Era quizá el auditorio más grande de Uganda. Al sitio llegaron primatólogos e investigadores del todo el mundo para escuchar a la científica más famosa de su gremio, Jane Goodall.
Es el año 2006 y se lleva a cabo el congreso de la International Primatological Society donde se presenta la etóloga británica como conferencista.
Al lugar no sólo asisten investigadores, sino también ugandeses y pobladores africanos poco relacionados con la primatología, sin embargo, quieren conocer a la famosa mujer. En cuanto Jane entró la energía cambió. Llegó al estrado y acercó al micrófono.
“Voy a saludarlos como saludan los seres más maravillosos que he estudiado en el planeta. Les voy a dar los buenos días”, recuerda Ana María González di Pierro, una joven estudiante mexicana que viajó hasta el país africano para conocer y escuchar a Goodall.
“Y entonces empezó: ‘¡uh!, ¡uuh!, ¡uuuh!’, a lo que los miles de asistentes respondieron de la misma forma, imitando el sonido de chimpancé”.
«Obviamente se te ponía la piel chinita, yo, literalmente, quería llorar…, era una sensación de ‘ah qué bonito se siente conocer a una persona así y que todos hayamos saludado como chimpancés, sin importar sentirnos ridículos ni mucho menos. Ella, por supuesto, con una lengua de los chimpancés casi perfecta, después de haberlos estudiado tanto tiempo”.
Sus enseñanzas en México
Desde 1960 que Jane Goodall comenzó sus investigaciones en el Parque Nacional de Gombe Stream, en Tanzania, marcó el inicio no sólo de un cambio de la perspectiva en el entendimiento del comportamiento de los chimpancés y del espejo que derivaba sobre el ser humano, sino también de su posterior cruzada incansable y pacífica para la conservación de la naturaleza.
Jane nació el 3 de abril de 1934 en Londres. Falleció a los 91 años el 1 de octubre de 2025 en California, Estados Unidos, en medio de su gira interminable por el mundo y a tan sólo unos días de haber visitado México. Su misión: inspirar a los jóvenes del planeta, como alguna vez hizo con Ana María, quien hizo un gran esfuerzo por viajar hasta Uganda.
Doctora en ciencias biológicas por la UNAM, González di Pierro trabajó durante dos décadas con primates, específicamente con Alouatta pigra, el mono aullador de la Selva Lacandona, en Chiapas, en donde realizó estudios de comportamiento, salud y ecología. En 2006 tuvo la oportunidad de intercambiar palabras con Goodall y le compartió un videocasete con referencia de su trabajo.
“Te encargo a los primates de México”, le dijo Goodall en respuesta a ese acercamiento, misión que Ana María desempeñó por varios años.
“Puedo decir que, dentro de mi carrera y vida personal, ese encuentro fue de las experiencias que más me han impactado y que más me han marcado (…) Todo mundo hablaba sobre su aparición en el congreso, donde estábamos rodeados de primatólogos y ¡además estábamos en África! O sea, su lugar, su espacio, era una cosa impresionante”.
Humildad primate
Residente en Italia actualmente, Ana María recuerda en entrevista con Ciencia por México, aspectos de ese encuentro y de por qué es valioso el trabajo de Jane más allá de la investigación científica que llevó a cabo.
“Creo que podría parecer muy complejo, pero es muy simple explicar quién ha sido esta gran mujer. Pienso que fue la científica que revolucionó la forma de ver la ciencia y la forma de hacer ciencia; era una persona extraordinaria y creo que una de las cosas que la definió fue la humildad y sencillez –eso de lo que carecen muchos científicos–, con mucho conocimiento y reconocimiento, pero que nunca dejó de ser quién era”.
La sencillez era un rasgo evidente en la primatóloga británica, pero también su visión frente a la realidad, que nos revela su vida y obra. Una de las características más lindas de Jane Goodall y parte de la explicación de quién fue —agrega Ana María González—, es que nunca dudó que realmente podíamos hacer algo para revertir lo que nosotros mismos estábamos provocando.
“Siempre tuvo una mente totalmente positiva, confiaba plenamente en que los jóvenes podían traer un cambio y se dedicaba muchísimo a dar pláticas a los jóvenes precisamente por eso”, refiere la ex catedrática Conacyt, quien ahora se dedica a la divulgación de la ciencia.
“A veces uno ve su entorno, lleno de malas noticias y frente al deterioro planetario y pensamos que no hay punto de retorno. Pero Jane nunca perdió el optimismo, para ella era una forma de rebeldía. La esperanza, a su vez, no era un sinónimo de ingenuidad, sino de resistencia”, señala como parte de las lecciones que aprendió de la etóloga inglesa.
Para González Di Pierro un legado que deja la historia de Goodall es la certeza de que el conocimiento verdadero nace de la empatía y de la humildad. “Siempre miró a los otros seres, a los chimpancés, incluso a los árboles, a las plantas, a las comunidades humanas, siempre con un respeto profundo, reconociendo que todos compartimos este planeta, que todos coexistimos”.
Nunca se colocó por encima de los demás, añade, ni como científica ni como persona. Así como lo hacía en Gombe al estudiar a las comunidades de chimpancés, su manera de observar era también una manera de escuchar. “Creo que eso es algo que hoy necesitamos recordar, que hacer ciencia no es sólo analizar, no es sólo medir, sino también sentir, o sea, Jane nos enseñó que se puede investigar con rigor, pero también con ternura y, aunque se oiga cursi, que la observación puede también ser un acto de compasión”.
En sus jornadas en la Selva Lacandona, Ana María llevó estas enseñanzas consigo. “No sé si lo logré, no sé si en algún momento perdí piso o el camino, pero trataba de recordar que cada encuentro en el campo, cada mirada con un primate, cada mirada con la historia de una comunidad local, merece respeto y empatía.”
“Por eso, más allá de la ciencia o de los logros en su investigación, me quedo con esa lección profunda de que mirar con compasión también es una forma de transformar el mundo”.




