Por: Camilo Cortés- Useche (Colombia). Desde hace cuarenta noches, el hombre de la habitación oscura no había logrado cerrar los ojos. Ni un parpadeo, ni el alivio de un sueño leve, ni siquiera el descanso falso del agotamiento entre bullicios y calores propios del trópico. Sus párpados, endurecidos como cuero de burra, se mantenían abiertos por la voluntad de una fuerza que él no comprendía. No era el insomnio común de los hombres...




