Por: Walter Pengue (Argentina).
“Los fuertes hacen lo que pueden, y los débiles sufren lo que deben», Tucídides (460 a.C/400 a.C)
Libro V (85-113), Diálogo de los melios, Historia de la Guerra del Peloponeso
El primer cuarto de siglo de este milenio, está encontrándose con un mundo convulsionado, mucho más allá de la convencionalidad de la irracionalidad que hemos venido llevando adelante como especie, tanto frente al planeta como de cara a nuestros propios congéneres en los últimos tiempos. Las acciones y tensiones por la lucha por los recursos, vuelven a ponernos en otro capítulo sobre las discusiones geopolíticas globales. Sir Halford Mackinder (1861-1947), para muchos, reconocido como el padre de la geopolítica, la ciencia que estudia cómo las características físicas de la Tierra en términos geográficos interactúan con las estructuras sociales y políticas en la lucha por la influencia y el poder, previsionaba procesos en esos tiempos, que hoy en día parecieran repetirse, con características, nuevas y propias. Una disciplina que tuvo su época de oro durante la segunda guerra mundial y que pareciera, merced a los avances territoriales y comerciales en distintas partes del mundo, volver a tener ahora, una nueva era de florecimiento. Para bien o para mal, de la humanidad y la naturaleza que la contiene.
Tensiones crecientes por el acceso a los recursos naturales van mucho más allá de una genuina preocupación por la adecuada gestión del ambiente para pasar a discusiones geopolíticas y oportunismo empresarial que ha convertido a todo el planeta en lo que entendemos como una Economía de Rapiña.
Una economía que crece más allá incluso de la mera transacción comercial para pasar a apropiarse, de distintas maneras y hasta formas abyectas para acceder a recursos vitales como la tierra, el agua, los recursos energéticos y otros no renovables (minerales y los distintos elementos que la naturaleza provee). O acceder a vitales recursos biológicos o buscar apropiarse de espacios, dónde es más factible producir y obtener bienes, pero con limitadas restricciones – ya sean sociales, climáticas o geopolíticas – como los territorios templados del planeta en un caso o eriales (desiertos o “trozos de hielo) casi sin población, en el otro. Pero en ambos casos, siempre ricamente nutritivos y apetecibles por quienes hoy detentan el poder mundial, distribuidos por esferas de influencia entre países y empresas globales corporativas de Estados Unidos, China o Rusia.
En esta moderna explotación de los recursos naturales globales dos factores se hacen relevantes, ya sea para quienes detentan el interés por su simple apropiación como para aquellos que promueven – con restringido éxito hasta ahora – una mejor gestión y comprensión de los procesos involucrados y los impactos producidos frente a distintos escenarios, uno de ellos igualmente muy pobremente elaborado y uno de los más reales en la actual coyuntura geopolítica mundial. Se trata por un lado de la evolución de las rutas de las cadenas de suministros y por el otro lado, la identificación de dónde se encuentran los recursos naturales – que, por el comercio, la compra (como hicieran en el siglo XIX, la recolonización o por la fuerza – los países pretenden garantizarse en su acceso. Recursos que se encuentran ubicados en espacios muy sensibles para la estabilidad global. Entre ellos, claramente aquellos lugares de mayor disponibilidad de agua de calidad, tierras de calidad y elementos imprescindibles para el avance tecnológico actual (tierras raras).
En nuestros días, los “Tres Polos” se encuentran en riesgo, frente a los escenarios de cambio climático y la intensificación de los usos de los recursos de la tierra. El Ártico, la Antártida y los Himalayas son la tríada de regiones en el mundo que cuentan con entornos criogénicos extremos y tienen un papel crucial en la estabilidad climática, la hidrología e hidrogeología y las condiciones ecosistémicas vitales de la tierra.
En el caso del Ártico, una alarmante pérdida de hielo marino y glaciares representan una crisis ambiental acelerada por el calentamiento global que resulta en aumentos de los niveles del mar, la alteración de corrientes oceánicas y patrones climáticos que amenazan a los ecosistemas marinos y terrestres y sus comunidades, escasez de agua dulce y demás implicaciones ambientales y sociales. Pero, sin embargo para otros, esto representa una oportunidad comercial y geoestratégica que lleva una nueva y acelerada dinámica del control mundial hacia los polos.
En el año 2011, tuve la oportunidad de recorrer y participar activamente del Octavo encuentro global del Panel Internacional de los Recursos Naturales (IRP 2011) en Helsinki (Finlandia), donde científicos y luego políticos, analizábamos la situación de recursos estratégicos mundiales (suelos, aguas, minerales, entre otros) y su estabilidad y situación ambiental mundial. Y, de hecho, imprescindibles para el devenir de la civilización actual. En esos mismos días, recuerdo con claridad y a través de importantes anuncios de la prensa local y reuniones no sólo científicas sino económicas, como en otras esferas – pero en los mismos momentos y lugar – se planteaba un acuerdo mundial que siempre llamó mi atención. Me refiero a la fuerte relación existente entre los países del mundo ártico, el acceso a los recursos y la priorización de sus futuras o nuevas vías navegables.
Fue allí, en mayo de 2011, en Nuuk, Groenlandia, donde firmaron un Acuerdo de Cooperación de Investigación y Salvamento Aeronáutico y Marítimo del Ártico. Este Acuerdo de Cooperación (Acuerdo SAR del Ártico) de 2011 fue un pacto histórico y jurídicamente vinculante firmado por los ocho Estados árticos (Canadá, Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega, Rusia, Suecia y los EE. UU.) (NUS CIL 2011) que estableció responsabilidades y procedimientos coordinados bajo la figura y pantalla de apoyo mutuo para la búsqueda y rescate (SAR) para la enorme región ártica. Pero que claramente también formalizaba un proceso de priorización de comunicaciones vinculadas al tráfico marino y aéreo, especulando quizás con los cambios por venir, relacionados al cambio climático y el derretimiento polar, formalizando la cooperación para manejar el creciente tráfico marítimo y aéreo debido al cambio climático y una mayor accesibilidad a los recursos. Pero además de esta cooperación, en los mismos tiempos se evaluaba y promovían nuevos acuerdos entre estas naciones analizando la posibilidad de acceder a petróleo, minerales y otras tierras en estos yermos espacios.
La actual discusión de pertenencia de Groenlandia y su futuro, a quince años de estas reuniones, ponen luz sobre los intereses en pugna. Luego de la guerra de Ucrania, la Federación Rusa, se retiró de este acuerdo, pero los países nórdicos sí continúan en el mismo, ahora enfrentados a nuevas tensiones, pues el camino que se abre en esta Ruta del Mar del Norte y la Ruta del Ártico (deberíamos sumar a la también llamada Ruta de la Seda del Norte, que pone aún más tensión a la cuestión, sumando a China), es más apetecible ahora que antes, a lo que se suma, la enorme presión por el acceso a los recursos de Groenlandia. Mientras que, por otro lado, los científicos continúan intentando alertar al mundo sobre los efectos del derretimiento o melting en tan extenso territorio (Gilliver 2026). Aún la región, prácticamente no ha puesto en explotación estos recursos especialmente minerales – hay sólo dos minas abiertas – pero el mapa del Servicio Geológico de Groenlandia (GEUS 2026) informa con claridad lo que está ya identificado como potenciales menas. Sumamos algo también interesante, que es que posiblemente sólo en Groenlandia se han detectado – el otro lugar es la luna, donde ya hay otra carrera por el acceso a este “nuevo oro tecnológico” entre China y EE.UU. – escapes de un gas, de proporciones mínimos en la superficie de la tierra, el Helio 3 (He3). Quizás también por esto, haya un interés especial de las superpotencias. El Helio 3 (Olson y Sharp 2022) es un isótopo raro y no radiactivo del helio, que se presenta como crucial para la futura energía de fusión nuclear al tener una capacidad de producir energía limpia pero con pocos residuos radiactivos. Las tierras raras (unos 17 elementos, desde el lantano, cerio, neodimio y europio— además del escandio y el itrio) (FN 2026, IRP 2026), algunos de los cuáles estarían disponibles también en Groenlandia (CSIS 2026). Quizás esta desincentivación de los apoyos financieros, desprecio al análisis científico o una crítica desproporcionada a los alertas sobre los impactos del cambio climático y la pérdida de articulaciones con las Naciones Unidas de la principal potencia global (EE.UU.), devengan del conocimiento que se tiene de esto, el interés comercial inmediato y beneficios coyunturales que se tienen sobre la apertura de estas rutas que les pudieran proveer, potenciadas – si el mundo no hace nada – por el cambio climático. Y claramente las tensiones adicionales y presiones, por las vías comerciales y diplomáticas de otras potencias globales. Evidente, que cuando tres gigantes pelean, son las hormigas, las que sufren. Siempre que estas no reaccionen o no se asocien en comunidad, como en un hormiguero.
La Antártida no está pasando tampoco por un gran momento. Siendo uno de los continentes, en términos geológicos más antiguos – sus tierras pertenecieron al supercontinente de Gondwana – guarda en su acervo no sólo riquísima disponibilidad de materiales sino registros de la historia climática del planeta en sus núcleos de hielo y su gran espacio terrestre, aún cubierto por los hielos, vinculados al acervo biológico y geológico de la tierra. El 70 % del agua dulce del planeta se encuentra aquí. El 98 % de su superficie se encuentra cubierto de hielo, cuyo espesor en algunos lugares llega a los 5 km. La National Geographic Society reconoció la existencia del océano Antártico, como el quinto océano de la Tierra, por su ecosistema único y características diferentes al resto de los océanos. El océano Glacial Antártico rodea completamente a la Antártida, y junto al Glacial Ártico son los únicos océanos en circundar el mundo de forma completa. El segundo mencionado, ya en un acelerado proceso de derretimiento. Antártida es importante por muchos motivos para la humanidad, incluso como acervo de materiales a resguardo procedente de otras regiones del globo. Una “nueva arca” – emulando la de recursos genéticos en la isla de Svalbard, Noruega – pero hoy día del acervo de hielo mundial (Imagen), comienza a resguardar material en Antártida. Esta caverna de hielo creada por el hombre, situada cerca de la base de investigación franco-italiana Concordia, en la alta meseta antártica, fue inaugurada el 14 de enero pasado. Muestras de glaciares desde Bolivia hasta Tayikistán se unirán a ellos en los próximos años, mientras los científicos se apresuran a intentar preservar este registro natural de la criosfera de nuestro planeta antes de que se derrita. Materiales relevantes para conocer la historia de la tierra, que vamos perdiendo. El hielo, siempre diferente, desde distintas regiones, guarda información irreemplazable sobre el clima global. «Todas las muestras son diferentes: los núcleos de hielo de regiones no polares nos revelan la historia del clima regional del que proceden» (Wilks 2026). No obstante, Antártida pierde cientos de miles de millones de toneladas de hielo al año, a un ritmo que se acelera y que lleva a algunos científicos a emular lo sucedido en el Norte del mundo, bajo un proceso que han dado en llamar “groenlidazación”. El «deshielo descontrolado» de las capas de hielo, causado por la intrusión de agua oceánica cálida entre el hielo y la tierra sobre la que se asienta (Bradley y Hewitt 2024) está comprobando, día a día, la aceleración de un proceso que impacta no sólo sobre la Antártida sino sobre el globo terrestre completo.

Imagen: La entrada a la cueva de hielo (Antártida) Fotografía de Vito Stonzione vía Ice Memory Foundation (2026)
El Tratado Antártico, firmado en 1959, y vigente desde 1961, no tiene fecha de vencimiento y está diseñado “para durar indefinidamente”, aunque una de sus cláusulas permite su revisión a partir del año 2048. Entre los signatarios del Tratado hay siete países (Argentina, Australia, Chile, Francia, Noruega, Nueva Zelanda y el Reino Unido) con reclamos territoriales, que en algunos casos, se solapan en parte sobre los mismos territorios. Otros países no reconocen ningún reclamo. Y dos superpotencias, Estados Unidos y Rusia consideran que tienen “fundamentos para reclamar”. Y seguramente, en mundo debilitado lo harán de hecho, de no mediar, acciones concretas de las naciones que ocupan con fines científicos la Antártida, desde hace más de 120 años. Por ejemplo, en el caso de Argentina, que instauró la primera base científica. Me refiero a la Base Orcadas, establecida por Argentina en la Isla Laurie (Orcadas del Sur) el 22 de febrero de 1904, convirtiéndose en el asentamiento humano estable más antiguo al sur del continente. Pero en un mundo, donde el sistema multilateral está en crisis de supervivencia y la ONU continúa de Cumbre en Cumbre con discursos banales (Pengue 2025, Pengue 2023), el conflicto sobre los recursos está en ciernes. Una base militar inglesa que ocupa ilegalmente las Islas Malvinas (pertenecientes a la República Argentina) y apoyada por la OTAN es una llamada de atención sobre las formas de control y acceso a recursos y rutas estratégicas, también en el sur del continente americano. Argentina ha reclamado pacífica e históricamente por este territorio, que es parte unívoca no sólo de la República Argentina, sino que pertenece al continente sudamericano, hasta por su plataforma continental.
El “Tercer Polo”, los Himalayas, están bajo las mismas tensiones, tanto climáticas como geopolíticas. Maurer (2019) informaba unos años atrás que la pérdida del hielo en los glaciares del Himalaya se ha acelerado desde el año 2000: cada año cerca de medio metro de hielo se derrite por el aumento de las temperaturas. Analizando 650 glaciares del Himalaya, es decir el 55% de todo el hielo de la región, que ocupa una superficie de oeste a este, de 2.000 kilómetros, se detectó comparativamente que, en 1975, la zona del Himalaya presentaba una masa de hielo del 87 %, que se mantuvo en el año 2000 y bajó en 2016 a un 72 %. Es decir, en cuestión de cuatro décadas se ha perdido una cuarta parte de su masa. En todos los casos, las consecuencias no son sólo “ambientales o climáticas”. Impactan directamente sobre la economía y la población, poniendo en riesgo directo a casi mil millones de personas. Los datos científicos se han fortalecido con más información que sustenta lo marcado y con una aceleración de las tendencias, que alertan que para el año 2100, más del 75 % de los glaciares del Himalaya habrán desaparecido. Esa falta de agua implica problemas para la irrigación, la agricultura, la ganadería, el desarrollo de las ciudades, la energía hidroeléctrica y el acceso a agua potable y a un saneamiento saludable. Aunque el deshielo ha producido agua que circula libremente por el terreno, la llamada escorrentía, a medio y largo plazo producirá una creciente escasez de agua.
Celeste Saulo, directora general de la Organización Meteorológica Mundial, recordó que nuestros glaciares ya están desapareciendo rápidamente. Resalta Saulo: «Desde 1975, los glaciares han perdido el equivalente a un bloque de hielo del tamaño de Alemania y de 25 metros de espesor». Además, «La información perdida – que estos contienen – jamás podrá recuperarse«.
El año 2025, había sido declarado por las Naciones Unidas, como el Año Internacional de la Conservación de los Glaciares. Declararon, además, la proclamación del día 21 de marzo de cada año como Día Mundial de los Glaciares a partir de 2025 (UN Glaciers 2025).
En América del Sur, los glaciares – en la mayoría de los casos – están en retroceso, impulsados especialmente por el cambio climático y amenazados – en varios países – por las actividades extractivas. Son los glaciares, los que alimentan los “ríos voladores” (Pengue 2024) y facilitan un ciclo hidrológico que también la región puede perder en muy pocas décadas, afectando a los grandes países productores de alimentos y sus poblaciones. Países de la Región Andina, del Sur Americano como Argentina tienen casi 17,000 glaciares, la mayoría en los Andes (cerca de 16,000), mientras que Chile posee más de 26,000. La mayor concentración de cuerpos de hielo se encuentra en la Patagonia Sur, que incluye los campos de hielo, aunque los Andes Centrales y Desérticos tienen la mayor cantidad de glaciares pequeños, incluyendo los de escombros.
No obstante ello, estas fábricas de agua, están hoy en día amenazadas y bajo tensiones permanentes. A pesar de la restringida mirada economicista, se pueden agotar y desaparecer, generando costos – externalidades negativas – relevantes que pueden cancelar la vida productiva y el desarrollo de regiones enteras. En el caso de la Argentina, una legislación vigente, de vanguardia para el cuidado ambiental y social, está hoy en día, bajo amenaza por un nuevo proyecto de Ley, por presiones de distinta índole, entre ellos, el interés minero. La Ley Nacional de Glaciares (26.639) brinda una protección integral a los glaciares y al ambiente periglacial, asegurando su existencia y una relevante cadena de valor, que va desde componentes ambientales, climáticos, sociales hasta la protección de intereses económicos y productivos regionales. El proyecto de ley, que pretende anular la actual ley de protección de glaciares, llamado por su críticos, como Ley antiglaciares. Uno de los constitucionalistas más respetables de la Argentina, el Dr. Daniel Sabsay, indica “que no solo desconoce el texto constitucional, sino también cómo funcionan los ecosistemas. En rigor, el ambiente y los glaciares no saben de fronteras” (Sabsay 2026). Un proyecto minero, en su etapa de extracción, dura en promedio unos 30 años como máximo. Un glaciar brinda agua suficiente para el desarrollo productivo por centurias. Como indica el Dr. Miguel Auge, Académico de Número de la Academia Argentina de Ciencias del Ambiente y experto internacionalmente reconocido en hidrogeología , «No cabe duda que necesitamos de los minerales para la mayoría de las actividades industriales y humanas, pero ello no justifica el empleo de técnicas como el open pit, que daña severamente la calidad y la disponibilidad del agua, del suelo, de la biota y del aire, en la vecindad de los yacimientos, haciendo que dichos recursos sean prácticamente irrecuperables luego de finalizar la actividad minera. Los daños mencionados aplican tanto a las explotaciones vecinas a los ámbitos periglaciares, como a otras alejadas de los mismos.» (Auge 2026). Hoy esta Ley, está bajo amenaza por los intereses coyunturales y las políticas de corto plazo, que ponen en riesgo la estabilidad de regiones enteras, sin percatarse de sus impactos o quizás con el objetivo concreto de buscarlos. La Academia Argentina de Ciencias del Ambiente (AACA 2026) acaba de expedirse en forma totalmente opuesta a cualquier cambio que se quisiera hacer a una ley que protege y gestiona adecuadamente tanto a los glaciares como al ambiente periglacial.
Estas fábricas de agua, claramente no sólo sacian la sed del mundo y sus ecosistemas, sino que nutren con la misma, la base principal de esta civilización: el sistema mundial de producción de alimentos. Entre tierra, agua, biodiversidad y energía, tenemos una serie de conexiones (IPBES 2024), que, hasta ahora, ni los decisores de políticas vinculadas a la sustentabilidad y la estabilidad planetaria ni los mismos sistemas científicos, se han dedicado a analizar en profundidad y toda su complejidad. Frente a la acelerada discusión planteada por los tres grandes actores globales actuales (EE.UU., China y Rusia), sus esferas de poder la cuestión de garantizarse recursos hídricos y los intangibles ambientales y servicios naturales involucrados, es un punto adicional en estas tensiones crecientes.
El 17 de enero pasado, la firma – luego de 25 años de dilaciones europeas – acelerada del Acuerdo Unión Europea – MERCOSUR, aparece más como un esfuerzo por ampliar mercados y garantizarse de alguna forma, una cadena de suministros básicos, en función de escenarios conflictivos, comerciales o hasta bélicos posibles, por parte de Europa. Que esperemos no sucedan. Seguramente la experimentada Europa recuerda, que fue América del Sur, en la figura de países como Argentina y Uruguay, la gran proveedora de alimentos de su región, durante y especialmente luego de la Segunda Guerra Mundial. Los jóvenes posiblemente no lo tengan en cuenta, pero sí sus mayores. No obstante, el Parlamento Europeo, rechazó la firma y recomendó su paso a la justicia, por lo que, el acuerdo firmado no avanzaría inmediatamente y seguramente dependerá también de los vaivenes geopolíticos y tensiones, no sólo internos, sino externos. Es claro que con el acuerdo, en términos biopolíticos, Europa accedería a ampliar su huella ecológica y, de hecho, también hídrica y de nutrientes (extracción de nutrientes del suelo), al importar alimentos de calidad desde la región sudamericana: Los EU-27 representan la tercera parte de la superficie del MERCOSUR (cuatro millones vs. doce millones de kilómetros cuadrados). MERCOSUR puede convertirse – aprovechando e imponiendo las adecuadas salvaguardas ambientales en coincidencia europea – en la Gran Cuenca Alimentaria del planeta. Lo que algunos olvidan, es que esta Gran Cuenca Alimentaria, depende de las arterias que los recorren: los grandes ríos. Y estos dependen, de los glaciares, que los nutren. La mayoría en la Cordillera de los Andes (y en menor cuantía actual desde los Macizos Guayanés y Brasileño, hoy sin hielo). Cuando hay miles de kilómetros de distancias entre las fuentes y los consumos, los ciudadanos olvidan y no logran dirimir, la relevancia de su adecuada gestión y la necesaria preparación y previsión frente a los escenarios de cambio climático. Un esfuerzo europeo por mantener algo del multilateralismo golpeado, que puede generar beneficios mutuos, de impulsar por un lado, salvaguardas ambientales en el Sur y también reconocer, la relevancia de retirar los subsidios distorsivos en el Norte, que los políticos de Bruselas, promueven recurrentemente para sostener una bastante ineficiente agricultura europea. Y en ambos casos, promover “nuevas formas de hacer agricultura”, como modelos producción agroecológica, que, en América Latina, crecen y muestran su valor tanto en términos productivos, como en sociales y ambientales. Un mercado entre el Atlántico Sur Oeste y el Atlántico Norte Este de casi 800 millones de habitantes, que pueden beneficiarse también en salud, de implementarse sistemas alimentarios sostenibles en ambos lados del mundo. No obstante, el overlapping en el uso de las tierras de Sud América y sus impactos ambientales y sociales, deberían ser entendidos y considerados en estas cuentas comerciales. Son externalidades que los científicos han estado evaluando y poniendo sobre la mesa, los costos ambientales de procesos de intensificación en el uso de los recursos que maximizan el potencial ambiental del MERCOSUR: tierras, agua, biodiversidad, energía. Una región que además, no tiene restricciones climáticas relevantes como por el contrario, sucede en Europa.
La circulación mundial de la producción internacional de productos básicos y elaborados, está cambiando. Y para ello, se necesitan recursos. La metabolización del sistema global, aún se ancla en bienes físicos, aunque la demanda de energía y agua para impulsar muy nuevas formas de producción comienza a crecer aceleradamente. Seguimos yendo hacia un creciente metabolismo social e hídrico, con cambios de tendencias en las últimas décadas, que son justamente parte de los emergentes que nos tienen hoy al mundo en vilo. La huella hídrica y el agua virtual fluye de uno a otro continente. Las mercancías son las que las utilizan o llevan (Imagen), sumada a la creciente demanda de energía y agua de los sistemas tecnológicos que hoy crecen y reemplazan personas y procesos como la llegada y especialmente el uso de la inteligencia artificial en todos los procesos sociales. En este punto, la combinación en demandas energéticas, materiales y tierras raras para el impulso de tecnologías de punta, sigue creciendo y como puede verse en la imagen, el flujo se ha orientado más hacia China, en detrimento de los otros países (UE y EE.UU.).

Fuente de la imagen: Ehsan Soltani, publicada por primera vez en Voronoi por Visual Capitalist el 7 de julio de 2025 .
En el año 2000, Estados Unidos y la UE dominaban el comercio con gran parte del mundo. Para 2024, China los había superado y se había convertido en el mayor socio comercial de casi toda Asia, África y Sudamérica. El documento de Visual Capitalist muestra cómo ha cambiado el dominio del comercio global durante el último cuarto de siglo. Y los científicos pueden analizar, cómo el flujo de materiales, energía y agua impactan sobre los distintos ecosistemas y las sociedades que estos contienen en el planeta.
Hoy, aún más que ayer, el mundo se enfrenta a tensiones hídricas crecientes. Son cada vez más, los países que no tienen agua suficiente, siendo que la sequía, no es ya una causa o “castigo natural”, sino humana. Antes los países iban a la guerra por el agua. ¿Irán nuevamente adelante, sin medir las consecuencias de un nuevo mundo bélico, sacrificando a generaciones jóvenes y su futuro? Estando en el siglo XXI, deberíamos sostener el optimismo y también hacer escuchar a la mejor ciencia, para saber decir que no. Pero el tema hídrico, bajo tales tensiones, sin cooperación internacional y frente al quiebre de un multilateralismo, que al menos en algunas cuestiones ha servido para que el grande no se coma a los chicos, la preocupación crece. A ello se suma, el derretimiento en los casquetes que abren nuevas rutas navegables que garanticen suministros y control geopolítico y el acelerado derretimiento de los glaciares de todo el mundo, que pone aún más tensión en países enteros. Desde México hasta Brasil, desde Cisjordania a Australia, la recurrencia de sequías, el uso de los ríos y el hambre de agua generado, produce crecientes tensiones en regiones enteras.
La ciencia hace años elabora sus mapas de huella hídrica y agua virtual (Pengue 2023), dando cuenta de los usos y los flujos de agua invertida y necesaria para la producción, transporte y consumo. La UNESCO alertó hace pocos años, sobre el enorme gap que enfrentamos entre la oferta de agua disponible y su consumo. A lo que también hace años también el reconocido científico John Anthony Allan, creador del concepto de agua virtual, se preguntaba: ¿Habrá una guerra por el agua? No lo sabemos. No es únicamente por su disponibilidad ahora, sino por el acceso al uso y control de las principales vías navegables y ahora también, los apetecibles recursos naturales globales. Las nuevas mencionadas precedentemente vías navegables como las que, hasta ahora, han permitido fluir las materias primas del corazón mismo de todos los continentes, alimentadas directamente por glaciares hacia vías navegables interiores a través de las cuales se produce la mayor circulación de materias primas y productos elaborados. Tres de ellas se encuentran en Asia (los ríos Mekong, Yangtsé y Ganges), cuatro en Europa (Danubio, Rin, Volga y Dniéper), una en África (el Nilo) y las cuatro restantes en América del Sur (Amazonas, Orinoco, Magdalena y la llamada Hidrovía Paraná- Paraguay).
No obstante, en esta complejidad sociedad-naturaleza, nada está escrito. Para bien o para mal, la sociedad global, evoluciona, cambia. Sin un sentido predeterminístico. Lo desconocemos. Recordemos que Pierre Bourdieu analizó los cambios sociales desde la dinámica de la reproducción y la lucha dentro de los campos sociales. Allí las clases sociales buscan de alguna manera, mantener o transformar su posición a través del capital – ya sea económico, cultural, social o simbólico – criticando un pesimismo de la reproducción y apoyando activamente movimientos sociales en sus últimos años contra el neoliberalismo, mostrando cómo la resistencia y la lucha política generan cambio social más allá de la mera herencia estructural. Pues bueno, el tiempo lo dirá.
Referencias
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Walter Alberto Pengue es Ingeniero Agrónomo, con una especialización en Mejoramiento Genético Vegetal (Fitotecnia) por la Universidad de Buenos Aires. En la misma Universidad obtuvo su título de Magister en Políticas Ambientales y Territoriales. Su Doctorado lo hizo en la Escuela de Ingenieros Agrónomos y de Montes en la Universidad de Córdoba (España) en Agroecología, Sociología y Desarrollo Rural Sostenible. Realizó estancias postdoctorales en las Universidades de Tromso (Noruega) y en el INBI, University of Canterbury (Nueva Zelanda).
Pengue es Profesor Titular de Economía Ecológica y Agroecología en la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS) y director del Grupo de Ecología del Paisaje y Medio Ambiente (GEPAMA) de la Universidad de Buenos Aires (FADU UBA).
Es fundador y ex presidente de la Sociedad Argentino Uruguaya de Economía Ecológica (ASAUEE) y fue miembro del Board Mundial de la Sociedad Internacional de Economía Ecológica (ISEE). Es uno de los fundadores de SOCLA, la Sociedad Científica Latinoamericana de Agroecología (SOCLA), de la que actualmente es responsable de su Comité de Ética. Lleva más de 30 años de estudios sobre los impactos ecológicos y socioeconómicos de la agricultura industrial, la agricultura transgénica y el sistema alimentario a nivel nacional, regional y global y su relación con los recursos naturales (suelos, agua, recursos genéticos). Experto Internacional, revisor, autor principal y coordinador de autores del IPBES (Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas) (desde 2019), TEEB (2015 a 2019) y del Resource Panel de Naciones Unidas Ambiente (2007 a 2015). Ha sido autor principal del Capítulo 16 de la Ronda 6 del IPCC (2019/2022), presentado en 2023. Es autor principal y coordinador de autores en el Proyecto Nexus IPBES, análisis temático sobre las interrelaciones entre los sistemas alimentarios, la biodiversidad, la salud, el agua y el cambio climático (2021 a 2025). Participa de la Red CLACSO sobre Agroecología Política y es tutor del Grupo de Agroecología Andina. Académico de Número de la Academia Argentina de Ciencias del Ambiente y de Varias Comisiones Científicas Asesoras en Desarrollo Sustentable, Ambiente, Agricultura y Alimentación de Argentina. Profesor invitado de Universidades de América Latina, Europa, Asia, África y Oceanía. Consultor internacional sobre ambiente, agricultura y sistemas alimentarios. Miembro del Grupo de Pensadores Fundacionales del Ambiente y el desarrollo sustentable de la CEPAL, Naciones Unidas, cuyo último libro es AMÉRICA LATINA y EL CARIBE: Una de las últimas fronteras para la vida (noviembre 2024). Pengue es investigador invitado de la Cátedra CALAS María Sybilla Merian Center de las Universidades de Guadalajara y CIAS, Center for InterAmerican Studies de la Universidad de Bielefeld (2024/2025) y del Center for Advanced Study (HIAS) de la Universidad de Hamburgo (2024/2025).
Publicaciones
Todas sus obras pueden bajarse de: https://www.researchgate.net/profile/Walter-Pengue
Últimos libros
GLIGO, N., PENGUE, WALTER y otros (2024). AMÉRICA LATINA y EL CARIBE: Una de las últimas fronteras para la vida. El libro (español, inglés, francés y portugués), puede bajarse de: https://www.researchgate.net/profile/Walter-Pengue
PENGUE, WALTER A. (2023). Economía Ecológica, Recursos Naturales y Sistemas Alimentarios ¿Quién se Come a Quién? – 1a ed. – Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Orientación Gráfica Editora, 2023.354 p.; 24 x 16 cm. – (Economía ecológica / Walter Alberto Pengue ISBN 978-987-1922-51-2 – El libro puede bajarse de: https://www.researchgate.net/profile/Walter-Pengue
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