Japón.
Una centenaria fábrica de salsa de soja busca revitalizar un pueblo japonés que no supera los 30.000 habitantes y cuya población está condenada a emigrar a Tokio, Kioto u Osaka.
Hiroyuki Kimura dejó la gran ciudad en la que vivía y se mudó a una pequeña localidad al oeste de Japón para sacar adelante esta centenaria fábrica de soja. De esta forma continuó con el legado que su abuelo tuvo que abandonar tras la Segunda Guerra Mundial.
Kimura cuenta que esta fábrica se fundó en 1689, pero cerró hacia 1949, cuando la soja y el trigo se consumían como alimento.
Este hombre recogió el delantal de su abuelo guardado en un cajón y se puso manos a la obra con la producción de soja, para lo que tuvo que estudiar los más de mil documentos antiguos que encontró en las instalaciones de la fábrica.
Y es que una de las particularidades de esta salsa es que no está pasteurizada. Un proceso que es habitual en el resto de salsa de soja, algo ideal para comer en crudo, en salsas o con sashimi.
Además, Kimura decidió acompañar el proyecto con la apertura de un restaurante y un hotel en las instalaciones, para que así comensales y huéspedes puedan no solo aprender sobre la producción de salsa de soja, sino también para saborearla.
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