Recife, Brasil. Era una soleada mañana de agosto cuando una lluvia de fragmentos de roca espacial regó Santa Filomena, un empobrecido pueblo del árido agreste brasileño. Con ella, irrumpieron en este recóndito rincón del país decenas de cazadores de meteoritos, cuyos pedazos llegan a ser vendidos por más de 18.000 dólares. La inusitada presencia de investigadores, coleccionistas y comerciantes de este tipo de rocas llegadas del espacio resucitó...




