El despliegue de colores que precede a la caída de la hoja convoca cada año a más visitantes a los lugares donde puede contemplarse en todo su esplendor. Este espectáculo natural esconde una biología compleja y precisa que explica también la causa de que existan especies de hoja perenne, y que se ve amenazada por el impacto del cambio climático.
A la nobleza medieval japonesa le complacía recrearse con la ‘caza de hojas de otoño’, o momijigari; en realidad no había ninguna caza, sino solo la contemplación de los colores del follaje otoñal por puro placer estético. Con el paso del tiempo, lo que comenzó como un pasatiempo aristocrático acabaría popularizándose en todo el mundo. En EE UU se conoce como leaf peeping, literalmente ‘mirar hojas’, y se ha convertido en una próspera industria en la región de Nueva Inglaterra. En Europa, y en España en particular, es una actividad en crecimiento y cada vez más extendida.
Disfrutar de los colores del otoño es un placer sencillo que nos brinda la naturaleza, pero para el cual se requiere algo que no siempre tenemos a mano: un bosque caducifolio. En nuestro país son ampliamente mayoritarios los bosques mediterráneos y de coníferas, de hoja perenne. Pero ¿cuál es la razón de estas diferencias? ¿Para qué sirve la caída de la hoja, que no existe en algunos árboles? Y ¿a qué se debe el cambio de color en el follaje otoñal?
Bajo su fachada silenciosa y su apariencia inmutable, en realidad las plantas están enfrascadas en una constante comunicación con su entorno, a cuyos estímulos responden con cambios que les permiten adaptarse, sobrevivir y reproducirse. Este último es el fin de la floración, uno de los dos cambios anuales más llamativos en el aspecto de las plantas. El otro, en las especies caducifolias, es la caída de la hoja en otoño.
Sobrevivir al invierno
La pérdida del follaje es una estrategia para sobrevivir al invierno. Durante la primavera y el verano, la planta ha invertido un gran esfuerzo en fabricar infinidad de hojas repletas de clorofila. Este pigmento verde es el motor de la fotosíntesis, el proceso alimentado por la luz solar que convierte el dióxido de carbono (CO2) y el agua en nutrientes, emitiendo oxígeno como subproducto. La fotosíntesis permite a la planta cocinar su propia comida.
Con la llegada del otoño, el árbol prepara su particular hibernación. Si mantuviera las hojas, las heladas invernales las destruirían, echando a perder recursos preciosos.
Para evitarlo, y como se haría con una fábrica que va a cerrarse, la maquinaria se detiene y la planta recupera todo lo que tiene valor: la clorofila se desmantela, y sus piezas como el nitrógeno, junto con otros nutrientes y el agua, se transportan de vuelta a las ramas, el tronco y las raíces.
Una vez vaciada la hoja de toda su carga útil, se clausura construyendo una barrera de células de corcho en la base del peciolo (el pedúnculo que la une al tallo), como un cordón de seguridad llamado zona de abscisión; a continuación las enzimas digieren esta membrana separadora y, por último, la hoja cae, ya muerta. La zona de abscisión queda sellada para evitar la pérdida de humedad y cerrar la puerta a plagas invasoras.
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