Johannesburgo, Sudáfrica. La curandera Makhosi Malatji agarra los huesecillos y coloca su celular en un trípode. Como la mayoría de las «sangomas» de Sudáfrica, desde que apareció el coronavirus, ofrece sesiones de rituales ancestrales en línea. En su sala de consulta en Johannesburgo, cuyo suelo está cubierto de telas con estampados tradicionales y pieles, el incienso va quemándose lentamente. Pero su clienta no se encuentra aquí, sino al otro...




