La contaminación del aire nos acecha por todas partes, atacando tanto a jóvenes como a ancianos. Se infiltra sin ser detectada, superando nuestras defensas para arremeter contra los pulmones, el corazón y el cerebro. Sus armas más letales son partículas venenosas e invisibles, que pueden llegar a ser tan pequeñas como una molécula. Con cada respiración, estas partículas atraviesan las barreras protectoras de los pulmones y desencadenan una inflamación, mientras nuestro organismo intenta, desesperadamente, defenderse.

Sin embargo, estos diminutos intrusos logran burlar dichas defensas, depositando compuestos tóxicos aún más profundamente y sembrando la semilla del cáncer. Se introducen directamente en el torrente sanguíneo, saboteando el funcionamiento de todo el cuerpo. Provocan inflamación y constricción en los vasos sanguíneos, elevando la presión arterial hasta que, en algún momento, pueden desencadenar un accidente cerebrovascular.

Estas partículas invasoras pueden desprender placas de grasa acumuladas a causa de la alimentación, favoreciendo la formación de coágulos que bloquean el flujo sanguíneo hacia el corazón o el cerebro, con consecuencias potencialmente mortales. Con cada nuevo caso de infarto, accidente cerebrovascular, enfermedad pulmonar o cáncer, la contaminación del aire suma una víctima más a su lista. Pongamos fin a este asesino invisible.

 

(Organización Mundial de la Salud)