Ecuador

 

Formar parte de un grupo, conversar, reírse y sentirse escuchado genera bienestar. Durante miles de años, pertenecer a una comunidad ha significado protección, cooperación y mayores posibilidades de sobrevivir. En cambio, quedar fuera podía representar una amenaza, una respuesta que, de acuerdo con investigaciones científicas, todavía está presente en el cerebro humano.

Cuando una persona es aceptada, las interacciones sociales pueden activar circuitos cerebrales relacionados con la recompensa. Sin embargo, el rechazo provoca una respuesta diferente. Un estudio publicado en la revista Science mostró que la exclusión social activa regiones cerebrales relacionadas con el procesamiento del dolor, entre ellas el córtex cingulado anterior. Esto explica por qué el rechazo puede generar una sensación de dolor, aunque no exista una lesión física.

Durante la adolescencia, este fenómeno cobra especial importancia debido a los cambios que experimenta el cerebro en esta etapa del desarrollo.

“Entendemos que estas áreas cerebrales que aún no se encuentran gobernadas por las funciones ejecutivas como la inhibición, la toma de decisiones, el razonamiento, el control de la conducta, el control de las emociones, van a tomar un papel principal al momento de sentir una una situación de rechazo y la van a percibir como algo extremo, algo supergrande que todavía no tienen la capacidad de autorregularse y autocontrolarla”, explica Jorge Gordón, experto en neurociencia.

Las investigaciones sobre el desarrollo cerebral muestran que, durante la adolescencia, continúan cambiando las redes involucradas en comprender a otras personas y procesar las experiencias sociales. Por ello, la soledad, el rechazo o el abuso emocional por parte de sus pares pueden perjudicar el desarrollo normal de las habilidades sociales de los adolescentes.

“Debilita el cerebro, en otros términos, el cerebro social, la adaptación social, y esto va a tener como consecuencia, pues, situaciones muy graves como hasta el pensamiento autolítico o la ideación suicida”, menciona el experto.

Por su parte, una revisión publicada en Nature Reviews Psychology en 2025 señala que una alta sensibilidad a las señales sociales es normal durante la adolescencia. No obstante, una respuesta excesiva ante amenazas relacionadas con la conexión, el estatus o la identidad social constituye un mayor riesgo de ansiedad y depresión.

Ante este panorama, el cuidado del bienestar mental y físico de los adolescentes resulta fundamental durante esta etapa crítica del desarrollo.

 

 

Universidad Técnica del Norte (UTN)