Argentina

[BUENOS AIRES, SciDev.Net] En el Cañón Submarino de Mar del Plata, en Argentina, uno de los sitios de profundidad oceánica menos estudiados del Atlántico Sudoccidental, se está acumulando basura de origen humano.

Un artículo publicado en la revista PLOS ONE por el Grupo de Estudios del Mar Profundo de Argentina (GEMPA) señala que entre los 878 y 3.820 metros bajo el nivel del mar se ha encontrado contaminación por plásticos de un solo uso y restos de pesca comercial.

“Encontramos un guante de trabajo, una bota, bolsas de envoltorios de comida, líneas de pesca, toda basura que tiene que ver con la actividad pesquera de la zona, también había envoltorios de viandas de comida con caracteres extranjeros”, comenta a SciDev.Net Diego Urteaga, uno de los autores.

El Cañón Submarino de Mar del Plata está a 250 kilómetros de la costa y es considerado un cañón aislado, dado que no tiene conexión directa con la plataforma continental. La basura identificada evidencia el alcance de la huella humana en los ecosistemas profundos.

Mediante el uso de un vehículo sumergible de operación remota (ROV) a bordo del buque oceanográfico R/V Falkor (too), el equipo de investigación registró el fondo marino con una cámara de alta resolución. Analizaron 240 horas de filmación que les permitieron catalogar macrorresiduos compuestos en un 93 por ciento por plásticos, bolsas, envoltorios y redes y cables de pesca.

Además, pudieron identificar cómo estaba ubicada la basura y su interacción con el ecosistema marino, así como las interacciones ecológicas directas con la fauna marina. Encontraron, por ejemplo, colonización de organismos sobre plásticos semienterrados y el enredo de especies propias del fondo del mar.

“Fue la primera vez que pudimos ver los ecosistemas tal cual son. Porque antes [en las campañas de 2012 y 2013 que realizó el Grupo GEMPA en el mismo sitio] las redes pasaban, levantaban todo y promediaba todos estos ambientes. Llegaban los componentes, pero teníamos que reconstruirlo, imaginar cómo podían llegar a ser”, señala Urteaga, investigador del Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia.

Se refiere al sistema de redes de pesca por arrastre que emplearon en aquellas campañas y que, según el informe del trabajo, fueron particularmente útiles en zonas de fondos blandos, por el tamaño de su boca y la capacidad de carga que les permitió recolectar organismos que viven en el fondo del mar.

“No sé si esperábamos encontrar [basura] a tanta profundidad, pero suponíamos que iba a haber porque tenemos muestras de 2012 y 2013 de otro trabajo que hicimos en esa misma zona, a 800 metros de profundidad, y por entonces ya lo habíamos detectado”, comenta la investigadora Valeria Teso, otra de las autoras del trabajo.

“Documentar plástico a esa profundidad es un aporte valioso. Confirma que el Atlántico Sur no es una excepción y que el mar profundo funciona como sumidero final del plástico. Pero al mismo tiempo, no es una sorpresa”, comenta a SciDev.Net Andrés Arias, investigador miembro del Grupo de Trabajo 40 sobre Plásticos y Microplásticos en el Medio Marino (GESAMP-WG por sus siglas en inglés) ‒un panel científico del Programa de las Naciones Unidas para el Ambiente y la Comisión Oceanográfica Intergubernamental‒, quien no fue parte de la expedición.

La clave, dice Arias, es saber qué hacer con la basura que llega al mar, y qué regulaciones y acciones hay que aplicar para avanzar con el principio precautorio, cuando existen grandes indicios de un inminente riesgo ambiental.

“Una vez que el plástico llega al océano es prácticamente irrecuperable, por el tiempo y la energía necesaria para extraerlo. Las iniciativas piloto para recuperar plásticos del océano están bien, pero debemos actuar aguas arriba, sobre todo el ciclo de vida, desde la producción del polímero hasta su descarte”, señala.

Hay normas legales, pero no son suficientes

En Sudamérica, países como Chile, Colombia, Perú y Uruguay ya cuentan con marcos normativos que regulan la producción y el uso del plástico. Así, las empresas que fabrican o venden productos plásticos deben implementar sistemas de recolección y reciclaje de sus propios envases, y están obligadas a cumplir con metas de reciclaje las cuales van aumentando cada año.

En Argentina, si bien existen iniciativas provinciales y ordenanzas municipales que buscan gestionar el uso de plástico, no cuentan con una normativa de carácter obligatorio y alcance nacional.

Además, las empresas responsables de envases de consumo masivo (como botellas de bebidas, empaques de alimentos o descartables) no están obligadas a financiar acciones de gestión de basura, y esto recae principalmente en los presupuestos de los municipios y en los contribuyentes.

“Está la creencia de que el mar es tan grande que se puede tirar cualquier cosa en él sin que eso cause un efecto. Bueno, eso es mentira, […] estos hallazgos pueden servir para generar conciencia individual, que es el principio de la conciencia colectiva, y de ahí impulsar la existencia de leyes y sus implementaciones”, concluye Urteaga.

Para Arias, las legislaciones vigentes están en crisis, y concretamente lo está el modelo de producción y consumo ilimitado. Repara en que hay que distinguir los usos esenciales de los no esenciales del plástico, reemplazarlos por sistemas circulares, facilitar elegir lo reutilizable sobre lo descartable, propiciar los esquemas de uso y retorno, e incentivar al material reciclado por sobre el virgen.

El plástico virgen es aquel que nunca se ha usado, procesado o reciclado y procede de una resina sintética de primera generación que se fabrica directamente a partir de materias primas petroquímicas (como el petróleo crudo o el gas natural) o de biomasa.

“La producción mundial de plástico virgen se multiplicó por 200 desde 1950: de 2 millones a más de 400 millones de toneladas por año. A ese ritmo, ninguna ley de gestión de residuos alcanza para contener el flujo”, menciona Arias.

En 2027 se negociará el tratado global de plásticos de Naciones Unidas, un acuerdo global que podría dar un marco regulario para que las legislaciones nacionales puedan gestionar el ciclo de vida de los materiales plásticos.

“Se necesita un tratado global que sea un paraguas para las legislaciones nacionales y que permita legislar la responsabilidad extendida al productor”, concluye Arias.