Por: Carlos Iván Moreno (México).

 

«Querido Joe, es tiempo de soltar… Al ver el debate me encontré llorando por ti. Llorando por nuestra nación. Retírate», son las duras palabras de Jay Parini, amigo de la infancia del presidente Joe Biden, después del desastroso cara a cara con Donald Trump.

Ver y analizar dicho debate fue doloroso. No fue un mal día, fue una desgracia. Evidenció, a escala global y en horario estelar, lo que ya se sospechaba: el deterioro físico y cognitivo del presidente del país más poderoso del mundo.

Ante esta situación, la 25ª Enmienda proporciona un marco legal para la sucesión y sustitución del presidente, temporal o permanente, en caso de incapacidad física o mental. Fue creada en 1967 tras el asesinato de Kennedy, y posteriormente aplicada de manera temporal por internveciones quirúrjicas a Reagan (1985) y Bush (2002 y 2007).

Más allá de la empatía por el que es considerado “un buen hombre”, de 81 años, es desconcertante la estrategia de la cúpula Demócrata para darle “spin” a esta grave situación. A través de sus redes sociales, Biden subió una carta dirigida a sus compañeros demócratas donde sostiene que: “[…] a pesar de toda la especulación, estoy firmemente comprometido a seguir en la carrera, hasta el final, para vencer a Donald Trump”. No solo reafirma su determinación de seguir adelante, sino que también busca inspirar confianza en su liderazgo para encabezar un segundo mandato.

Están creando una realidad paralela, un auténtico gaslighting político, pretendiendo manipular a la sociedad norteamericana, haciéndoles cuestionarse su propia realidad observable: Biden no está ya en condiciones de ser candidato, mucho menos de gobernar.

La discusión se ha centrado sobre si debe o no bajarse de la carrera por la reelección. Si debe dar paso a una candidatura más joven, que pueda derrotar a Trump. Es la pregunta incorrecta. Se olvida que Biden es El Presidente, no solo el candidato. Lo relevante es poner en tela de juicio las implicaciones -insisto, de seguridad nacional- que tiene su visible deterioro.

Supongamos, por un momento, que Biden se aferra a la candidatura y gana la elección de noviembre. ¿En serio hay alguien que piense que va a terminar su mandato en el 2029? ¿Que va a tomar las decisiones más difíciles de forma lúcida y sensata? ¿Apuestan a su reemplazo una vez pasada la elección? Perverso.

Esta manipulación político-electoral es sumamente irresponsable dada la magnitud de lo que está en juego. Por ejemplo, no olvidemos que a Biden siempre le acompaña el Football, maletín de la muerte, con los códigos para lanzar un ataque nuclear. Además, recibe a diario el Daily Presidential Brief, un informe clasificado que resume el estado de operaciones encubiertas y amenazas críticas para la seguridad nacional. ¿Se puede confiar en su juicio ante una tremenda presión?

Como potencia mundial, la capacidad del presidente de liderar con eficacia y proyectar estabilidad y confianza es crucial para mantener su posición y cumplir con sus responsabilidades en la arena global. La influencia y el liderazgo de EE.UU. dependen de la percepción de su fuerza y estabilidad interna. Un presidente que no pueda desempeñar sus funciones de manera efectiva no solo compromete la seguridad nacional, sino que también debilita la posición de EE.UU. en el mundo. La credibilidad de su liderazgo y su capacidad para tomar decisiones rápidas y firmes en momentos críticos son esenciales para la paz y la estabilidad global.

En EE.UU., llaman “pato cojo” (lame duck) a un presidente en el ocaso de su mandato, que ya no ejerce plenamente el poder. La élite Demócrata está jugando con fuego al apostar por tener un pato cojo durante cuatro años más. Joe, es tiempo de soltar.