La naturaleza brinda paisajes que no solo agradan por sus formas y colores, sino también por sus melodías de fondo. Un nuevo estudio, publicado en Frontiers in Bird Science, explora qué rasgos del canto de las aves nos gustan, con el propósito de mejorar los parques y optimizar el diseño de lugares estresantes.
Para saberlo, los expertos pidieron a varias personas que escucharan los cantos de los pájaros y que los valoraran en función de si les gustaban o no. Luego, cruzaron esta información con datos sobre las características acústicas del gorjeo e identificaron cuáles fueron los rasgos que resultaron más agradables.
Según explica a SINC el coautor del trabajo e investigador de la Universidad de Tübingen (Alemania) Christoph Randler, “nuestros resultados mostraron que los sonidos con un ancho de banda más estrecho –rango de frecuencias– y una mayor complejidad acústica fueron valorados como más agradables”, indica. Además, también encontraron que los sonidos graves y fuertes, pero con una menor amplitud y frecuencia, tendían a percibirse mejor.
Los expertos no saben con certeza por qué nos parecen más bonitas unas canciones que otras, pero creen que los humanos podemos tener preferencias perceptivas por ciertas estructuras acústicas que hacen que algunos sonidos sean más fáciles o agradables de procesar.
“Nuestro estudio establece qué características acústicas están asociadas con el agrado; pero todavía no nos indica con exactitud por qué nuestros cerebros prefieren más un tipo de gorjeo que otro”, advierte. Sin concluir nada, Randler cree que esto podría estar vinculado a las preferencias musicales generales donde la gente prefiere tonos ni demasiado altos ni demasiado bajos.
Música para los oídos
Los sonidos de las aves suelen considerarse unos de los más agradables de la naturaleza y, según apunta el investigador, estudios anteriores han demostrado que pueden contribuir al bienestar psicológico de las personas.
No obstante, no todos los gorjeos se perciben de igual forma, ya que cada especie aviar ha desarrollado vocalizaciones muy diversas en función de sus necesidades biológicas y comunicativas.
“La estructura acústica de una vocalización está moldeada por factores como la anatomía del ave, su hábitat y el tipo de información que necesita transmitir” informa el investigador. “Por ejemplo, los sonidos más graves se transmiten más lejos que los agudos y existe una evidencia sustancial de que muchos pájaros pueden comunicarse entre sí, e incluso superar las fronteras entre especies para comunicar un peligro”.
El investigador aporta que su propio trabajo sobre los carboneros comunes ilustra esta cuestión en profundidad al descubrir que sus llamadas de acoso –o mobbing en inglés– pueden variar según el depredador que encuentren. “En otras palabras, las vocalizaciones de las aves no son simples sonidos arbitrarios; su estructura puede contener información biológica muy importante”, afirma.
Para saberlo, los científicos reclutaron a 84 personas que escucharon fragmentos cortos de 123 cantos de aves silvestres comunes por toda Alemania. Después, pidieron a los participantes que puntuaran cada fragmento en una escala del uno al cinco en función de si les resultaba agradable o no y les hicieron preguntas para evaluar sus conocimientos sobre aves.
Seguidamente, los científicos analizaron los fragmentos y midieron aspectos como la amplitud, la frecuencia y la complejidad de cada canto. Los datos se cotejaron con las puntuaciones que concedieron los participantes y con su interés por este tipo de animales ovíparos.
Los expertos identificaron 21 especies entre sus muestras –que también formaron parte de un estudio sobre la función desestresante del canto de los pájaros –y las compararon con las valoraciones que recibieron en este estudio.
El canto de los mirlos
Entre los resultados, el canto de los mirlos se consideró uno de los más agradables, mientras que los de la lechuza se rechazaron. Los primeros se consideraron reconfortantes, con un ancho de banda más estrecho y de mayor complejidad.
Así, los cantos que obtuvieron las puntuaciones más altas evitaban un rango de frecuencias en el que el oído humano es muy sensible. Las personas a las que más les gustaban las aves tendieron a puntuarlas mejor, pero su nivel de conocimiento sobre ellas no influyó en sus valoraciones.
“Es posible que estemos condicionados a preferir sonidos con más amplitud y frecuencias moderadas, ya que indican un entorno seguro, saludable y reconfortante en el que podemos relajarnos”, afirma el coautor del trabajo e investigador en la misma universidad alemana, Nadine Kalb.
Por su parte, Randler explica que podrían darse muchas razones que explicaran por qué nos gustan unos cantos y no otros. Uno de ellos es que el gorjeo se experimenta en un contexto natural. En su investigación sobre paseos guiados para observar aves encontraron que la restauración psicológica estuvo relacionada con factores como la curiosidad, la motivación y la riqueza de especies.
“Por lo tanto, no reduciría la belleza de estos cantos simplemente a sonidos bonitos. Cuando escuchamos a un pájaro piar al aire libre podemos experimentar ese sonido como agradable, reconocer que proviene de un animal vivo, sentir curiosidad por el tipo de especie que es y sentirnos conectados con el medio natural”, concluye.
En esta investigación, los expertos no pudieron analizar ni la frecuencia de los cantos ni tampoco su intención comunicativa. Tras él, les gustaría llevar a cabo investigaciones más amplias que incluyan a más personas de diferentes culturas y observadores de aves con más experiencia.
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