Durante siglos nos enseñaron que el ser humano tiene cinco sentidos. Vista, oído, olfato, gusto y tacto. Caso cerrado. Es una de esas verdades escolares que casi nadie se molesta en revisar. Curiosamente, el budismo lleva más de dos mil años sin comprar esa idea. En su tradición filosófica, la mente también es un sentido, no porque piense, sino porque percibe objetos mentales –pensamientos, recuerdos o emociones– del mismo modo que el ojo percibe imágenes o el oído sonidos.
La neurociencia no ha llegado exactamente a la misma conclusión, pero sí está cuestionando la aparente simplicidad de aquel viejo listado. Y es que cada vez más investigaciones apuntan a que nuestra percepción del mundo –y de nosotros mismos– es mucho más compleja de lo que creíamos.
La interocepción, el «sexto sentido» que trabaja sin descanso
Buena parte de de este renovado interés gira en torno a un sistema del que casi nadie ha oído hablar, pero que trabaja las 24 horas del día. Se llama interocepción y es el mecanismo mediante el que el sistema nervioso detecta e interpreta lo que ocurre dentro del cuerpo.
Aunque pase inadvertido, el organismo no deja de enviar información. Cambia el ritmo del corazón, varía la respiración, aparece el hambre, fluctúa la temperatura o se tensan los músculos. Gracias a esas señales sabemos cuándo necesitamos beber, comer, descansar o cuándo el cuerpo está respondiendo al estrés. Como explica Psychology Today, el cerebro integra continuamente toda esa información para mantener el equilibrio del organismo.
Lo interesante es que los científicos creen que la interocepción hace mucho más que regular funciones básicas.
Cómo influye la interocepción en las emociones y la salud mental
Su papel podría extenderse mucho más allá del control de funciones como el hambre, la sed o la respiración. Cada vez hay más investigaciones que apuntan a que la interocepción también influye en la forma en que experimentamos las emociones.
Los investigadores creen que interpretar con mayor precisión las señales internas del cuerpo ayudaría al cerebro a distinguir entre una amenaza real y una falsa. Cuando ese procesamiento se altera, podría aumentar la vulnerabilidad a trastornos como la ansiedad, la depresión, el estrés postraumático o los trastornos de la conducta alimentaria.
Varios de estos trabajos, recopilados recientemente por Science Alert, ayudan a entender hasta qué punto la interocepción podría influir en la salud mental. Entre ellos destaca una revisión de 93 investigaciones,que encontró diferencias significativas entre hombres y mujeres en determinadas tareas de percepción de las señales cardíacas.
Las autoras Jennifer Murphy y Freya Prentice plantean que este hallazgo podría ayudar a explicar parcialmente por qué la ansiedad y la depresión son más frecuentes en mujeres después de la pubertad, aunque insisten en que se trata de una relación compleja y todavía no completamente comprendida.
Otra investigación reciente examinó la relación entre el hambre y el estado de ánimo. El estudio observó que las personas con una interocepción más precisa experimentaban menos altibajos emocionales cuando tenían hambre. Como explicó el psicólogo Nils Kroemer, autor del trabajo, en un artículo para The Conversation, no es que dejaran de sentir hambre, sino que eran más capaces de evitar que esa sensación alterara su estado de ánimo.
Una cápsula vibratoria revela pistas sobre la anorexia nerviosa
Uno de los trabajos más llamativos se ha realizado con personas que padecen anorexia nerviosa. Investigadores de la UCLA utilizaron una cápsula vibratoria ingerible para evaluar cómo percibían las señales procedentes del estómago. Los resultados mostraron que seguían mostrando alteraciones en la percepción de esas señales incluso después de recuperar el peso corporal.
Para el neurocientífico Sahib Khalsa, esto sugiere que la recuperación no depende únicamente de volver a un peso saludable, sino también de restablecer la comunicación entre el cerebro y el cuerpo.
El debate científico y el futuro de la investigaciónA pesar del creciente interés por este campo, no todos los expertos comparten la misma visión. En 2024, un artículo de opinión publicado en Frontiers in Psychology, llegó a afirmar de forma provocadora que «no existe tal cosa como la interocepción». Su autor principal, Felix Schoeller, del MIT, aclaró que el objetivo era llamar la atención sobre el uso excesivamente amplio de un término que engloba fenómenos muy diversos.
Mientras continúa ese debate, la investigación avanza. En 2025, un equipo de Scripps Research y el Instituto Allen recibió 14,2 millones de dólares de financiación de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos para crear el primer atlas tridimensional de la interocepción, según IFLScience.
El proyecto pretende cartografiar las conexiones entre las neuronas sensoriales y los órganos internos para comprender mejor cómo el organismo mantiene su equilibrio a través de la comunicación entre el sistema nervioso y el resto del cuerpo, y abrir la puerta a nuevos tratamientos para distintas enfermedades.
Mientras llegan los resultados, una idea empieza a consolidarse. Somos criaturas mucho más sensoriales de lo que nos gusta admitir, y buena parte de esa percepción funciona sin pedirnos permiso. Tal vez por eso la vieja lista de cinco sentidos ya no alcance para explicarnos. Después de todo, nunca fue una clasificación tan universal como solemos imaginar.
Por ejemplo, el investigador Barry Smith, de la Universidad de Londres, sostiene que podrían existir hasta 33. Pero la cifra importa menos que lo que revela: todavía sabemos mucho menos de nuestro propio cuerpo de lo que creíamos. Todo apunta a que comprender mejor estas señales internas podría convertirse en una pieza importante para entender mejor tanto la salud física como la mental.
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