Durante más de 150 años, los fósiles de esta criatura desconcertaron a los científicos. Ahora, nuevas técnicas han permitido resolver un misterio que cambia lo que sabemos sobre los primeros depredadores terrestres.

Un metro de longitud, pinzas de más de 16 centímetros y una historia que los paleontólogos llevan más de siglo y medio intentando descifrar. El Praearcturus gigas ha sido identificado como el mayor escorpión conocido hasta la fecha, según un nuevo estudio publicado en Palaeontology por investigadores de la Universidad de Mánchester y el Museo de Historia Natural de Londres.

Lo más irónico del asunto es que los fósiles que permitieron llegar a esta conclusión llevan más de 150 años guardados en las colecciones del museo. Lo que cambió es la capacidad para interpretarlos.

El largo limbo taxonómico del Praearcturus

Cuando el paleontólogo Henry Woodward describió aquellos restos en 1871, concluyó que pertenecían a una especie de crustáceo gigante similar a una cochinilla marina. Durante décadas, el Praearcturus quedó atrapado en un limbo taxonómico. En la década de 1980 surgieron sospechas de que podría ser un escorpión, pero los fósiles disponibles eran fragmentarios y, sobre todo, no incluían la característica cola asociada a los escorpiones.

El punto de inflexión llegó con el estudio en 2015 de un escorpión antiguo canadiense llamado Eramoscorpius. Según el autor principal del nuevo estudio, el Dr. Richard Howard, ese fósil tenía un esternón triangular con un surco central, una estructura anatómica clave.

«El Praearcturus es de una edad similar y también presenta esa estructura», explicó Howard. «Eso demuestra sin lugar a dudas que debe ser un escorpión.» El equipo empleó además tomografías computarizadas, cámara lúcida y comparaciones con fósiles de varios yacimientos del Devónico británico para aportar las pruebas más sólidas hasta ahora sobre su identidad.

El gigantismo antes del oxígeno

Lo más desconcertante del Praearcturus no es su tamaño, sino cuándo vivió. Hace unos 415 millones de años, la vida fuera del agua seguía siendo escasa y poco diversa. No existían bosques, las plantas apenas empezaban a aferrarse a las costas y la atmósfera todavía no contenía el abundante oxígeno que, mucho después, permitiría el gigantismo de insectos y otros artrópodos.

Entonces, ¿cómo llegó este escorpión a semejante tamaño? Los investigadores apuntan a una respuesta paradójicamente sencilla: porque nadie podía impedírselo.

«Esto sugiere que esta especie pudo crecer tanto porque no había otros grandes depredadores», señaló Howard. Con poca competencia por parte de otros grandes depredadores, pudo haber ocupado una posición destacada en su ecosistema, algo más difícil de imaginar en épocas posteriores.

Cazador acuático con cola de escorpión

Pero esa misma ausencia de ecosistemas terrestres complejos plantea otro problema: ¿de qué se alimentaba? Una posibilidad es que parte de la respuesta estuviera en el agua.

Varios fósiles hallados en Gales muestran que el animal tenía estructuras en forma de aleta en el abdomen –llamadas epimeras– similares a las de langostas y cangrejos. «Sin ecosistemas complejos que lo sustentaran en tierra, estos animales probablemente pasaban parte de su vida cazando en el agua», explicó Howard.

El equipo también identificó superficies estriadas en sus extremidades que habrían servido para producir sonidos mediante estridulación, una técnica conocida en otros escorpiones extintos.

¿Antepasado terrestre que volvió al mar?

El hallazgo tiene implicaciones más profundas para entender la evolución de los artrópodos. Los árboles genealógicos basados en ADN sugieren que los escorpiones están emparentados con arañas y otros arácnidos que comparten pulmones en forma de libro, lo que indica un antepasado respirador de aire. Si eso es así, el Praearcturus podría representar un caso inverso al habitual: un animal cuyos ancestros salieron del agua y que luego regresó a ella. 

Según fragmentos fósiles hallados en Portishead, North Somerset, algunos fósiles atribuidos provisionalmente al género sugieren que podría haber sobrevivido otros 40 millones de años antes de extinguirse. Pero queda mucho por resolver. Más fósiles serán necesarios para confirmar esos vínculos y para responder las preguntas que este escorpión, después de siglo y medio en una vitrina, todavía se niega a revelar.