Por: Camilo Cortés- Useche, PhD.
Había una vez un joven fuerte y lleno de esa energía que solamente parece pertenecer a quienes están en la flor de la juventud. Había crecido creyendo que su cuerpo era invencible. Nunca había conocido r ealmente el dolor. Había tenido pocos golpes, caídas y heridas propias de la vida, pero nunca había sentido un dolor profundo que consigue detener el tiempo, cambiar el ánimo y hacer que una persona se pregunte cuánto puede llegar a soportar. Para él, el dolor siempre había sido una historia de otros, algo que les sucedía a los demás, mientras él avanzaba por la vida con la confianza de quien todavía no conoce sus propios límites.
Hasta que una tarde, sin previo aviso, su mandíbula decidió que había llegado el momento de ponerlo a prueba. Se desencajó de repente, como si una antigua puerta hubiera cedido después de muchos años de resistir. El joven intentó cerrarla, pero no pudo. Intentó hablar, pero las palabras se quedaron atrapadas entre los dientes. Fue entonces cuando comprendió que las cuatro muelas del juicio, aquellas pequeñas criaturas que durante años habían crecido en silencio dentro de su boca, habían decidido que ya no podían esperar más. Habían llegado a la conclusión de que era el momento de salir y, de paso, enseñarle al muchacho una lección que todavía no sabía que necesitaba aprender.
Lo trasladaron rápidamente al mejor hospital de la capital, un lugar donde los médicos parecían conocer los secretos más profundos de la boca. La situación exigía una cirugía de emergencia. El joven, a pesar del miedo que comenzaba a aparecer, conservó la valentía y el carácter que siempre lo habían acompañado. Entró al quirófano, fue sedado y, apenas cerró los ojos, comenzó un viaje que nadie en aquella sala pudo ver.
Mientras su cuerpo permanecía inmóvil sobre la camilla, su espíritu parecía elevarse por encima del hospital. Viajó entre cúmulos de nubes, atravesó mares inmensos y descendió por ríos que parecían no tener principio ni final. Por momentos tuvo la sensación de estar navegando hacia sus propios años futuros. Vio fragmentos de una vida que todavía no había vivido: lugares desconocidos, personas que aún no conocía, amores, logros, alegrías, pérdidas, decisiones y errores que esperaban en algún lugar del tiempo. Durante aquellas horas no supo si estaba soñando, muriendo o simplemente viajando hacia una versión desconocida de sí mismo.
Mientras tanto, en el quirófano, el médico libraba su propia batalla. Por momentos parecía más ingeniero que cirujano, enfrentándose con firmeza las cuatro muelas del juicio y a una mandíbula particularmente dura. Una a una, las muelas fueron cediendo después de una larga lucha. El hueso resistía, las raíces se aferraban y el tiempo avanzaba lentamente. Pasaron más de seis horas. Seis horas en las que el muchacho navegó por mares y ríos imaginarios, mientras el médico trabajaba para devolverlo al mundo de los vivos.
Finalmente, la batalla terminó. Las cuatro muelas habían sido vencidas y la mandíbula había sido reparada. El joven despertó poco a poco y, cuando logró incorporarse, apareció en su rostro una sonrisa enorme, de oreja a oreja. Se sentía victorioso. Había sobrevivido a una cirugía de emergencia, había derrotado a las cuatro muelas del juicio y, en su imaginación, acababa de conquistar no solamente aquella pequeña batalla dentro de su boca, sino también los mares, los ríos y el miedo que había navegado durante aquellas seis horas. Pensó que había vencido al dolor.
Pero el dolor todavía no había mostrado su verdadero rostro. Pasaron apenas unos minutos y, lentamente, comenzó a despertar. Primero fue una molestia, después una presión, luego una intensidad que crecía como una tormenta que nadie podía detener. El joven abrió los ojos y comprendió, por primera vez en su vida, que el dolor podía ser un territorio desconocido y aterrador. La cara comenzó a hincharse. Después adquirió tonalidades moradas y azules que transformaron su rostro hasta hacerlo casi irreconocible. El muchacho que había entrado al hospital sintiéndose invencible comenzó a descubrir que el cuerpo también podía convertirse en una prisión.
Fue entonces cuando aparecieron los jueces. No eran jueces de carne y hueso, aunque tenían rostros conocidos. Algunos parecían personas que alguna vez habrían de pasar por su vida; otros tenían el rostro de aquellos a quienes él mismo habría de juzgar alguna vez. Y entre todos ellos había uno que permanecía en silencio y que tenía exactamente su propio rostro.
¿Por qué te duele tanto? preguntó uno de los jueces. El joven no respondió. Nunca habías sentido esto, dijo otro. Tal vez por eso nunca entendiste realmente el dolor de los demás.
Aquella pregunta comenzó a perseguirlo durante los días siguientes. Postrado en una cama, encerrado en una habitación que poco a poco comenzó a parecerle una pequeña celda, tuvo demasiado tiempo para pensar. Recordó las veces que había considerado exageradas las quejas de otros, las ocasiones en que había confundido sensibilidad con debilidad y aquellos momentos en que había pensado que quien sufría simplemente debía ser más fuerte.
Ahora era él quien sufría. Y comenzó a comprender que había una diferencia enorme entre ser fuerte y no sentir. Durante toda su vida había confundido ambas cosas. Pensaba que la fortaleza consistía en no tener miedo, no llorar, no quejarse y resistirlo todo en silencio. Pero aquella cama le enseñó otra cosa, la verdadera fortaleza no consiste en ser incapaz de sentir dolor, sino en tener el valor de reconocerlo, atravesarlo y aprender de él.
Pasaron los días. Luego las semanas. El joven seguía hinchado, morado y cansado. Hubo momentos de angustia, noches interminables y horas en las que llegó a pensar que aquella situación nunca terminaría. La cama se convirtió en una isla y la habitación en un pequeño universo del que parecía imposible escapar. El espejo era un juez silencioso que le recordaba cada mañana que todavía no estaba bien. Y el dolor, que al principio había considerado su enemigo, comenzó lentamente a transformarse en su maestro.
Fue durante aquellos largos días cuando descubrió algo que nunca había imaginado a los dieciocho años, que todos llevamos dentro una parte vulnerable que no siempre mostramos. Comprendió que las personas que parecen fuertes también pueden tener miedo, que quienes sonríen pueden estar sufriendo, que algunas heridas no dejan marcas visibles y que muchas batallas se libran en silencio. Entendió, finalmente, que juzgar a alguien por la manera en que enfrenta su dolor es una de las formas más injustas de juzgar a un ser humano.
Cuando finalmente pudo levantarse y regresar poco a poco a sus actividades, ya no era exactamente el mismo joven que había entrado al hospital. Seguía siendo fuerte y joven, pero había perdido algo que quizá necesitaba perder, aquella certeza de que nada podía tocarlo. A cambio había ganado sensibilidad, paciencia y una comprensión nueva de los demás. Había aprendido que la juventud no significa ser invulnerable, sino tener la oportunidad de descubrir nuestros límites mientras todavía tenemos muchos años por delante para aprender de ellos.
Una mañana se miró nuevamente al espejo. Su rostro comenzaba a recuperar su forma y las marcas de la batalla desaparecían poco a poco. Se quedó observándose durante un largo rato y sonrió. Esta vez no era la sonrisa triunfal de quien cree haber vencido al dolor. Era una sonrisa distinta, más tranquila, más humana. Había comprendido que algunas batallas no se ganan derrotando al enemigo, sino entendiendo aquello que vino a enseñarnos.
Desde entonces, cada vez que alguien se queja de dolor, el muchacho convertido en hombre escucha con mayor atención. Ya no se apresura a juzgar. Ya no piensa que sentir era una forma de debilidad. Sabé que detrás de cada rostro puede existir una historia que nadie conoce y que detrás de cada silencio puede esconderse un océano entero.
Y cuentan que, algunas noches, cuando duerme profundamente, todavía sueña con aquel viaje que hizo mientras estaba sedado. Sigue soñando con mares interminables, ríos luminosos y una pequeña embarcación que navega hacia el futuro. En ella viajan jueces que ya no lo condenan, sino que lo acompañan.
Porque, después de todo, aquellos jueces no habían llegado solamente para castigarlo. Habían llegado para enseñarle. Le enseñaron que nadie es invencible, que el dolor también tiene memoria, que la sensibilidad es una forma de valentía y que juzgar a los demás sin haber conocido sus heridas es una sentencia que tarde o temprano puede caer sobre cualquiera.
Esta historia me hizo pensar como los destinos turísticos enfrentan sus propios juicios, deben decidir qué conservar, qué transformar y qué consecuencias están dispuestos a asumir. La semana pasada el Sustainable & Social Tourism Summit concluyó su décima edición con un balance positivo y con la consolidación de una comunidad internacional interesada en impulsar un turismo más sostenible y social. Durante tres días, el encuentro reunió a 323 participantes provenientes de 21 países y representantes de 24 entidades federativas de México, consolidándose como un espacio de intercambio entre autoridades, empresarios, hoteleros, académicos, especialistas, organizaciones, comunidades y otros actores vinculados con el desarrollo turístico.
La décima edición, realizada del 31 de agosto al 2 de septiembre en el Hotel Camino Real Polanco de Ciudad de México, tuvo como eje “Tecnología, Innovación, AI y sostenibilidad”, una temática que permitió analizar los cambios que actualmente están transformando al sector turístico y los desafíos que deberán enfrentar los destinos en los próximos años. A lo largo del encuentro se abordaron temas relacionados con inteligencia artificial, innovación, competitividad, inversión y crecimiento, pero también asuntos fundamentales como la conservación ambiental, el patrimonio, la identidad, las comunidades y la calidad de vida de las poblaciones que habitan los destinos turísticos.
El encuentro tuvo además un significado especial al celebrar diez años de trayectoria. Durante esta década, la conversación sobre sostenibilidad turística ha evolucionado de manera importante y ha pasado de ser considerada un tema complementario a convertirse en un componente estratégico de las decisiones que deben tomar gobiernos, empresas, destinos y comunidades. La experiencia acumulada durante estos años ha permitido construir una red de personas y organizaciones que comparten la convicción de que el turismo puede convertirse en una herramienta para generar transformaciones positivas en los territorios.
Durante la ceremonia de clausura, Fernando Mandri Bellot, presidente del Sustainable & Social Tourism Summit, destacó que alcanzar diez ediciones representa una oportunidad para reconocer las personas, ideas y alianzas construidas durante este recorrido, pero también para asumir los retos que plantea el futuro. Uno de los mensajes centrales de su intervención planteó, en cierta forma, un nuevo juicio para el turismo: ya no basta con declararse sostenible ni con sostener discursos que prometan un futuro diferente. Ha llegado el momento de comparecer ante los hechos y dejar que sean las decisiones, las acciones y los resultados quienes dicten la sentencia. Los destinos, las empresas y las instituciones están llamados a demostrar, con evidencias concretas, si realmente están contribuyendo a transformar los territorios o si la sostenibilidad continúa siendo apenas una declaración de buenas intenciones.
Esta reflexión adquiere especial relevancia frente a un contexto marcado por el cambio climático, la creciente presión sobre los recursos naturales, la transformación tecnológica y las nuevas expectativas de los viajeros. En este escenario, la sostenibilidad debe formar parte de las decisiones estratégicas y de la manera en que se planifican, gestionan y desarrollan las actividades turísticas.
Uno de los principales mensajes de esta edición fue que la tecnología y la innovación deben estar al servicio de las personas y de los territorios. Si bien durante el Summit se discutió ampliamente sobre inteligencia artificial, innovación y nuevas herramientas para mejorar la competitividad turística, también se insistió en que estas transformaciones deben analizarse a partir de sus efectos sobre las comunidades y los destinos. La incorporación de tecnología, por sí misma, no garantiza un turismo sostenible; lo importante es definir para qué se utiliza, qué problemas ayuda a resolver y qué beneficios genera para las personas y los territorios.
El programa incluyó experiencias internacionales relacionadas con la gestión de destinos, la sostenibilidad hotelera, el turismo rural comunitario, la conservación ambiental y el uso de inteligencia artificial. Entre las experiencias presentadas destacó el caso de Bonito, Brasil, expuesto por Bruno Wendling, de la Fundação de Turismo de Mato Grosso do Sul. El encuentro concluyó con la conferencia magistral “Hacia dónde vamos: un nuevo turismo para un nuevo mundo”, impartida por Céline Cousteau, defensora del medio ambiente, cineasta y exploradora, quien planteó diversas reflexiones sobre la relación entre conservación, comunidades y desarrollo.
A lo largo de los tres días quedó claro que hablar de turismo sostenible implica mucho más que discutir sobre tecnología, crecimiento económico o competitividad. Detrás de cada destino existen personas, historias, identidades, culturas y territorios que deben formar parte de las decisiones. En este sentido, uno de los principales cuestionamientos planteados durante el Summit fue si los modelos turísticos que se están promoviendo realmente contribuyen a mejorar las condiciones de vida de las comunidades que habitan los lugares donde se desarrolla esta actividad.
El Summit también dejó una reflexión importante sobre la necesidad de pasar de las conversaciones a la acción. El verdadero valor de un encuentro de estas características no debería medirse únicamente por el número de participantes, conferencias o países representados, sino por aquello que ocurre después: las alianzas que se consolidan, las decisiones que se modifican, los proyectos que se ponen en marcha y los resultados que logran alcanzarse en los territorios. En este sentido, Mandri Bellot señaló que el valor del Summit se encuentra precisamente en la capacidad de convertir una idea en una acción, un encuentro en una alianza y un compromiso en un resultado.
Después de una década, el Sustainable & Social Tourism Summit se encuentra ante el reto de mantener su capacidad para generar conversación, pero, sobre todo, de fortalecer su contribución a la transformación efectiva del turismo. El contexto actual exige reducir los esfuerzos aislados y avanzar hacia modelos de colaboración capaces de integrar las dimensiones económica, social y ambiental. La sostenibilidad de un destino difícilmente puede alcanzarse desde un solo sector; requiere coordinación, conocimiento compartido, corresponsabilidad y objetivos comunes.
Como parte del cierre de esta décima edición se anunció que El Salvador será la sede de la undécima edición del Sustainable & Social Tourism Summit, que se llevará a cabo del 18 al 20 de mayo de 2027. La elección representa un nuevo paso en la expansión internacional del encuentro y permitirá trasladar la conversación sobre turismo sostenible y social hacia otro territorio de Iberoamérica, generando nuevas oportunidades para compartir experiencias y analizar los desafíos particulares de la región.
Con este anuncio, el Summit inicia una nueva etapa después de diez años de trayectoria. Su principal desafío será mantener la construcción de alianzas y conocimiento, pero avanzar cada vez más hacia resultados verificables en los destinos. La experiencia acumulada demuestra que la sostenibilidad turística ya no puede entenderse únicamente como una aspiración o una estrategia de comunicación, sino como una responsabilidad que debe reflejarse en las decisiones, las inversiones, la gestión de los recursos naturales y culturales y, especialmente, en la calidad de vida de las comunidades.
Diez años después de su primera edición, el Sustainable & Social Tourism Summit llega nuevamente ante el tribunal del tiempo, con una década de conversaciones, aprendizajes y compromisos que ahora deben ser evaluados no solo por lo que se ha dicho, sino por aquello que realmente se ha hecho. El próximo encuentro en El Salvador representa una nueva oportunidad para continuar este proceso, pero también para enfrentar un juicio inevitable: ¿qué decisiones estamos tomando hoy y qué sentencia tendrán mañana sobre nuestros destinos, nuestras comunidades y nuestros territorios? El verdadero desafío será demostrar que el turismo puede superar el discurso y convertirse, con hechos, en una actividad verdaderamente sostenible, social y capaz de dejar beneficios duraderos allí donde se desarrolla.
————————————————————————————————————————————————————————————————————————————
Camilo Cortés- Useche es biólogo Marino. Maestro en Manejo de Ecosistemas Marinos y Costeros, con doctorado e investigación postdoctoral en el área de las Ciencias Marinas. Su trabajo en el campo de la gestión y ecología marina en la República Dominicana le valió el reconocimiento del “Premio Dr. Alonso Fernández González 2020” a las Mejores Tesis de Posgrado del CINVESTAV en la Categoría Doctorado. Innovador de la sostenibilidad, científico y distinguido por sus aportes en la conservación de la naturaleza. Durante los últimos años ha liderado coaliciones para un modelo resiliente al cambio climático basado en la ciencia, con una idea firme del desarrollo social justo.
- El Juicio - septiembre 11, 2026
- Plumas NCC | Bosque El Centinela y Cañadas de San Isidro: Un refugio para la fauna silvestre - septiembre 8, 2026
- Plumas NCC | La era sintética en la justicia electoral - septiembre 7, 2026




