México.
La Organización de las Naciones Unidas (ONU) declaró 2025 como el Año Internacional de la Conservación de los Glaciares, una decisión que responde a la creciente preocupación por la pérdida acelerada de estas reservas naturales de agua dulce a nivel mundial. El avance de la desertificación y el calentamiento global obligan a replantear una pregunta clave: ¿cuánta agua disponible para el consumo humano queda en el planeta?
En el caso de México, el panorama resulta especialmente preocupante. Los glaciares se rigen por una línea de equilibrio, que marca el punto a partir del cual ganan o pierden masa de hielo. Esta línea se sitúa aproximadamente a los 5 mil 300 metros sobre el nivel del mar. Sin embargo, la mayoría de los glaciares mexicanos ya se encuentran por debajo de este umbral, lo que implica una pérdida progresiva e irreversible de hielo hasta su eventual desaparición.
Uno de los casos más críticos es el del Iztaccíhuatl, cuyo glaciar se ubica actualmente unos 60 metros por debajo de la línea de equilibrio, lo que acelera su retroceso. En el Popocatépetl, aunque algunas zonas aún se mantienen ligeramente por encima de este nivel, la actividad volcánica impide la permanencia estable del hielo en su cima.
El Pico de Orizaba, con una altitud aproximada de 5 mil 636 metros, es el único volcán que aún conserva condiciones para mantener glaciares. No obstante, el aumento continuo de la temperatura global eleva cada vez más la línea de equilibrio, reduciendo su margen de supervivencia. Esta situación representa una alerta roja no solo para México, sino para el planeta entero.
A nivel global, otros glaciares emblemáticos también enfrentan un destino similar. El Monte Kilimanjaro, la montaña más alta de África, ha perdido cerca del 85 % de su masa de hielo. Su nombre, que en suajili significa “la montaña que brilla”, podría dejar de hacer honor a su significado hacia el año 2060, de mantenerse las actuales tendencias de calentamiento.
Ante este escenario, especialistas y organismos internacionales subrayan la urgencia de intensificar la acción climática para ralentizar el calentamiento global. El llamado incluye a las economías más fuertes y a los gobiernos para implementar regulaciones más estrictas, así como a las empresas con mayores niveles de contaminación, a ir más allá de la simple rendición de cuentas y avanzar hacia una transformación real de sus modelos productivos.
Asimismo, se destaca el papel de la ciudadanía, cuyas decisiones de consumo y hábitos cotidianos pueden contribuir a reducir el impacto ambiental. Cuidar el agua y disminuir la huella climática individual son acciones clave para dar una oportunidad a los glaciares del mundo, desde la Antártida hasta las altas montañas, de resistir el avance del deshielo.
Aunque el panorama no es alentador y los efectos del cambio climático podrían intensificarse en el corto plazo, expertos advierten que la ventana de oportunidad es reducida pero aún existe. Los próximos cinco años serán determinantes para evitar cruzar un punto de no retorno y frenar una catástrofe climática cuyos primeros signos ya son visibles.
Por: Agencia Mexicana de Estudios Antárticos (AMEA).
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