España

Diseñadas para sobrevivir sin que nadie las cuide, las especies silvestres cada vez despiertan más interés biotecnológico. Por ejemplo, a la hora de trasladar a variedades comerciales para la alimentación sus genes de resistencia a sequías, plagas o calor. Nos lo cuentan expertos del Centro de Recursos Fitogenéticos y del Banco de Germoplasma Vegetal César Gómez Campo, el primer banco de semillas silvestres del mundo.

Le he estado haciendo una foto casi todos los días, como si fuera mi bebé”, dice a SINC la investigadora Lucía de la Rosa, delante de una frondosa maceta de invernadero. Se había pasado casi un año esperando ver primero brotar, luego florecer, a un esquivo Cicer canariense, endemismo de La Palma y pariente silvestre del garbanzo.

“Una colega que se iba a jubilar no había sido capaz de multiplicarlo y, por no tirarlas, me trajo 20 semillas”, recuerda. Nadie apostaba porque lo lograra, pero tras once meses de mimos diarios, salió una flor. “Ahora están madurando las vainas”, señala orgullosa esta científica del INIA-CSIC, especializada en el estudio y la conservación de las especies cultivadas y sus parientes silvestres.

Estamos en el banco nacional de semillas de España, el Centro de Recursos Fitogenéticos (CRF), dependiente del Instituto Nacional de Investigación y Tecnología Agraria y Alimentaria (INIA). Por fuera, parece una casa de labradores grande, de una sola planta, sencilla y pintada de blanco, en el campo de Alcalá de Henares. Dentro, guardan cientos de miles de semillas, entre ellas, de plantas silvestres de uso alimentario (ESUA), junto a especies cultivadas desaparecidas o amenazadas.

Es decir, “variedades tradicionales que fueron sustituidas por otras mejoradas genéticamente, sobre todo, durante la revolución verde de mediados del siglo XX”, explica a SINC la ingeniera agrónoma Isaura Martín Martínez, también investigadora del CRF.

Algunas de ellas podemos verlas en el “campo de multiplicación”, donde siembran las semillas que están a punto de caducar, para renovar la colección. “Viven mucho tiempo, pero no son eternas, hay que regenerarlas”, apunta Martín, que se especializa en fisiología y longevidad de las semillas.

En el terreno que se extiende frente al centro, vemos trabajadores recogiendo los frutos de cereales sembrados en otoño: tipos ya desaparecidos o amenazados de trigos primitivos – como Triticum turgidum–,  escañas –T. dicoccum o escaña melliza y T. monococum o escaña menor—, espeltas de Asturias que ya casi no se cultivan, cebada silvestre Hordeum spontaneum…, junto a variedades autóctonas de leguminosas que antes se usaban para alimentación animal, como vezas, yeros, algarrobas, alholbas o alberjónes –hoy todas ellas sustituidas por soja importada–.

Además, el CRF centraliza una copia de seguridad de todas las colecciones de semillas guardadas en la red española de bancos de especies de cultivo. También recoge germoplasma de variedades mejoradas que ya no se comercializan y han caducado en el registro español de variedades. “Esto es como el punto limpio de las semillas”, bromea esta investigadora.

Pero, quizá, lo que más le gusta de su trabajo a Isaura Martín son sus excursiones para recoger variedades tradicionales de cultivo, recorriendo pueblos y aldeas. En un corcho poblado de fotos, un paisano con sombrero de paja sostiene sonriente un tomate más grande que su cabeza, otro se sujeta el sombrero de paja sentado encima de una calabaza. En estas expediciones, los científicos van buscando esas semillas que han ido pasando de generación en generación, que han sido cultivadas por abuelos y bisabuelos, que nunca han sido compradas en una tienda. “Las identificamos por sus características y por la historia que los agricultores locales nos cuentan de ellas”, nos confía.

Parientes silvestres de cultivos

Otra parte de la colección del CRF está formada por parientes silvestres de cultivos, “variedades próximas genéticamente a plantas cultivadas, de la misma especie o especies muy cercanas, que nunca se han cultivado, pero pueden llegar a donar genes para transferir características de interés a las plantas cultivadas. Al ser silvestres, están adaptadas al frío, al calor, a sequías, plagas y enfermedades, porque tienen que sobrevivir en condiciones más extremas que las cuidadas por un agricultor”, explica Martín.

Son muy apreciadas por algunos científicos y empresas visionarias del sector de la alimentación. “Hace poco, vino a España una compañía holandesa a recoger semillas silvestres de lechuga y zanahoria. También estuvo en los campos de Ronda el equipo del investigador canadiense Albert Vanderberg, especializado en mejora de lentejas, para recoger semillas de lentejas silvestres, recuerda de La Rosa.

Esa recolección de semillas silvestres es toda una aventura, que comienza en las bases de datos botánicas, para revisar dónde podrían encontrarse. A continuación, llega lo divertido: identificarlas sobre el terreno –para eso, es necesario ir cuando están en floración, para reconocerlas por sus flores–. “Muchas son especies de cuneta, o de zonas ruderales –suelos con escombros, grietas en el cemento, etc–. Te puedes encontrar que justo han desbrozado unos días antes… o que están construyendo allí edificios o infraestructuras de transporte”, nos dice Martín.

Eso último ocurrió en Coslada, en 2010, en un terreno donde crecía alcachofa silvestre y la única especie de trigo primitivo silvestre hallada en la península ibérica –Triticum baoeticum–. Aunque las obras finalmente arrasaron con todas las plantas, en 2011, los científicos pudieron salvar a tiempo muestras de semillas.

“Nos avisaron los botánicos –el equipo de Juan Manuel Labarga, investigador de la UPM– de que iban a construir, así que las trajeron aquí para guardarlas en el CRF”, nos dice Martín.

Sin embargo, su recolección no es tan fácil como con las plantas cultivadas, porque las silvestres tienen sus trucos para sobrevivir. Por ejemplo, no maduran todas a la vez, por lo que no se pueden recoger todas de golpe. Además, en las plantas de cultivo, las espigas no se desarticulan y las vainas no se abren solas –han sido seleccionadas así a lo largo de milenios para facilitar su cosecha–. Sin embargo, las silvestres están dotadas para la dispersión de las semillas, con lo que hay que ir todos los días para irlas recogiendo antes de que caigan al suelo –porque entonces sería mucho más difícil–.

Otro mecanismo de supervivencia que las diferencia de las cultivadas es la dormición: germinan de forma escalonada, incluso a lo largo de años, porque si lo hicieran todas a la vez la especie correría más peligro de perecer ante una sequía, un desbroce, un rebaño de ovejas… “Una semilla de cultivo la pones en las condiciones adecuadas de temperatura y humedad y germina en el momento, pero una silvestre puede tardar años, por eso es muy difícil, a veces, saber si es que está muerta o si solo está dormida”.

Algunos ejemplos son la amapola silvestre o el altramuz silvestre –“cuya semillas se parecen a una piedra… y se comportan como una piedra”–. “A veces, es más fácil volver al campo para recolectar semillas nuevas que reproducir las que tenemos aquí”, admite Martín.

El primer banco de semillas silvestres del mundo

Uno de los pioneros en el mundo en la recolección y conservación de semillas silvestres fue el ingeniero agrónomo y biólogo, César Gómez Campo. Cuando empezó a investigar en el INIA cómo afectan las radiaciones ionizantes a los seres vivos, en la década de 1960, usó muchas plantas silvestres en sus experimentos. ¿Qué hago ahora con estas semillas sobrantes?, se preguntó cuando sus estudios habían terminado.

“Tenía un material que consideraba valioso y decidió conservarlo e incrementarlo”, cuenta a SINC el que fuera su alumno y colaborador, el investigador Santiago Moreno. Así fue como nació el Banco de Germoplasma Vegetal “César Gómez Campo”, de la Universidad Politécnica de Madrid (BGV-UPM), que se convirtió en 1966 en el primer banco de semillas silvestre del mundo. Décadas después, había recopilado un material inmenso, en España y a lo largo del Mediterráneo, incluso en rincones que hoy son prácticamente inaccesibles para los científicos occidentales, como Argelia, Libia o Irán.

“Los sistemas de conservación de los bancos de semillas que existían entonces no eran adecuados. Con las cultivadas, no hay tanto problema, porque vas sembrando y multiplicando la colección, así la  renuevas. Sin embargo, las silvestres, cuanto menos las toques, mejor. Por un lado, son más difíciles de cultivar: siembras mil y salen treinta. Y esas treinta son las que se han adaptado a tus condiciones de cultivo artificiales, con lo que es una muestra sesgada, no es exactamente la original que nace en la naturaleza”, nos explica Moreno, que es director del BGV en la actualidad y profesor de Biotecnología y Biología Vegetal de la UPM.

Para solucionar este reto, otra de las aportaciones de Gómez Campo fue inventar “una cápsula de supervivencia prácticamente eterna. Con este método, teóricamente, las semillas pueden durar siglos”, asegura a SINC César César Pérez Ruiz, catedrático de Biotecnología y Biología Vegetal en la Universidad Politécnica de Madrid (UPM) y anterior director del BGV, mientras nos muestra un sencillo tubo de ensayo.

El proceso es sorprendentemente artesanal: “Primero, limpias las semillas, las miras con lupa para asegurarte que no tengan bichos. Luego, las metemos en sobres de papel con gel de sílice, para que se desequen, en una cámara en condiciones especiales de humedad y temperatura”, explica. En cuanto están listas, se pasan a los tubos, que se sellan a mano con un soplete y se someten a una prueba de estanqueidad –consistente en sumergirlos 48 horas en agua–. Por último, las guardan en la cámara de conservación, a -16 ºC.

En otra de las salas, vemos cajas apiladas con cientos, miles de sobres con semillas. “Aspiramos a meterlo todo en tubos y llevarlo a la cámara de conservación, pero tenemos un cuello de botella entre lo que recogemos en el campo y la capacidad de procesar y meter en cámara. Tenemos sobres de los años 1970 esperando todavía; tenemos que hacerles pruebas de germinación antes de prepararlas para sellarlas. Nunca hemos tenido suficiente personal para llegar a todo”, confiesa Moreno.

De hecho, el BGV-UPM sobrevive gracias al apoyo de estudiantes en prácticas, no tiene personal contratado. “Este es el banco de la buena voluntad”, observa por su parte Pérez Ruiz. “Seguimos cuidándolo porque sería una barbaridad renunciar a este legado. Pero no hay un plan nacional, ni autonómico para sostener en lo más básico estas instalaciones. 2022 fue el último año en que recibió dinero del INIA-CSIC para el mantenimiento. Estamos en un limbo. Ningún organismo se considera responsable económicamente de este banco pionero en el mundo”, se lamenta.

A la caza de genes valiosos para cultivo

Esta realidad choca con los millones de euros que vale el contenido de sus colecciones. “Las parientes silvestres de plantas de cultivo mueven mucho dinero”, asegura Moreno, que acaba de llegar del Congreso Mundial de Semillas –este año, 2026, bajo el lema “Semillas resilientes para un mejor futuro”–, celebrado en Portugal, donde la inscripción costaba 3 000 euros. “El negocio está en las silvestres, en crear supercultivos a partir de sus capacidades de resistencia.

“La biotecnología está abriendo una forma de domesticación acelerada: en vez de tardar miles de años, se hace en 10 o 15 años en el laboratorio”, apunta este investigador. La clave está en encontrar sus genes de resistencia y adaptación al estrés ambiental y físico (salinidad, temperatura, seguía) y, mediante edición genómica, cambiar los genomas de nuevas plantas de cultivo.

“Muchas empresas están interesadas en adquirir nuestras semillas, con este fin”, nos dice. Sin embargo, al pertenecer a una universidad pública –y, por tanto, al Estado español–, el BGV no tiene permitido comerciar con ellas. “En este contexto de grandes horizontes y prosperidad, nuestro banco, rico en semillas, sigue siendo pobre en recursos”, observa Moreno.

Mientras, “China está patentando más variedades de cultivo que ningún país. Tienen visión comercial, tecnología puntera, mano de obra barata y dinero para llevarlo a cabo”, comenta por su parte Pérez Ruiz. Lo han hecho ya en trabajos pioneros como la domesticación de novo del arroz silvestre. Otro ejemplo son los experimentos recientes –esta vez, en EE UU– para, mediante el sistema CRISP/Cas con células vegetales en vitro, trasladar a la fresa cultivada –Fragaria ananassa– los alelos de adaptación a la salinidad y a la sequía de la fresa silvestre que se cría en las playas chilenas –Fragaria chiloensis– y, de esta forma, poder cultivarla con agua desalinizada, con mayor concentración de sales, para afrontar la creciente escasez de agua dulce para riego.

No hay planta que «no sirva para nada»

Pero el BGV no solo guarda parientes silvestres de plantas de cultivo. También tiene una de las colecciones más destacadas del mundo de crucíferas silvestres y silvestres endémicas amenazadas. ¿Por qué es tan importante para estos científicos conservarlas? “Los ecosistemas son sistemas complejos: cuando quitas piezas, puede haber consecuencias, por eso conservamos estas especies, por si acaso. Por otro lado, igual hoy no sirven para nada, pero dentro de unos años se pueden descubrir aplicaciones nuevas, compuestos para tratar enfermedades, por ejemplo”, concluye Moreno.