Por: Camilo Cortés- Useche, PhD.
El licenciado llegó al pueblo una mañana de cielo blanco, cuando el calor empezaba a levantar del suelo un polvo espeso que se pegaba a los zapatos y a la ropa, también blanca, por cierto. Era un pueblo encaramado en la cuenca alta de la isla, con calles estrechas, empinadas y polvorientas, donde las casas parecían sostenerse unas a otras para no terminar rodando cuesta abajo. En cada esquina sonaba una música distinta. Había guitarras desafinadas, botellas que chocaban al compás de las conversaciones y un olor a tabaco, café recalentado y gasolina. Las motos subían y bajaban por las pendientes como si conocieran todos los caminos que no aparecían en ningún mapa.
El licenciado había llegado acompañado por líderes de la comunidad y representantes de la cooperación francesa. Venían a conocer un lugar señalado en los documentos como una zona de alto riesgo, expuesta a las lluvias, los deslaves y la presencia de algunos ruines que hacian más riesgosa la vida en el lugar. En los informes, todo parecía sencillo: población vulnerable, infraestructura insuficiente, contaminación y necesidad de intervención. Pero bastó caminar unas cuantas calles para entender que la vida no cabía en aquellas palabras.
La gente barría el polvo frente a sus puertas, los niños corrían entre perros flacos y gallinas sueltas, y los hombres mayores discutían sobre los apoyos del gobierno que nunca terminaban de llegar. En los rostros había cansancio, aunque también una obstinada voluntad de salir adelante. La gente hablaba de lo que faltaba, pero también de lo que podía hacerse si alguien escuchaba de verdad.
Fue entonces cuando el licenciado vio el río. Bajaba por la cuenca con un ruido ensordecedor, arrastrando bolsas, botellas, ramas, restos de animales, latas oxidadas y toda clase de desperdicios. El agua, que alguna vez debió de ser diáfana, tenía el color de la tierra revuelta y un olor agrio que se mezclaba con el de las aguas negras. En las orillas se acumulaban montones de basura, como si alguien hubiera querido construir pequeñas montañas con todo aquello que el pueblo ya no sabía dónde poner.
Un anciano que los acompañaba señaló la corriente y contó que, cuando llovía durante varios días, el río se llevaba hasta lo imposible. Decían que entre los desperdicios habían aparecido animales con dos cabezas, peces con mil colas y criaturas que nadie había visto antes de que desaparecieran bajo el agua. Algunos juraban haber escuchado voces en los arroyos durante las noches de tormenta. Otros aseguraban que eran los muertos, que bajaban a reclamar lo que los vivos habían olvidado.
El licenciado escucho atentamente, creyendo que se trataba de una de esas historias que los pueblos inventan para hacer más llevadera la desdicha. Pero, mientras observaba la corriente, le pareció ver una sombra con demasiadas patas girando entre las ramas. Parpadeó y ya no estaba. Nadie dijo nada. Quizá había sido un animal, una bolsa atrapada entre las raíces o alguna criatura nacida de tantos años de abandono.
Lo cierto era que el río no distinguía entre lo que la gente arrojaba por descuido y lo que dejaba caer por desesperación. Todo descendía por la cuenca, atravesaba los arroyos y seguía su camino hacia las playas, hasta alcanzar el mar Caribe. Y allá, donde el agua cambiaba de color y la arena parecía limpia bajo el sol, terminaba apareciendo una parte de aquella historia que el pueblo, sin saberlo, había aprendido a esconder.
La visita confirmó lo que los informes anunciaban, pero también dejó algo más difícil de medir. Los líderes comunitarios, los cooperantes y el propio licenciado comprendieron que no bastaba con señalar los problemas ni con enumerar las carencias. Había que encontrar una manera de trabajar juntos, de llevar conocimiento allí donde faltaban oportunidades y de convertir las buenas intenciones en proyectos capaces de permanecer en el tiempo.
Aturdido por las miradas, por el olor del agua y por la desesperación silenciosa de la gente, el licenciado hizo un llamado a la innovación, al conocimiento y al desarrollo. Habló de impulsar proyectos que no llegaran a la isla solo para cumplir con un informe y marcharse después, sino que echaran raíces en aquel punto de la cuenca, como árboles firmemente arraigados en la tierra. Proyectos que sirvieran a la comunidad y al río, que devolvieran dignidad a las calles y que impidieran que la basura siguiera viajando hasta las playas y el mar.
El licenciado continuó su camino por otros pueblos, aunque nunca consiguió olvidar aquella corriente oscura ni las historias de animales imposibles que bajaban desde la cuenca.
Ahora, diez años después, planea regresar.
Quiere volver con la comunidad al mismo lugar, caminar otra vez por las calles empinadas, escuchar las guitarras melódicas de las esquinas y reconocer los rostros que todavía permanezcan allí. Lleva consigo la curiosidad de quien desea saber qué cambió, pero también el temor de encontrarlo todo igual. No sabe si las criaturas de dos cabezas continúan viajando hacia el mar Caribe o si alguna de aquellas ideas logró echar raíces.
Hay algo que sí sabe: el río habrá seguido contando su historia, incluso cuando nadie se detuviera a escucharlo. Por eso volverá. No para comprobar si tenía razón hace diez años, sino para escuchar lo que el tiempo ha hecho con aquella intención.
Porque los ríos, como la gente leal, no olvidan fácilmente. Y algunas historias, aunque parezcan enterradas bajo el polvo y la basura, esperan durante años a que alguien regrese para terminarlas.
Al recordar esta historia, pensé que lo que ocurre lejos de las playas también forma parte de la salud de nuestros mares. Por eso, cada tercer sábado de septiembre se conmemora el Día Mundial de las Playas, una iniciativa impulsada en 1991 por la organización Ocean Conservancy a través de la campaña internacional de limpieza de costas International Coastal Cleanup, que convoca a voluntarios de más de 150 países. Más que recoger residuos durante una jornada, esta fecha invita a reconocer que la conservación de los espacios marino-costeros comienza mucho antes de llegar a la arena.
La basura que se acumula en las calles, los residuos que terminan en los arroyos y las descargas de aguas residuales pueden recorrer kilómetros hasta alcanzar el océano. A ello se suman los desechos de las embarcaciones, los derrames de hidrocarburos y la contaminación generada por las actividades humanas, tanto en tierra como en el mar. Entre los residuos más persistentes se encuentran los plásticos, que se fragmentan con el tiempo en partículas pequeñas y pueden ser ingeridos por peces, aves y otros organismos marinos. La contaminación se combina, además, con otras presiones que afectan a las costas, como el aumento del nivel del mar asociado al cambio climático, la pérdida de hábitats y el deterioro de los ecosistemas que protegen a las comunidades costeras.
Frente a este panorama, las jornadas de limpieza son una oportunidad para actuar, pero también para preguntarnos por qué los residuos llegan hasta las playas y qué hace falta para evitar que vuelvan a hacerlo. Participar implica recoger y separar la basura, disponer correctamente de los residuos, reducir el consumo de plásticos de un solo uso y evitar arrojar colillas, botellas, envoltorios o líquidos contaminantes en la arena, las calles y los cauces de agua. También significa respetar la vida marina, no tocar los corales ni lastimar a los animales durante las actividades de buceo, utilizar productos de cuidado personal con menor impacto ambiental y reportar ante las autoridades las descargas o prácticas que puedan perjudicar los ecosistemas.
Sin embargo, ninguna jornada de limpieza será suficiente si no se acompaña de mejores sistemas de recolección de residuos, saneamiento e infraestructura, educación ambiental, generación de talento humano y participación comunitaria. La historia de aquel pueblo de la cuenca alta recuerda que detrás de cada playa contaminada puede existir una cadena de problemas que comienza mucho antes de que la basura llegue al mar. También demuestra que las soluciones necesitan cooperación, conocimiento y proyectos de tecnología que respondan a las condiciones reales de la gente.
Conservar las playas no consiste únicamente en mantenerlas limpias para quienes las visitan, sino también en cuidar los ríos, los arroyos, los bosques, lo manglares y las comunidades que forman parte de una misma cuenca. En el Día Mundial de las Playas, la invitación es a sumarse a las iniciativas locales y, al mismo tiempo, mirar más allá de la orilla. Porque el mar recibe lo que dejamos atrás, pero también refleja las decisiones que tomamos como sociedad. Y si queremos playas más limpias y ecosistemas marinos saludables, el trabajo debe comenzar allí donde nace el problema, incluso en esos pueblos alejados de la costa, donde un río sigue llevando consigo los rastros de nuestra forma de vivir.
Sobre el autor:
Camilo Cortés- Useche es biólogo Marino. Maestro en Manejo de Ecosistemas Marinos y Costeros, con doctorado e investigación postdoctoral en el área de las Ciencias Marinas. Su trabajo en el campo de la gestión y ecología marina en la República Dominicana le valió el reconocimiento del “Premio Dr. Alonso Fernández González 2020” a las Mejores Tesis de Posgrado del CINVESTAV en la Categoría Doctorado. Innovador de la sostenibilidad, científico y distinguido por sus aportes en la conservación de la naturaleza. Durante los últimos años ha liderado coaliciones para un modelo resiliente al cambio climático basado en la ciencia, con una idea firme del desarrollo social justo.
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