Por: Camilo Cortés- Useche, PhD (Colombia).
Las calles se abrían como venas escarlatas bajo balcones de hierro forjado, donde la madera crujía con secretos turbios y la luz baja hacía que todo pareciera más denso, más atrevido. Aquella noche, dos amigas caminaban con el paso decidido de quien sabe que el mundo, al menos por unas horas, les pertenece. La ciudad, acostumbrada al turismo de cruceros, a los idiomas mezclados, a las cámaras que capturan fachadas sin entenderlas, miraba fijamente a las chicas al pasar. Las acompañaban dos hombres viejos de trajes oscuros, sombreros de ala ancha y manos que olían a tabaco y a tiempo. Ellos conocían la diferencia entre la fiesta que se compra y la alegría que se rinde.
Iban de taberna en taberna, desafiándose como si la vida fuera un juego de cartas marcadas. Cada reto nacía con una copa de ron caribeño servida desde barriles sudados; cada copa traía consigo una historia que no figuraba en ningún registro turístico. Las faldas se movían al ritmo de música tropical, los ligueros brillaban como promesas, las joyas parpadeaban al compás de risas que sabían a peligro. Las mujeres eran hermosas no solo por la curva de sus cuerpos, sino por la firmeza con que sostenían la mirada, por la dignidad que les florecía incluso bajo luces prestadas.
Había un joven agraciado, disperso, vestido con una elegancia que aún no le pertenecía del todo; flotaba entre ellas como un cometa. Lo atraía la lujuria que no se nombraba, el encanto de las dos amigas, el perfume salino que ascendía desde el mar. Pero algo más pesado comenzaba a instalarse en su pecho, una intuición de responsabilidad, como si bajo aquella noche festiva latiera una tarea que él todavía no entendía. Sentía que debía proteger algo, quizás a ellas, quizás a la ciudad, quizás su propio nombre, mientras unos cuantos lacayos reían con carcajadas huecas, celebrando cualquier exceso, derramando copas, burlándose de los músicos, confundiendo libertad con superficialidad y el desenfreno con triunfo.
Afuera de la taberna “El Refugio”, los carros clásicos relucían bajo los faroles como animales dormidos, listos para pasear al siguiente grupo de visitantes efímeros. La ciudad con valentía resistía, convertía el espectáculo en sustento, la memoria en mercancía, la resiliencia en sonrisa. Pero bajo cada brindis había cicatrices. Las calles sordidas, a veces hediondas. En cada esquina, alguien contaba una versión distinta de la misma noche. El joven bebía menos ahora. Observaba más. Cada reto ganado ya no lo hacía reír; sentía que le arrancaba una capa, dejándolo más consciente, más desnudo por dentro. Comprendía que no todo debía celebrarse, que no todo podía comprarse.
Cuando la luna parecía cansada de mirarlos, tomaron taxis distintos. Las risas se disolvieron en motores viejos, los perfumes quedaron flotando en el aire. Solo dos sombras permanecieron, la del joven y la del mar, que respiraba a unas cuadras como un ser inmenso y vigilante.
En una esquina, él la escuchó. No sabía su nombre, o tal vez sí, pero lo había olvidado. Ella hablaba con el suelo, con los adoquines, como si estos tuvieran oídos. Decía que quería bailar sin permiso, ser libre, ser artista, no deberle nada a nadie. Decía que no quería ser postal, ni recuerdo pasajero de ningún turista, sino raíz y viento al mismo tiempo.
El joven, sintió que la verdadera hombría no estaba en el reto ganado ni en la copa vacía, sino en saber estar, en respetar, en acompañar sin poseer. Le dijo que sí, que todo era posible, que la noche aún no había terminado, pero lo dijo como quien promete cuidarla incluso cuando la música se apague.
Entonces apareció otro joven, desaliñado, con los ojos llenos de una victoria que nadie le había concedido. Gritó, avanzó a la fuerza, proclamó un triunfo inexistente. Era uno de esos lacayos de la euforia fácil, de la risa irrespetuosa, del aplauso vacío. El aire se tensó.
De la oscuridad surgió un castigo infundado, inexplicable, y sin embargo definitivo. El ruín cayó en silencio, vencido por algo que no pudo entender, la dignidad colectiva.
Cuando todo volvió a la calma, el joven elegante miró a la mujer… y ya no estaba. En su lugar, el mar había avanzado una cuadra más, lamiendo los adoquines con una paciencia milenaria. Solo entonces comprendió el final inesperado, no habían sido las chicas y los hombres los que iban de taberna en taberna desafiando a la noche. Era la noche, como el turismo que va y viene, como las olas que golpean y retroceden, la que los ponía a prueba. Y entendió que la ciudad, resiliente y hermosa, no pertenece a quien la consume, sino a quien la cuida.
Como en la historia donde la ciudad solo pertenece a quien la cuida, el turismo sostenible traslada esa lección al desarrollo global: la resiliencia no es solo resistencia ante la adversidad, sino una estrategia para transformar el crecimiento económico en inclusión. El turismo representa una de las principales fuentes de ingresos para numerosos países en desarrollo, incluidos los países menos adelantados, los pequeños Estados insulares, varias naciones africanas y economías de renta media. Más allá de su dimensión recreativa, el sector genera divisas, ingresos fiscales y millones de empleos, convirtiéndose en un pilar estratégico para el crecimiento económico y la estabilidad social.
Su relevancia no se limita al ámbito financiero. Debido a que conecta directamente a las personas con la naturaleza, el turismo sostenible tiene la capacidad única de promover la responsabilidad ambiental y la conservación de los ecosistemas. Esta característica lo posiciona como una herramienta transversal para impulsar las tres dimensiones del desarrollo sostenible: la económica, la social y la ambiental.
En el plano económico, el turismo sostenible fomenta el crecimiento inclusivo, contribuye a la mitigación de la pobreza y favorece la creación de empleo pleno y productivo, así como trabajo decente. En el ámbito social, fortalece la cultura local, mejora la calidad de vida de mujeres y jóvenes, y promueve la participación activa de pueblos indígenas y comunidades rurales. A nivel ambiental, incentiva el uso sostenible de los océanos, mares y recursos marinos, además de la conservación de la biodiversidad.
El sector también puede acelerar la transición hacia modelos de consumo y producción más responsables, al tiempo que facilita la formalización del sector informal, la movilización de recursos nacionales y el impulso a la inversión y el emprendimiento sostenible. De esta manera, el turismo no solo dinamiza las economías locales, sino que contribuye a la erradicación de la pobreza y el hambre, particularmente en territorios rurales donde las oportunidades productivas son limitadas.
No obstante, el turismo es altamente vulnerable a crisis económicas, sanitarias y climáticas. Ante esta realidad, la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó el 17 de febrero como el Día Mundial de la Resiliencia del Turismo, mediante la resolución A/RES/77/269. Esta conmemoración subraya la necesidad de fortalecer la capacidad del sector para enfrentar perturbaciones y recuperarse de ellas.
El llamado internacional insta a los Estados Miembros a desarrollar estrategias nacionales de rehabilitación tras crisis, fomentar la cooperación entre los sectores público y privado y promover la diversificación de actividades y productos turísticos. La resiliencia se consolida así como un componente indispensable para garantizar un crecimiento sostenido e inclusivo.
En un contexto global marcado por la incertidumbre, el turismo sostenible y resiliente se perfila como una herramienta estratégica para impulsar el desarrollo económico, promover la inclusión social y proteger el medio ambiente. Su adecuada gestión puede transformar al visitante en un aliado del territorio y convertir al sector en un motor de prosperidad compartida y conservación a largo plazo social y conservación ambiental.
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Camilo Cortés- Useche es biólogo Marino. Maestro en Manejo de Ecosistemas Marinos y Costeros, con doctorado e investigación postdoctoral en el área de las Ciencias Marinas. Su trabajo en el campo de la gestión y ecología marina en la República Dominicana le valió el reconocimiento del “Premio Dr. Alonso Fernández González 2020” a las Mejores Tesis de Posgrado del CINVESTAV en la Categoría Doctorado. Innovador de la sostenibilidad, científico y distinguido por sus aportes en la conservación de la naturaleza. Durante los últimos años ha liderado coaliciones para un modelo resiliente al cambio climático basado en la ciencia, con una idea firme del desarrollo social justo.
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