Peru
LIMA, SciDev.Net] Las precipitaciones extremas constituyen una de las principales amenazas climáticas para el rendimiento del cacao en las regiones productoras tropicales, incluso por encima de los cambios de temperatura o la disponibilidad de agua.
Así lo advierte un estudio que analizó los patrones de lluvia en Ghana, Indonesia y Ecuador, y concluyó que las lluvias abundantes pueden dañar flores y frutos jóvenes, afectar la polinización y provocar enfermedades fúngicas por exceso de humedad.
Según sus autores, como las lluvias torrenciales son parcialmente predecibles a partir de patrones climáticos de gran escala —como El Niño— y se prevé que aumenten con el calentamiento global, sus resultados podrían contribuir a anticipar riesgos y mejorar su manejo y adaptación, pero también servirían para otros cultivos arbóreos tropicales, como café, palma aceitera y frutales.
El cacao actualmente es cultivado por casi 6 millones de pequeños productores, especialmente en África (69 por ciento de la producción mundial), pero se estima que alrededor de 40-50 millones de personas dependen indirectamente del producto. América Latina aporta el 25 por ciento de la producción mundial, siendo Ecuador el principal país productor de la región (12 por ciento).
Los resultados del estudio, publicado en PNAS, adquieren especial relevancia ante los pronósticos de intensificación del Fenómeno El Niño. Durante estos episodios, África Occidental e Indonesia suelen experimentar una reducción de las precipitaciones, mientras que la costa de Ecuador y África Oriental reciben lluvias abundantes.
En Ecuador, “un episodio intenso de El Niño aumenta la probabilidad de una temporada de lluvias perjudicial, sin ser determinante inevitablemente”, explica a SciDev.Net, Anna Lea Albright, investigadora del Departamento de la Tierra y Ciencias Planetarias de la Universidad de Harvard y autora corresponsal de la investigación.
Señala que el período clave a vigilar es el de las lluvias intensas en la costa [ecuatoriana], entre febrero y abril, porque sus consecuencias se verán en la cosecha, unos 6 a 8 meses después.
“Las lluvias y vientos fuertes pueden dañar físicamente las flores y mazorcas jóvenes; el cacao depende de insectos diminutos para su polinización, proceso que las lluvias intensas pueden perturbar; asimismo, la alta humedad favorece las enfermedades fúngicas, particularmente la podredumbre negra, cuyas esporas se propagan por salpicadura durante las lluvias intensas”, explica.
Elizabeth Shirla, especialista en cacao del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), quien no fue parte del estudio, confirma a SciDev.Net que existe una “relación estrecha” entre las lluvias y una mayor incidencia de enfermedades fúngicas, que provocan humedad elevada y periodos prolongados de humedad en las hojas y mazorcas.
“Esas condiciones de humedad persistente pueden favorecer el desarrollo y la propagación de varias enfermedades fúngicas importantes”, precisa.
Para Peter Huybers, investigador de la Universidad de Harvard y coautor del estudio, la podredumbre negra desempeña un papel crucial: “La infección aparece aproximadamente una semana después de una lluvia, y las esporas se dispersan por salpicadura”, explica a SciDev.Net.
A ello se suma el daño físico directo a flores y mazorcas jóvenes, así como los anegamientos en las llanuras costeras bajas que pueden producirse durante los episodios de El Niño, agrega.
Sin embargo, William Melo Zipacón, investigador agroambiental de la Alianza de Bioversity International y el CIAT, quien tampoco participó en el estudio, señala que una misma cantidad de lluvia no produce el mismo riesgo fitosanitario en todos los cultivos de cacao de América Latina.
“El efecto de una lluvia extrema probablemente sea mayor cuando ocurre sobre un sistema que tiene sembrados clones susceptibles, con niveles inadecuados de sombrío y bajo nivel de manejo técnico, especialmente deficiencia en podas de mantenimiento y sanitarias”, comenta a SciDev.Net.
También advierte que el análisis demuestra una asociación entre variables climáticas y reducción del rendimiento, pero no permite determinar cuánto de esa relación corresponde a daños mecánicos, alteraciones en la polinización o enfermedades.
“Es una buena aproximación a comprender al problema, pero genera nuevas preguntas que deberían abordarse con estudios de campo a detalle”, sostiene.
Para Rey Gastón Loor, líder del programa de cacao del Instituto Nacional de Investigaciones Agropecuarias (INIAP) de Ecuador, la lluvia, incluso cuando es extrema, no es un factor de pérdida de rendimiento, aunque reconoce que los episodios fuertes de El Niño alteran el ritmo normal de su producción.
“Las plantas de cacao necesitan estrés hídrico sea positivo (agua) o negativo (sequía), para poder expresar floración dentro de su ciclo fisiológico”, explica a SciDev.Net el especialista, que no formó parte del análisis.
Y agrega que cuando las lluvias son excesivas o prolongadas, la planta entra “en un proceso de alerta” y cuando las precipitaciones empiezan a descender, responde con la floración lo que conlleva retrasar la cosecha.
Su principal objeción al análisis es que uniformiza la producción de cacao en Ecuador, pese a las diferencias entre las zonas de cultivo. El cacao se cultiva en el piedemonte, la cordillera y la Amazonía con sistemas productivos y problemas particulares incluso dentro de una misma provincia o cantón, resalta.
“Las respuestas o situaciones van a ser diferenciadas y habría que analizarlas en función de zonas y regiones y no de manera general para todo el país”, reflexiona.
Para Ecuador, los autores de la investigación usaron datos nacionales de rendimiento de la FAO, reduciendo la influencia de factores no climáticos, como la mejora de cultivares y el manejo de plagas, teniendo en cuenta que el país tiene solo una estación lluviosa dominante.
“El análisis puede perder especifidad pero no validez”, responde Carla Martin, otra de las coautoras y experta en cacao y sistemas agrícolas en Ecuador y Sudamérica. “Las lluvias intensas durante la estación húmeda se asocian con menores rendimientos a nivel nacional, aunque no sea posible determinar qué cantones absorben las pérdidas ni separar la respuesta del árbol de la capacidad de cada finca para drenar, podar o tratar enfermedades”, explica.
Medidas de adaptación
En lo que sí coincide Loor es en la necesidad de mejorar las prácticas de manejo para reducir las pérdidas ante escenarios de lluvias extremas, como las que se vaticinan en estos meses por El Niño.
“Hablamos de drenajes para las zonas bajas, donde, si el cacao permanece inundado por 3 o 4 días, obligatoriamente hay que evacuar las aguas acumuladas”, indica. Y afirma que las zonas altas o en pendiente no se van a inundar porque las plantaciones forman parte de sistemas agroforestales.
Huybers señala que sería muy útil una alerta específica de riesgo para el cultivo que permita a los agricultores tomar medidas. Aunque reconoce que es difícil de elaborar, ya trabajan con socios de Ecuador y África occidental para mejorar los pronósticos de lluvias intensas y traducirlos en información útil.
Una alerta efectiva debería vincular las perspectivas de precipitaciones con los momentos más adecuados para la poda, labores de saneamiento, aplicación de fungicidas y preparación de drenajes, además de tener canales adecuados de difusión, reflexiona.
“Más que transferir directamente las observaciones climáticas encontradas para el cacao, lo transferible es el enfoque. Es decir, más que analizar los promedios climáticos, es preguntar cómo ocurren los eventos extremos, con qué intensidad y sobre qué etapa sensible del cultivo”, concluye por su parte Melo.
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