La actividad humana está llevando a plantas y animales a la extinción a un ritmo sin precedentes. La pérdida de biodiversidad ya amenaza el suministro de alimentos, el agua potable y el desarrollo de nuevos medicamentos.

Desde los microorganismos del intestino humano hasta las ballenas, la biodiversidad abarca todas las formas de vida del planeta. Cada especie cumple una función: los ecosistemas regulan el clima, purifican el agua, mantienen el suelo y contribuyen a producir alimentos.

«Es un concepto realmente abstracto, pero lo experimentamos absolutamente todos los días», afirma a DW Rebecca Shaw, científica jefa del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés). «Y casi nunca pensamos en ello cuando la naturaleza funciona», agrega.

La biodiversidad está en crisis por la presión humana sobre los ecosistemas a través de la agricultura intensiva, la quema de combustibles fósiles y la contaminación. En los últimos 52 años, las poblaciones de vertebrados monitoreadas han caído un 73 por ciento en promedio; en los ecosistemas de agua dulce, un 85 por ciento, según el informe Planeta Vivo del Fondo Mundial para la Naturaleza (World Wide Fund for Nature, WWF). Otros estudios estiman que un millón de especies están amenazadas de extinción.

Esta semana, unos 200 países se reúnen en Ereván, Armenia, para la COP17, la cumbre de biodiversidad de la ONU, con el objetivo de frenar la pérdida de naturaleza antes de 2030. Los avances siguen siendo insuficientes.

¿Qué ocurre cuando desaparecen los servicios ecosistémicos?

Entre los años 1700 y 2000 desapareció el 85 por ciento de los humedales. Su pérdida empeora la calidad del agua y encarece su tratamiento. Además, más del 75 por ciento de los tipos de cultivos alimentarios dependen, al menos en parte, de polinizadores como abejas y murciélagos.

La degradación de los ecosistemas y los fenómenos extremos vinculados al cambio climático perjudican las cosechas. Un informe del Gobierno británico advirtió que todos los ecosistemas esenciales están «en una trayectoria hacia el colapso» y que su deterioro amenaza el suministro mundial de alimentos.

«El Reino Unido, como muchos otros países, depende de las importaciones para gran parte de sus alimentos y, por tanto, de los ecosistemas de todo el mundo», explica Louise McRae, investigadora de la Sociedad Zoológica de Londres. «Por eso debemos preocuparnos por la biodiversidad mundial», advierte.

La naturaleza también es la base de numerosos medicamentos. La penicilina, producida por un moho, se estima que ha salvado más de 500 millones de vidas. Según la Organización Mundial de la Salud, alrededor del 70 por ciento de los medicamentos contra el cáncer proceden de productos naturales o compuestos sintéticos inspirados en la naturaleza. La pérdida de especies puede impedir descubrir futuros tratamientos. 

¿Importa que desaparezca una especie?

Las especies clave tienen una influencia desproporcionada en su entorno y su desaparición puede desencadenar otros efectos.

Las poblaciones silvestres de ostras han disminuido drásticamente y se ha perdido el 85 por ciento de sus arrecifes en todo el mundo. Una ostra adulta puede filtrar hasta 190 litros de agua al día. Las ostras también protegen a las comunidades costeras de las marejadas y proporcionan hábitat a otras especies.

La pérdida de una especie también puede favorecer enfermedades. Un estudio relaciona la disminución de zorros rojos en Norteamérica con la expansión de la enfermedad de Lyme, transmitida por garrapatas.

¿Estamos viviendo la sexta extinción masiva?

La Tierra ha experimentado cinco extinciones masivas en las que desapareció una gran proporción de especies en un periodo geológico relativamente corto. Según los científicos, el ritmo actual indica que el planeta atraviesa una sexta extinción, impulsada principalmente por la actividad humana.

Shaw y McRae consideran preocupante el declive, pero dicen que no debe conducir a la desesperación. «Las estadísticas están ahí para motivarnos a actuar, no para alarmarnos», sostiene McRae.

El informe de WWF destaca éxitos de conservación: las tortugas verdes se han recuperado gracias a la protección de sus playas de anidación y a cambios pesqueros que reducen las capturas accidentales.

Las nutrias marinas, cazadas casi hasta la extinción en la costa del Pacífico estadounidense durante el siglo XIX por su piel, también han regresado tras la prohibición de la caza comercial. Su desaparición dejó a los erizos de mar sin depredadores, lo que devastó los bosques de algas. Estos hábitats albergan otras especies, protegen las costas y absorben carbono; la recuperación de las nutrias ha ayudado a que vuelvan a crecer.

«Se puede observar ese efecto dominó, que tuvo un impacto evidente y medible. Pero, lo que es fundamental, se puede revertir», asegura McRae. La pérdida de biodiversidad y el cambio climático se agravan mutuamente, aunque existen soluciones conjuntas que pueden beneficiar a ambos.

«Estamos aprendiendo a revertir la situación a escalas muy pequeñas”, dice Shaw. «Ahora el verdadero desafío es hacerlo a gran escala, para que podamos observarlo en los indicadores mundiales”, añade.