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La mayor retrospectiva sobre Antoni Tàpies transita por su formidable carrera completo. Así se define la muestra ‘Antoni Tàpies, la práctica del arte’ en la que el Museo Reina Sofía concentra cerca de 220 obras procedentes de museos y colecciones privadas de todo el mundo y con la colaboración de la Fundación Antoni Tàpies de Barcelona y los préstamos de la familia de la artista.

El comisario de la exposición, Manuel Borjabillel, analizó las claves de su trayectoria. “Vuelve el mundo a través de los ojos de un pintor. Tàpies es sobre todo un pintor, alguien que ve desde la técnica de la pintura y hace que esa pintura esté siempre viva. Muy a menudo son obras que no solo reflejan o tratan de recoger lo que el espectador, lo que el artista quiere plasmar, sino que le responde”, detalló Borjabillel.

La muestra comienza su recorrido repasando sus inicios, en los que bajo la influencia de Matizó Picasso realiza autorretratos que rehuyen del dibujo académico.

Poco después fundó, junto a otras figuras coetáneas, el grupo catalán de vanguardia Dau al Set., donde la pintura de Tàpies experimentó un giro iconográfico acentuado por reminiscencias mágicas a través de la geometría, el estudio del color y el incipiente interés por la materia.

En las siguientes salas, el espectador es consciente del abandono de la figuración como paso a un concepto más matérico al alterar la concepción tradicional de la superficie pictórica, tal y como reflejan las obras ‘Puertas metálica’ y ‘Violín’, o ‘Puertas Roja #75’.

Con este tipo de pintura alcanza su madurez artística y le concede el reconocimiento internacional en citas de primer orden como La Bienal de Venecia, una exposición colectiva en el Moma de Nueva York o la histórica documental III de Kassel. Inma Prieto, directora de la Fundación Antoni Tàpies, comentó cómo ansiaba encontrar su propio lenguaje: “Él fue un investigador incesante, un gran experimentador con materiales, pero sobre todo, la inquietud es mental. O sea, cuando te acercas a sus escritos, porque él lo deja también por escrito, te das cuenta que él quiere no descubrir el secreto de la vida, pero de lo que sí es consciente es que el arte tiene una función y esta es la respuesta”.

A continuación, tras mostrar las series de dibujos y colas dedicadas a su esposa Teresa, aparecen las obras realizadas con papel y cartón, una de las facetas de Tàpies que no ha recibido la atención que se merecen.

En ellas experimenta con la materia y prueba nuevos efectos como se aprecia en papel de embalar o morado con ángulos negros. Una vuelta de tuerca a sus pinturas matéricas que se entremezclan con un creciente activismo político en la memoria de Salvador Puchantik o el 7 de noviembre.

Ya en los años 80 su curiosidad artística le conduce por una técnica de diálogos austeros de ócres y negros, sin embargo los barnices de la segunda mitad de esta década son los más conocidos. La pincelada dejada de lado durante el período matérico se recupera con ímpetu en piezas como ‘Jeroglíficos’, una obra compendio de la iconografía de Tàpies.

En las dos últimas décadas de su vida, la obra ‘Duca’ incorpora las principales preocupaciones del autor ante la cercanía de la muerte, la melancolía, la desilusión o el vacío. Fiel reflejo a su extensa carrera, Tàpies reflexiona hasta el final sobre la pintura y la representación con un lenguaje característico que perdura en el tiempo.