Un grupo internacional de científicos reportó el descubrimiento de un cuarto planeta que orbita la estrella enana roja LHS 1903, ubicada a unos 116 años luz de la Tierra. Aunque en términos astronómicos es una distancia cercana, tardaríamos decenas de millones de años en llegar aun viajando a la velocidad de las sondas más rápidas hasta ahora construidas.

El hallazgo planetario alrededor de la estrella LHS 1903—reportado en febrero de 2026—, es una rareza para los astrónomos.

Las enanas rojas son las estrellas más abundantes del universo. Son más pequeñas, frías y tenues que nuestro Sol, pero pueden brillar durante cientos de miles de millones de años.

“Si queremos entender cómo se forman los planetas en la galaxia, necesariamente tenemos que estudiar sistemas alrededor de enanas rojas, porque son la población estelar dominante”, señala Primož Kajdič, investigador del Instituto de Geofísica de la UNAM.

Estudiar estos sistemas es clave, pues podrían albergar una diversidad de mundos mucho mayor de lo que imaginamos.

Un sistema “fuera de orden”

Lo que hace particularmente interesante a LHS 1903 es la disposición inesperada de sus planetas. El más cercano es rocoso y pertenece a las llamadas super-Tierras.

Los dos siguientes son gaseosos; se clasifican como planetas subneptunos debido a sus masas. Y aquí viene lo interesante: el planeta más lejano vuelve a ser rocoso.

“Lo sorprendente es encontrar un planeta sólido más allá de dos gigantes gaseosos. No es lo que esperaríamos según el modelo clásico”, comenta Kajdič.

Y es que esta configuración rompe con el patrón que observamos en nuestro propio Sistema Solar, donde los mundos rocosos están cerca del Sol y los gigantes gaseosos más lejos.

Los astrónomos estaban convencidos que esta es una regla general que aplica en todos los sistemas planetarios.

Las teorías actuales establecen que los planetas se forman en un disco de gas y polvo que rodea a las estrellas jóvenes, conocido como disco protoplanetario.

En las regiones más cercanas a la estrella, las temperaturas son extremadamente altas. Allí, los compuestos volátiles —como el agua, el metano o el dióxido de carbono— permanecen en estado gaseoso y no pueden condensarse. Los materiales resistentes al calor, como silicatos y metales, forman granos sólidos que con el tiempo colisionan y se adhieren unos a otros, formando cuerpos cada vez mayores hasta dar origen a planetas rocosos.

Las masas de estos planetas no son suficientes como para retener grandes cantidades de volátiles, razón por la que cerca de las estrellas no vamos a encontrar los llamados gigantes gaseosos.

Más lejos de la estrella, a partir de una distancia conocida como la “línea de nieve”, la temperatura desciende lo suficiente como para que el agua y otros compuestos se congelen y forman granos sólidos. Esto cambia radicalmente el proceso de formación.

Cuando el hielo se incorpora al material sólido puede participar en el crecimiento de los cuerpos rocosos que eventualmente formarán los núcleos de los planetas gigantes. Esto permite que los núcleos planetarios crezcan mucho más rápido y alcancen tamaños mayores.

Una vez que un núcleo alcanza aproximadamente diez veces la masa de la Tierra, su gravedad se vuelve lo suficientemente intensa como para retener el gas ligero que lo rodea —principalmente hidrógeno y helio— antes de que el disco protoplanetario se disperse.

“El crecimiento rápido del núcleo es clave: si logra hacerse lo bastante masivo mientras todavía hay gas disponible en el disco, puede desencadenar un proceso de acumulación acelerada y convertirse en un gigante gaseoso”, destaca el especialista en ciencias espaciales.

En cambio, si el núcleo no alcanza esa masa crítica a tiempo, el gas desaparece y el planeta queda como un mundo rocoso o helado.

En la mayoría de los sistemas planetarios, este proceso ocurre mientras el disco protoplanetario todavía contiene abundante gas. Por eso, los núcleos que se forman en las regiones externas crecen con rapidez, alcanzan la masa crítica y se transforman en gigantes gaseosos.

Pero ¿qué ocurre si el planeta se forma cuando este gas ya no está disponible?

Los investigadores proponen que el planeta más externo del sistema LHS1903 se formó cuando el disco ya había perdido gran parte de su gas.

En ese escenario, el núcleo pudo crecer gracias al material sólido aún disponible —rocas y posiblemente hielo—, pero no había suficiente hidrógeno y helio para formar una envoltura gaseosa masiva. El resultado sería un planeta rocoso ubicado en una región donde, según el modelo clásico, debería existir un gigante gaseoso.

Este posible mecanismo, planteado en años recientes dentro del modelo de acreción de núcleo, sugiere que el momento en que se forman los planetas puede ser tan importante como la distancia a la estrella. Más que la posición orbital, la evolución del disco protoplanetario podría ser la clave de la arquitectura planetaria.

Intriga científica

Los tres primeros planetas en la estrella LHS 1903 fueron detectados por el telescopio espacial TESS y confirmados con observaciones en México, Canarias y Hawái. Hasta ese momento, el sistema parecía convencional.

Pero nuevas mediciones realizadas por el telescopio espacial Cheops, de la Agencia Espacial Europea, revelaron un cuarto planeta, el más lejano.

El nuevo mundo detectado tiene un tamaño aproximadamente 1.7 veces mayor que la Tierra y una masa cercana a seis veces la terrestre.

“Esa combinación implica que su densidad es muy similar a la de nuestro planeta. No estamos hablando de un mini-Neptuno con atmósfera gruesa, sino de un mundo predominantemente rocoso”, subraya Kajdič.

Este planeta sólido más allá de dos gigantes gaseosos, es más frío que la mayoría de los exoplanetas, ya que su temperatura superficial estimada es de 333 Kelvin o 60 grados centígrados.

Un sistema que parece haberse formado “al revés”

Una de las hipótesis para explicar esta rara configuración sugiere que el planeta exterior se formó cuando el gas del disco protoplanetario ya estaba casi agotado.

“Los tres planetas internos se formaron cuando el disco aún era rico en gas. El primero se encontraba dentro de la línea de hielo, por lo que permaneció como un planeta rocoso. Los otros dos sí pudieron capturar envolturas gaseosas. El planeta exterior habría surgido unos millones de años después, cuando el gas prácticamente había desaparecido”, explica el astrónomo.

Esto implicaría que la formación planetaria no ocurre en un solo episodio, sino en fases escalonadas.

“Algunas teorías recientes proponen incluso una formación de los planetas de adentro hacia fuera (inside-out planet formation). En este modelo, los primeros planetas nacen en las regiones internas del disco, muy cerca de la estrella joven.

Esos cuerpos iniciales modifican la distribución de gas y polvo, alteran la dinámica del material circundante y, con el tiempo favorecen la aparición de nuevos planetas en regiones cada vez más lejanas.

Es decir, la arquitectura final del sistema no surge de manera simultánea, sino como una secuencia que se va extendiendo progresivamente hacia el exterior”, explica el investigador.

¿Migración planetaria?

Otra posibilidad es que los planetas no estén hoy donde nacieron, advierte Kajdič.

“Hoy sabemos que los planetas no necesariamente permanecen en su lugar de origen. Las interacciones con el disco de gas o entre los propios planetas pueden modificar las órbitas de manera significativa”.

En ese escenario, los gigantes gaseosos podrían haberse formado más lejos y luego desplazado hacia el interior. O bien, el planeta rocoso exterior podría haber sido empujado hacia una órbita más distante.

“La arquitectura que observamos hoy podría ser el resultado de una historia orbital compleja y dinámica”.

Sea cual sea la explicación —formación en etapas o migración planetaria— LHS 1903 sugiere que la diversidad de sistemas planetarios alrededor de enanas rojas podría ser mayor de lo previsto.

«Si algo deja claro este hallazgo es que la formación planetaria no sigue un único guion. Los discos evolucionan, el gas se dispersa, los planetas migran y el tiempo introduce variaciones decisivas. En ese proceso dinámico, cada sistema escribe su propia historia. Tal vez nuestro Sistema Solar no sea la regla, sino solo una de muchas posibles configuraciones.»