un recordatorio de que la inspiración no se busca, se reconoce.
Un día, cuando por fin se armó de valor para hablarle, ella se levantó antes de que él pudiera llegar a su asiento. Pero dejó algo en la banca, un pequeño papel doblado.
Lo abrió con manos temblorosas. Decía: “Escribe. No me sigas. Yo también he estado perdida.”
Y con eso, Romelu recuperó su propósito. Porque a veces la química no está en poseer, sino en comprender. La física no está en tocar, sino en sentir. Y la vida no se escribe solo con tinta, sino con los encuentros fugaces que nos transforman para siempre.
Esta historia inspiradora, a base de ciencia y sentimiento, merece destacar el Día Internacional de las Mujeres y las Niñas en la Ciencia, que se conmemora cada 11 de febrero y cuyo evento central en 2026 se celebró en modalidad híbrida desde la sede de la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) en París, la comunidad internacional este año impulso el lema “Aprovechar las sinergias entre la inteligencia artificial (IA), las ciencias sociales, las STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) y el sistema financiero: para construir un futuro inclusivo para las mujeres y las niñas”, destacando que, ante el aumento de las desigualdades sociales y digitales, la articulación de estos cuatro pilares es clave para acelerar un desarrollo inclusivo y sostenible.
La inteligencia artificial (IA) ofrece herramientas transformadoras para el análisis de datos, los diagnósticos de salud y la modelización climática, pero sin una gobernanza con perspectiva de género corre el riesgo de profundizar brechas existentes; por ello, las ciencias sociales resultan fundamentales para diseñar políticas públicas equitativas, promover la participación comunitaria y asegurar que la innovación llegue a los grupos históricamente marginados.
A su vez, las STEM proporcionan las competencias técnicas necesarias para desarrollar e implementar soluciones tecnológicas, en un contexto donde las mujeres representan menos de un tercio de la comunidad investigadora mundial, lo que evidencia la urgencia de cerrar la brecha de género no solo por razones de justicia, sino para fortalecer la calidad e impacto de la ciencia, la tecnología y la innovación.
Finalmente, mecanismos financieros como la inversión de impacto, la financiación combinada y los fondos con perspectiva de género permiten movilizar recursos hacia iniciativas lideradas por mujeres y garantizar la sostenibilidad de la educación, la investigación y el desarrollo (I+D), consolidando la inclusión social como un indicador clave de desempeño y reafirmando que la igualdad de género es condición indispensable para alcanzar los objetivos de la Agenda 2030 y construir un futuro donde ninguna mujer ni niña quede atrás.
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Camilo Cortés- Useche es biólogo Marino. Maestro en Manejo de Ecosistemas Marinos y Costeros, con doctorado e investigación postdoctoral en el área de las Ciencias Marinas. Su trabajo en el campo de la gestión y ecología marina en la República Dominicana le valió el reconocimiento del “Premio Dr. Alonso Fernández González 2020” a las Mejores Tesis de Posgrado del CINVESTAV en la Categoría Doctorado. Innovador de la sostenibilidad, científico y distinguido por sus aportes en la conservación de la naturaleza. Durante los últimos años ha liderado coaliciones para un modelo resiliente al cambio climático basado en la ciencia, con una idea firme del desarrollo social justo.
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