Por: Camilo Cortés- Useche, PhD.
Dicen que en Bayahibe el mar conoce a la gente antes de que la gente conozca al mar. Hay quienes llegan a la costa buscando pescado, otros buscando diversión, algunos buscando trabajo y unos cuantos, los más extraños, buscando respuestas. Aquel hombre había llegado a La Hispaniola buscando un poco de todo eso y, sobre todo, buscando descubrirse a sí mismo.
Era buzo por vocación y científico por una curiosidad que no le cabía en el cuerpo. Le gustaban las profundidades, los animales que parecían inventados por un artista, los arrecifes que cambiaban de color cuando el sol se escondía y esas criaturas diminutas que solamente aparecen cuando uno deja de mirar con prisa. Era sociable, atrevido y tenía esa clase de picardía que algunos llamaban simpatía y otros, dependiendo de cuánto ron hubieran tomado la noche anterior, llamaban ser pillo.
Había llegado a la isla con la intención de dejar huella, aunque todavía no sabía si sería en los arrecifes, en los libros, en la memoria de la gente o simplemente en las historias que quedarían flotando después de su partida.
Trabajaba con el mar durante el día y, cuando el cuerpo todavía le pedía otra jornada, seguía trabajando. Hacía ciencia, conversaba con pescadores, escuchaba a la gente y hablaba de conservación, de arrecifes y de peces. Hablaba también de esas cosas que parecen importantes solamente hasta que uno escucha el sonido de una bachata saliendo de una ventana a las dos de la mañana.
Solía compartir con su gente las noches de bachata y las noches de merengue. Eventualmenre aparecían las noches en las que el insomnio decidía que dormir era una actividad innecesaria. Al día siguiente, sin embargo, el hombre se levantaba temprano, se metía en el agua y volvía a mirar el mundo desde abajo. Así pasaron varias jornadas, una detrás de otra. Trabajo intenso, calor, sal, madrugadas, conversaciones, ciencia, pueblo, cultura, música y pocas horas de sueño.
Hasta que llegó aquel día. El arrecife de Dominicus parecía tranquilo desde la superficie. El Caribe tenía esa apariencia engañosa de siempre, azul, luminoso, casi inocente. Pero debajo del agua las cosas nunca son completamente inocentes.
El grupo de colegas descendió. Durante un rato todo ocurrió como debía ocurrir. Los peces pasaban entre los corales, las burbujas subían lentamente hacia el sol y el arrecife continuaba con su magia, indiferente a los humanos que habían llegado a observarlo.
Entonces sucedió. El hombre sintió que no le quedaba aire. No fue una idea, sino una sensación. Una de esas sensaciones que no necesitan explicación porque el cuerpo las entiende antes que la cabeza.
En una fracción de segundo comenzaron a pasar demasiadas cosas por su mente. Pensó en lo que todavía no había contado, en los lugares a los que todavía quería regresar, en las personas que todavía quería abrazar y en algunas que sabría que conocería. Pensó en conversaciones pendientes, en proyectos inconclusos, en el mar y en la ciencia. Pensó en las noches que había desperdiciado intentando dormir y en aquellas en las que no había dormido por decisión propia.
Pensó, en fin, en todas esas cosas que uno cree que tiene tiempo de hacer hasta que, de repente, el tiempo parece caber entero dentro de una respiración.
Era una emergencia de buceo. Y era precisamente en aquel arrecife donde años atrás el mar había cobrado un precio terrible. Los viejos buzos de la zona todavía hablaban de la historia del cubano y su novia francesa. Ferreras, conocido por sus hazañas de apnea y por haber llevado los límites de la exploración submarina a lugares extraordinarios, perdió en la zona de Dominicus en un accidente fatal a su amada.
Aquella historia quedó asociada durante años con la belleza y el peligro de aquellas aguas. El arrecife podía recibir a los visitantes con una calma absoluta y, sin previo aviso, recordarles que debajo de la superficie las reglas eran otras.
Por eso algunos buzos, cuando escuchaban aquella historia, bajaban la voz. El hombre conocía la historia. Y ahora estaba allí, sin aire. Buscó rápidamente a su compañera. La encontró como siempre.
Por un instante pareció que todo estaba bajo control. Pero en el mar basta un segundo para que una situación cambie de nombre. Se acercó. Intentó respirar y, en lugar de aire, tragó agua. Entonces apareció el miedo. No ese miedo pequeño que uno puede esconder detrás de una sonrisa, sino el miedo antiguo, animal, el que no habla y solamente hace una pregunta.
¿Y ahora qué? Su regulador se había desconectado. Su compañera había tomado otro camino y durante unos segundos el arrecife pareció hacerse enorme.
El hombre comprendió entonces que todo aquello que había aprendido sobre el mar, toda la experiencia, toda la confianza, toda la curiosidad y hasta aquella vieja fama de atrevido tenían que hacerse a un lado.
Había que pensar, respirar, controlar y buscar. Fue entonces cuando hizo algo que, según contaría después, siempre había procurado hacer incluso en los momentos difíciles. Agradeció.
No sabía exactamente a quién. Tal vez al mar, a su origen o a la vida. Tal vez a todos los caminos que lo habían llevado hasta allí.
Miró alrededor. Y entonces lo vio. Aquel colega de Bayahibe, uno de esos hombres que conocían el mar no solamente porque lo habían estudiado, sino porque habían vivido dentro de él durante tantos años que podían leer sus silencios. Estaba allí, a una distancia que, en circunstancias normales, habría parecido insignificante. En aquel momento era toda la distancia entre el problema y la posibilidad de salir de él.
La mano amiga llegó. Y algunas manos, cuando realmente hacen falta, valen más que cualquier discurso. El hombre recuperó el control. Volvió a respirar y comenzaron el ascenso.
Mientras subía, las burbujas escapaban hacia la superficie y él pensaba en la extraña relación que había construido con el mar. Había bajado miles de veces. Había observado especies, medido arrecifes, contado peces, acompañado comunidades, hablado de conservación, enseñado, aprendido y defendido lugares que muchas personas solamente conocían por fotografías.
Había descendido para hacer ciencia. Había descendido para servir. Había descendido para comprender. Y también había descendido, aunque nunca lo dijera con esas palabras, porque allí abajo se sentía vivo de una manera difícil de explicar.
Durante el ascenso comprendió que el riesgo no era una excepción de su oficio. Era parte de él. Pero también entendió algo más. El mar no le debía nada. Ni el arrecife, ni los peces, ni las profundidades, ni siquiera aquel compañero que apareció en el momento preciso.
Todo había sido un regalo. Cuando finalmente salió del agua, el sol dominicano seguía brillando como si nada hubiera ocurrido. En la costa sonaba música. Alguien hablaba de pescado. Otro discutía sobre pelota. Y el Caribe, como hacen los mares antiguos, continuaba moviéndose como si jamás hubiera ocurrido ninguna tragedia.
El hombre se quedó un rato en silencio. Después revisó su equipo. Una vez. Y otra. Y otra más.
Desde aquel día, antes, durante y después de cada inmersión, revisaba todo con una atención distinta. Ya no era solamente el procedimiento. Era memoria. Era respeto. Era gratitud.
Porque comprendió que la experiencia no consiste en creer que nada puede salir mal, sino en saber que puede ocurrir cualquier cosa y prepararse para cuando ocurra.
Con los años siguió buceando. Siguió haciendo ciencia. Siguió conversando con pescadores y comunidades. Siguió metiéndose en arrecifes, lagunas, manglares y profundidades donde otros solamente veían agua.
Lo hizo con respeto, con cuidado, con curiosidad y con la certeza de que cada inmersión podía ser una forma de hacer ciencia, de servir a la gente, de conocer una cultura y, quizás, de encontrarse un poco más a sí mismo.
Desde entonces, cuando alguien le pregunta por qué continúa entrando al mar después de tantos años, sonríe. No cuenta toda la historia a cualquiera. Solamente dice: porque todavía me falta mucho por descubrir.
Y debajo de la sonrisa, como una vieja corriente que solamente él conoce, permanece aquella otra respuesta. Cada vez que vuelve a respirar después de una inmersión, recuerda que el mar no es solamente un lugar al que se entra. Es un lugar del que se tiene el privilegio de regresar.
Cada inmersión comienza antes de entrar al agua. Está la revisión del equipo, la planeación, las condiciones del mar y esa pequeña pausa antes de bajar en la que uno recuerda que ahí abajo las cosas funcionan de otra manera.
El 7 de septiembre, en distintos lugares de la comunidad del buceo, se conmemora el Día Mundial del Buzo. Es una fecha que suele asociarse con la práctica del buceo, pero también puede servir para recordar todo lo que ocurre alrededor de una inmersión. Porque bucear no ha sido solamente una forma de recreación. También ha permitido explorar lugares que difícilmente podemos conocer desde la superficie, observar especies, documentar cambios y acercarnos de otra manera a los ecosistemas y a las personas que viven del mar.
El buzo tiene esa posibilidad. Puede estar allí. Puede observar una colonia de coral de cerca, reconocer una enfermedad, encontrar una especie, registrar un blanqueamiento o notar que en un sitio donde antes había muchos peces ahora hay menos. Puede fotografiarlo, anotarlo y, si vuelve después de un tiempo, comparar lo que encuentra. Parece algo sencillo, pero no lo es. Buena parte del conocimiento que tenemos sobre los ecosistemas marinos depende precisamente de poder observar lo que sucede debajo de la superficie. En una inmersión se pueden hacer censos, fotografías, transectos, mediciones, colectas y distintos tipos de registros. Cuando existe un protocolo y las observaciones se realizan de manera constante, el buzo puede convertirse en una parte importante del trabajo científico.
Esto es especialmente evidente en los arrecifes coralinos. Un arrecife cambia. La temperatura del agua puede provocar blanqueamiento, una enfermedad puede afectar colonias de coral, una tormenta puede modificar su estructura y la sedimentación o una mala calidad del agua pueden alterar las condiciones del sitio. También están la pesca, el turismo, la navegación y otras actividades que ocurren alrededor de estos ecosistemas.
Algunos cambios son muy rápidos y otros tardan años en hacerse evidentes. Quien bucea regularmente en un mismo lugar suele desarrollar una especie de memoria del arrecife. Sabe dónde encontrar determinadas especies, reconoce una colonia que lleva años observando o nota que una zona ya no se parece a como la recuerda. Esa memoria por sí sola no es ciencia, pero puede ser el punto de partida para hacer preguntas, levantar información y buscar evidencias.
Cuando las observaciones se hacen de manera ordenada y pueden compararse en el tiempo, adquieren otro valor. Pueden ayudar a construir líneas base, identificar cambios y, en algunos casos, generar alertas sobre problemas que necesitan una revisión más detallada.
Una fotografía debajo del agua puede hacer visible en unos segundos algo que resulta difícil explicar con números. Puede mostrar un arrecife sano, pero también puede mostrar un coral blanqueado, una colonia enferma o un fondo cubierto de algas. Para muchas personas, esa imagen puede ser el primer acercamiento a un mundo que nunca han visto directamente.
Por eso el buceo también tiene una dimensión cultural. El mar no solamente contiene peces, corales y otros organismos. También guarda historias. Hay naufragios, restos arqueológicos, embarcaciones, objetos y lugares relacionados con las rutas, los trabajos y las formas de vida de las comunidades costeras.
En estos casos, la curiosidad del buzo necesita ir acompañada de algo más. Encontrar algo no significa que sea de quien lo encuentra. Y acercarse a un sitio tampoco significa que se tenga derecho a moverlo, tocarlo o sacarlo.
El patrimonio cultural que se encuentra bajo el agua forma parte de una historia mucho más grande que la de una sola inmersión. Fotografiar, registrar y comunicar un hallazgo puede ser mucho más importante que llevarse un objeto como recuerdo. También permite que ese lugar siga siendo estudiado y conocido después.
El respeto aparece entonces en varios niveles. Está primero el respeto por la propia vida. El mar tiene corrientes, profundidad, presión, cambios de temperatura, oleaje, poca visibilidad y muchas otras condiciones que pueden cambiar rápidamente. Ninguna cantidad de experiencia elimina esos riesgos.
Por eso revisar el equipo, planificar la inmersión, conocer las condiciones, comunicarse con el compañero y saber cuándo es mejor no entrar no son detalles secundarios. Son parte del buceo. La experiencia debería hacer que uno reconozca mejor los riesgos, no que se crea por encima de ellos.
Y está también el respeto por aquello que vamos a observar. Un buen control de la flotabilidad puede evitar que una aleta golpee un coral. Mantener cierta distancia permite observar un animal sin perseguirlo ni modificar su comportamiento. No tocar, no extraer y no alimentar organismos son cosas bastante simples, pero tienen mucho sentido cuando pensamos en la cantidad de personas que pueden visitar un mismo sitio.
Un arrecife no sabe si quien acaba de llegar es un científico, un fotógrafo, un turista o alguien que está haciendo su primera inmersión. El contacto sigue siendo contacto.
Por eso, con los años, el buceo puede enseñar algo que no siempre se aprende en un curso. Que observar no necesariamente significa acercarse más. A veces significa quedarse quieto.
También enseña que no todo lo que vemos necesita ser intervenido. Hay momentos en los que la mejor manera de conocer un lugar es dejar que continúe siendo lo que es.
Quizá esa sea una de las relaciones más interesantes entre el buceo y la ciencia. El buzo entra en un lugar que durante mucho tiempo fue inaccesible para la mayoría de las personas y puede regresar con información. Una especie, una fotografía, una medición, una observación. Algunas veces incluso con una pregunta nueva.
Pero también puede regresar con una historia: La de una comunidad que depende de la pesca. La de un sitio que ha cambiado con los años. La de un arrecife que se está recuperando o de otro que está perdiendo cobertura coralina. La de un naufragio que forma parte de la memoria local.
Todo eso forma parte de la experiencia de bucear. Por eso el Día Mundial del Buzo puede ser una buena ocasión para mirar esta actividad desde un lugar un poco más amplio. No solamente como una práctica deportiva o recreativa, sino como una manera de acercarse al océano.
Para algunos será principalmente una aventura. Para otros, una profesión. Para otros, una herramienta de investigación. También puede ser una forma de relacionarse con las comunidades, conocer su historia y entender mejor la dependencia que existe entre muchas de ellas y el mar.
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Camilo Cortés- Useche es biólogo Marino. Maestro en Manejo de Ecosistemas Marinos y Costeros, con doctorado e investigación postdoctoral en el área de las Ciencias Marinas. Su trabajo en el campo de la gestión y ecología marina en la República Dominicana le valió el reconocimiento del “Premio Dr. Alonso Fernández González 2020” a las Mejores Tesis de Posgrado del CINVESTAV en la Categoría Doctorado. Innovador de la sostenibilidad, científico y distinguido por sus aportes en la conservación de la naturaleza. Durante los últimos años ha liderado coaliciones para un modelo resiliente al cambio climático basado en la ciencia, con una idea firme del desarrollo social justo.
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