Ciudad de México.

Es mágico, sin hacer nada bajas de peso, todas mis amigas que la usan le llaman la inyección maravillosa”, dice a SciDev.Net Rocío Domínguez, mexicana de 53 años que lleva casi un año inyectándose semanalmente uno de los fármacos de moda, los agonistas del receptor GLP-1 (arGLP-1), que ya consumen miles de personas en la región con el mismo anhelo: adelgazar, y rápido.

Originalmente, los arGLP-1 fueron aprobados y recomendados exclusivamente para pacientes con diabetes tipo 2. Luego se amplió su uso a personas con obesidad, sobrepeso con comorbilidades o con alto riesgo cardiovascular. Sin embargo, su reciente éxito en el mercado responde a nuevos consumidores: no están enfermos, pero quieren bajar de peso.

“Si me dicen que me veo bonita porque estoy más delgada, si todo el tiempo escucho ‘qué bien te ves, bajaste de peso’, pues empiezo a dudar en dejar de inyectarme, ¿qué tal si la dejo y reboto? ¿Qué tal si engordo? ¿Qué tal si ya no me veo bonita? Si tengo la pócima de la delgadez en mis manos ¿por qué dejarla?”, añade Rocío.

“No tenemos datos consolidados con relación al uso, pero sí podemos decir que el consumo se ha difundido ampliamente en nuestra región y, sobre todo, el autoconsumo, que vemos con mucha preocupación”, refiere a SciDev.Net Fabio da Silva Gomes, asesor regional en nutrición y actividad física de la Organización Panamericana de la Salud (OPS).

Si bien no es posible determinar cuántas personas usan actualmente los arGLP-1 debido, en parte, a que se venden sin receta médica en varios países de América Latina, sí hay evidencia empírica de que su uso se está extendiendo porque los usuarios ven resultados.

Los ensayos clínicos más recientes con personas con obesidad, pero sin diabetes tipo 2, muestran una reducción de peso promedio que varía entre el 13 y el 25 por ciento después de usarlos durante 72 semanas.

Estos números posicionan a los arGLP-1 como una posible alternativa para muchas personas en una región que enfrenta una epidemia de sobrepeso y obesidad desde hace décadas. Según datos de OPS en las Américas, el 67,5 por ciento de adultos presentan esta condición. México, Chile, Argentina y Brasil tienen las tasas más altas.

Una alerta necesaria

Pero varios especialistas consultados por SciDev.Net piden tomar con cautela estos inyectables de moda y no usarlos como tratamientos estéticos. Primero, porque no está claro qué tipo de riesgos podrían producir en el largo plazo. La mayoría de los estudios controlados disponibles no superan los cuatro años de uso.

Por otro lado, hay consenso y advertencias de que su consumo con fines estéticos y sin monitoreo médico genera pérdida de fuerza muscular y síntomas gastrointestinales; y aunque la evidencia es aún limitada, hay reportes de otros posibles riesgos como pancreatitis, cáncer de tiroides o daño ocular.

Otro problema es el económico. “Estas drogas son eficaces, pero costosas, y esto genera inequidad porque la oferta no está necesariamente dirigida a donde realmente se necesita, sino para quien la puede pagar”, advierte Gomes. Además, añade, su alto costo y los efectos secundarios generan que muchos usuarios abandonen el tratamiento.

Un problema menos visible está en la investigación científica, debido a que gran parte de los estudios que evalúan la eficacia y posibles riesgos de estos medicamentos son financiados por las mismas empresas que los producen.

“Hay muchas investigaciones con datos muy positivos, muy perfectos para ser reales. Lo preocupante es que si como investigador aceptas un financiamiento debes tener la ética profesional para reportar los efectos benéficos y negativos también”, dice Estefanía Espitia, especialista en obesidad e investigadora de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

“Hay que desmitificar estos fármacos”, coincide la brasileña Ana Claudia Ortega, investigadora en medicina familiar en la Universidad Humanitas, en Italia. “No son un milagro y no tienen nada de mágico; son medicamentos. Y por ello tenemos que informarnos sobre sus efectos secundarios”.

La ciencia detrás de la falta de apetito

En América Latina se comercializan y prescriben con distintas marcas cuatro principios activos de la familia arGLP-1: semaglutida, liraglutida, tirzepatida y dulaglutida.

Se llaman agonistas del receptor GLP-1 porque son fármacos diseñados para unirse a los mismos receptores celulares que activan la hormona natural GLP-1 (las siglas en inglés del péptido similar al glucagón-1).

Esta hormona se libera en el intestino delgado inmediatamente después de ingerir alimentos y, cuando llegan los nutrientes, se encarga, entre otras cosas, de enviar señales de saciedad al cerebro.

Por eso estos medicamentos fueron diseñados para imitar la estructura de la GLP-1 y suprimir el apetito durante días o semanas. No es magia, sino falta de apetito: la gente come significativamente menos y por eso baja de peso tan rápido.

Para Gomes, ese es justamente uno de los problemas: “Mucha gente está dejando de comer comida, pero sigue comiendo alimentos ultraprocesados, no empiezan a comer mejor (…) Si lo que comen no es saludable, van a bajar de peso, pero también disminuirá su salud cardiometabólica [que incluye el corazón, los vasos sanguíneos y el metabolismo de la glucosa y los lípidos]”.

Los riesgos

Cuando Rocío Domínguez empezó a tomar el fármaco fue por recomendación médica porque tenía resistencia a la insulina, una condición para la cual estos inyectables sí están recomendados, ya que reducen la glucosa, la inflamación y la grasa visceral.

Después de cinco meses empezó a notar, además, que estaba adelgazando. Para ella es una sensación tan satisfactoria que considera seguir inyectándose, aunque su resistencia a la insulina ya está controlada y a pesar de los síntomas que le ha provocado el fármaco.

“Al principio ‒relata‒ con la inyección me dolían muchísimo las articulaciones y perdí fuerza muscular. Todavía siento mucho cansancio y reflujo permanente. Además, se me cae bastante el cabello y las uñas las tengo súper débiles, hasta se me doblan de lo delgadas que están”.

Sus síntomas coinciden con los reportados en varios estudios científicos. Una revisión(opens in new tab) publicada a inicios de este año muestra una alta frecuencia de síntomas gastrointestinales: náuseas, vómitos, diarrea, estreñimiento y dolor abdominal.

Espitia explica que estos síntomas pueden reducir aún más el apetito. “Cuando comen algo dulce o grasoso, los síntomas gastrointestinales aparecen, entonces dejan de comer para evitar sentirse mal del estómago y, a largo plazo esa deficiencia de alimentos y, por lo tanto, de nutrientes, aunado a la pérdida de músculo, puede llevar a la desnutrición. En esa condición, es fácil llegar a la anemia”.

Ortega, quien hace investigación de estos medicamentos en el control de adicciones, explica que la gente puede dejar de salir o de hacer las cosas que antes disfrutaba simplemente porque está cansada o tiene náuseas. De ahí la importancia de que estén acompañados no sólo de médicos, sino también de profesionales de salud mental.

“También tendríamos que vigilar riesgos como la pérdida de visión, la osteoporosis y la ideación suicida que, aunque tiene estudios contradictorios, nos advierte sobre la precaución para recetar arGLP-1 a personas que ya padecen enfermedades psiquiátricas o mentales”, dice Espitia.

Un riesgo asociado proviene del alto número de personas que abandona el tratamiento porque no puede pagarlo o para evitar los síntomas.

Hay reportes(opens in new tab) de que, en condiciones de la vida real, el 65 por ciento de los usuarios dejan el fármaco antes del año y cuando lo hacen recuperan al menos dos tercios del peso que habían perdido. Y ya hay datos(opens in new tab) de que incluso cuando dejan el tratamiento, varios de los síntomas adversos continúan.

“La evidencia(opens in new tab) es muy contundente: cuando una persona deja de usar el medicamento hay un rebote cardiometabólico, las personas vuelven a ganar peso, regresan a sus niveles de glucosa y lípidos en la sangre muy similares a los que tenían antes”, explica Gomes.

Además, quienes dejan el tratamiento y luego lo retoman provocan cambios drásticos en su peso, asociados(opens in new tab) con un aumento de más del 50 por ciento en el riesgo de insuficiencia cardíaca.

Contrabando y automedicación

Si una persona cumple con las condiciones clínicas y el monitoreo médico para recibir este tratamiento es posible que no tenga ninguno de los riesgos mencionados, pero el panorama puede ser distinto para quienes se autoprescriben los arGLP-1.

Y no son pocos. Un estudio(opens in new tab) publicado hace unas semanas aplicó un formulario a 860 adultos en Brasil, la mayoría mujeres con título universitario, para evaluar su grado de autoprescripción de arGLP-1. Los autores reportan que casi uno de cada cuatro usuarios usó alguno de estos fármacos para perder peso sin receta médica.

Lo más sorprendente es que esta práctica resultó ser más frecuente entre personas sin obesidad, quienes no practican ninguna actividad física y, curiosamente, entre profesionales sanitarios.

“La gente los usa para adelgazar, pero bajar de peso de forma saludable no es fácil ni rápido. Requiere tiempo, esfuerzo y cambios en el estilo de vida, principalmente en el ejercicio y la alimentación. Ninguna estrategia que te haga bajar de peso tan rápidamente es sana”, advierte Espitia.

Uno de los mayores peligros de la automedicación es caer en productos fraudulentos. En abril de 2025, la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos (FDA) alertó sobre la presencia de cientos de unidades apócrifas de Ozempic (semaglutida) en el mercado estadounidense que incluso tenían agujas falsificadas.

En Sudamérica, Brasil y Paraguay son dos mercados en expansión debido al alto costo de los medicamentos originales. A pesar de que en 2024 y 2026 vencieron las patentes de dos arGLP-1 en Brasil y se espera la llegada de opciones genéricas, por ahora los de marca son caros para la mayoría de la población (entre US$150 y US$500).

“Los llevan de Paraguay porque son más baratos que en Brasil. Los arGLP-1 siguen estando disponibles solo para quienes tienen dinero. Quienes no lo tienen deben conformarse con productos de contrabando de otros países, que pueden ser falsos”, dice Ortega a SciDev.Net.

Una “maravilla” que sale cara

El único aspecto que hace reflexionar a Rocío Domínguez sobre si seguir o no con la inyección maravillosa es la parte económica. “No es nada barata. Es una ‘rentita’ de 5.000 pesos (mexicanos) mensuales [US$270], más otras cosas que te recetan, como la vitamina D o el Omega 3, con eso puede subir a 7.000 pesos (mexicanos) [US$380]”, admite.

Víctor Vera Ponce, médico cirujano, con especialidad en nutrición e investigador de la Universidad Nacional Toribio Rodríguez de Mendoza, en Perú, ha investigado las implicaciones económicas de estos fármacos para la población peruana y compara el costo de la inyección “maravillosa” con el del salario mínimo en ese país.

Un año de liraglutida a precio de farmacia privada cuesta alrededor de 15.000 soles, unos US$5.000 al año, mientras que el sueldo mínimo es de US$330 al mes. Esto significa que un año de tratamiento equivale a 15 sueldos mínimos. “Prácticamente todo lo que gana en un año un trabajador con sueldo mínimo es lo que gastaría en el medicamento”, dice Vera a SciDev.Net.

Y no es un cálculo meramente teórico. Aunque no tiene cifras, ve con preocupación cada vez más personas jóvenes de bajos recursos que incluso se endeudan para poder sostener el gasto de las inyecciones.

Y es que los arGLP-1 son un tratamiento crónico. “No es un antibiótico que te tomas durante 7 días y ya; la persona tiene que tomarlo por muchísimo tiempo porque si lo suspende, buena parte del efecto se pierde”, añade.

“Entonces, la pregunta para una persona no es si puede comprar una caja, sino si puede sostener ese gasto todos los meses durante años. Y obviamente para la mayoría de la población peruana y latinoamericana, la respuesta es no”, sostiene Vera.

Rocío admite que el gran esfuerzo económico por estos fármacos responde a una presión social: “Aceptamos la caída del cabello y el cansancio con tal de adelgazar y encajar. Pero a veces también pienso que nos estamos atando de por vida a un medicamento que a duras penas podemos pagar. No sé si vale la pena”.

Para Vera, usar estos medicamentos como política pública contra la obesidad en Latinoamérica(opens in new tab)tampoco es costeable por ahora. “El costo de asegurar estos medicamentos a todos los peruanos con obesidad supera, por mucho, el presupuesto para la salud de todo el país”, dice.

Pero él mismo reconoce que los países pueden explorar si pueden ofrecerlos como herramienta para quienes más lo necesitan: personas con diabetes tipo 2 y obesidad con comorbilidades.

Políticas así implicarían nuevos acuerdos entre los gobiernos y las empresas fabricantes. “No es pedirles que dejen de vender, pero podrían licenciar sus patentes(opens in new tab) para países de ingresos medios, no bloquear los genéricos y ofrecer al sector público un precio bajo para grupos priorizados. Para las empresas sería un mercado nuevo, no sería caridad”, concluye Vera.

El costo para la ciencia

Cuando Espitia acudió al Congreso Internacional en Obesidad en la Ciudad de México a mediados de julio, no pudo evitar notar la presencia(opens in new tab) avasalladora de varias de las empresas que fabrican estos fármacos inyectables.

“Había stands gigantes de estas empresas. No es un congreso académico, sino de médicos donde las marcas promueven sus productos para que los receten a sus pacientes. La conversación estaba enfocada en cómo tomar el medicamento, pero no en cómo mantener la salud cuando lo dejas”, dice la investigadora.

Gomes confirma que desde la OPS han identificado una expansión del mercado por parte de las empresas fabricantes: “ahora vemos publicidad en las redes sociales o por medio de muestras a profesionales de salud”, afirma.

Según proyecciones(opens in new tab) de la empresa Fortune Business Insight, el mercado de estos productos en América Latina se está expandiendo aceleradamente y alcanzará una valoración de US$2.500 millones en 2026, con más ventas en Brasil y México.

Pero más allá de eso, añade el asesor de la OPS, hay un tema pendiente que sí le toca a la ciencia: generar estudios independientes que analicen riesgos específicos para la población latinoamericana.

Mientras esta evidencia se desarrolla, los especialistas insisten en que la obesidad no se resuelve con recetas mágicas instantáneas.

“Hay que insistir en que estos fármacos no son una bala mágica ni un tratamiento estético. Fueron diseñados como una ayuda para pacientes que necesitan bajar de peso o controlar su diabetes. Quien no lo necesita no tendría por qué usarlos”, asegura Espitia.

Gomes concluye que atender la obesidad en América Latina debe hacerse desde una perspectiva de salud integral que no sólo se base en perder kilos sino en ganar alimentación de calidad: “Dejar de comer nunca es la respuesta para mantener la salud; la respuesta es lo contrario: comer, pero comer comida real, y evitar alimentos ultraprocesados”.