Por: Camilo Cortés- Useche, PhD.

 

Había 2.200 kilómetros entre ellos. Una distancia que podía medirse en mapas, carreteras, horas de vuelo y fronteras invisibles. Pero había cosas que ninguna línea recta podía separar; la sangre, los recuerdos, las palabras que no necesitaban pronunciarse y esa extraña certeza de saber que, aun lejos, el otro estaba ahí.

Aquella noche, el hermano mayor había vivido una de esas noches que quedan para siempre en la memoria. Había recibido un premio de literatura, rodeado de aplausos, abrazos y palabras que reconocían el valor de las historias y la ciencia. Sonreía, agradecía y trataba de disfrutar cada instante, pero debajo de aquella emoción había otra sensación, más silenciosa y difícil de explicar. Nostalgia. Mientras sostenía el reconocimiento entre sus manos, pensó en casa. Pensó en los suyos. Y, pensó en su hermano menor, aquel con quien compartía más que un apellido; una historia hecha de juegos, retos, complicidades, diferencias, discusiones, risas y llantos que solo los hermanos pueden entender.

Aquella madrugada, cuando finalmente se quedó solo en su habitación, algo extraño comenzó a recorrerlo. Una inquietud. Una vibración difícil de nombrar. No sabía de dónde venía. Era como una sensación de ausencia, como si algo estuviera ocurriendo en algún lugar muy profundo y, de alguna manera, su cuerpo lo supiera antes que su razón.

Intentó dormir. Pero como siempre el sueño fue intranquilo. Entre imágenes fragmentadas, recuerdos de su tierra natal y la emoción de los acontecimientos del día, aparecía una sensación persistente de movimiento. Como si la tierra bajo sus pies no estuviera completamente quieta. Como si una parte de él permaneciera despierta, escuchando algo que todavía no podía comprender.

A 2.200 kilómetros de allí, su hermano menor comenzaba una mañana como tantas otras.

Se levantó con la responsabilidad y la energía que lo caracterizaban. Preparó su café, revisó rápidamente sus cosas, abrazo su “alma” y salió rumbo al centro de la ciudad en su motocicleta.

Era una mañana aparentemente normal. Hasta que dejó de serlo. Pocos minutos después, mientras se encontraba dentro de un edificio de cinco pisos, la tierra comenzó a moverse. Al principio nadie entendía qué estaba pasando. El edificio crujió. Los objetos comenzaron a desplazarse. Los vidrios vibraron. Durante unos segundos, el ambiente quedó completamente enmudecido. Todos parecían buscar una respuesta en los ojos de los demás.

Y entonces llegaron los gritos. Los rezos. Los llamados desesperados a todos los santos. El miedo se apoderó de los pasillos. Algunos comenzaron a empujarse intentando llegar rápidamente a las escaleras. Cinco pisos parecían de pronto una distancia interminable. Cada segundo pesaba. Él, sin embargo, mantuvo la serenidad que siempre lo había distinguido. Bajó. Con rapidez, pero sin perder el control. Mientras descendía entre el crujir de las paredes, los vidrios rotos y las alarmas que sonaban por todas partes, solo había una preocupación que se hacía cada vez más fuerte en su cabeza, sus seres amados estaban lejos.

Cuando finalmente salió, llegó junto a sus colegas y decenas de trabajadores a la gran plaza. Allí, todavía aturdidos por el temblor, los llantos y la incertidumbre, intentaban comprender la magnitud de lo que acababa de suceder. Entonces ocurrió algo que terminó de romper el corazón de la ciudad. La catedral cayó.

Aquella construcción, símbolo de fe y esperanza, que durante casi cien años había permanecido en pie, sucumbió ante la fuerza de la tierra. Por unos instantes, nadie supo qué decir. Solo quedaron el polvo, el silencio y los rostros aguados de quienes miraban incrédulos aquello que durante generaciones había parecido indestructible.

Mientras tanto, al otro extremo del país, el hermano mayor despertó. Abrió los ojos con una extraña sensación de vértigo. Una sensación de estar ausente. De haber estado toda la noche buscando algo que todavía no sabía qué era. Tomó su teléfono. Necesitaba saber. Necesitaba entender aquella inquietud que lo había acompañado durante el sueño. La noticia comenzó a revelar lo ocurrido. Entonces comprendió, aquella vibración, aquella noche inquieta, aquella sensación de que algo no estaba bien. No había sido capaz de explicarla, pero ahora tenía sentido. Lo primero fue comunicarse con su hermano. Los minutos parecían interminables. Las llamadas, los mensajes, la espera. La angustia de no saber. Hasta que finalmente escuchó su voz. Estaba bien, había salido, estaba a salvo. Y, sin embargo, ninguno de los dos pudo contener la emoción. Hablaron, se escucharon, se desahogaron. Porque a veces la distancia desaparece cuando dos personas comparten el mismo miedo. Porque hay vínculos que no necesitan kilómetros, teléfonos ni palabras para existir. Eran hermanos.

Uno había celebrado la vida, los sueños y el reconocimiento de una historia escrita. El otro había sentido, literalmente, cómo la tierra se movía bajo sus pies. Y entre ambos había 2.200 kilómetros. Pero aquella mañana comprendieron que la distancia no siempre se mide en kilómetros. A veces se mide en abrazos que no pudieron darse. En llamadas que se hicieron con el corazón acelerado. En noches de insomnio. En pensamientos que viajan sin permiso.

En esa inexplicable sensación de saber que algo sucede con alguien que amamos, incluso antes de conocer la noticia. Aquella noche, el hermano mayor había recibido un premio por contar historias. Pero la historia más poderosa no estaba en una pluma. Estaba en ellos. En dos hermanos separados por 2.200 kilómetros, pero unidos por la sangre, por la memoria y por una conexión que ninguna distancia podía romper. Y, después de todo lo ocurrido, ambos entendieron nuevamente el significado de aquel viejo refrán que tantas veces habían escuchado “En las buenas y en las malas, más”. Porque solo los leales entienden lo que significa estar.

El pasado 10 de agosto, la tierra volvió a recordarnos que está viva, a las 7:34 de la mañana, Colombia experimentó uno de los eventos sísmicos más importantes de las últimas décadas; un terremoto de magnitud 7,4, con epicentro en el municipio de San José del Palmar, Chocó, y una profundidad aproximada de 103 kilómetros, de acuerdo con el Servicio Geológico Colombiano (SGC). El organismo señaló que se trató del sismo de mayor magnitud registrado en Colombia durante el siglo XXI.

Desde el punto de vista geológico, el evento está relacionado con la compleja dinámica tectónica del noroccidente de Suramérica. Colombia se encuentra en una región donde interactúan las placas de Nazca, Sudamérica y Caribe, además de numerosas estructuras y fallas geológicas. En el Pacífico colombiano, la placa de Nazca se introduce por debajo de la placa Sudamericana mediante un proceso conocido como subducción. Este movimiento es continuo a escala geológica, pero la fricción entre las placas puede impedir temporalmente que se desplacen de manera uniforme. Como consecuencia, la corteza acumula enormes cantidades de energía hasta que las rocas alcanzan un punto de ruptura y esa energía se libera súbitamente en forma de ondas sísmicas.

El terremoto tuvo su hipocentro a unos 103 kilómetros de profundidad, por lo que se considera un sismo de profundidad intermedia. Esta característica, combinada con su elevada magnitud, permitió que las ondas sísmicas se propagaran a grandes distancias y fueran percibidas ampliamente en el territorio nacional. El movimiento también fue reportado en sectores de Panamá y Venezuela, mientras que el sistema de información ciudadana del SGC recibió reportes de más de 12.000 personas pertenecientes a alrededor de 900 centros poblados que sintieron el terremoto.

Es importante diferenciar entre magnitud e intensidad. La magnitud 7,4 describe el tamaño del terremoto y la energía liberada en su fuente, mientras que la intensidad refleja los efectos que ese movimiento produce en un lugar específico. Por eso, un mismo terremoto puede sentirse con diferente fuerza dependiendo de la distancia al epicentro, la profundidad, las características geológicas del terreno y la vulnerabilidad de las edificaciones.

Después del terremoto principal, la actividad sísmica continuó. Durante las primeras horas, el SGC registró 18 réplicas, con magnitudes entre 1,4 y 4,8 y profundidades menores a 100 kilómetros. Estas réplicas son consecuencia del reajuste de las estructuras geológicas después de la ruptura principal y pueden continuar durante días, semanas o incluso meses, aunque su frecuencia normalmente disminuye con el tiempo.

Más allá de la magnitud de 7,4, el terremoto del 10 de agosto recuerda que Colombia se encuentra sobre un territorio geológicamente activo, donde los procesos que dieron forma a los Andes y al relieve actual continúan ocurriendo. Los terremotos no pueden evitarse ni predecirse con precisión de manera determinista, pero sus consecuencias sí pueden reducirse mediante el conocimiento científico, el monitoreo permanente, normas de construcción adecuadas, planificación territorial, la cultura de la prevención y la preparación de las comunidades. Cada terremoto es, en ese sentido, una manifestación de la dinámica de un planeta que permanece en movimiento constante y una oportunidad para transformar ese conocimiento en gestión y resiliencia.

 

 


Sobre el autor:

 

Ca­mi­lo Cor­tés- Use­che es bió­lo­go Ma­rino. Maes­tro en Ma­ne­jo de Eco­sis­te­mas Ma­ri­nos y Cos­te­ros, con doc­to­ra­do e in­ves­ti­ga­ción post­doc­to­ral en el área de las Cien­cias Ma­ri­nas. Su tra­ba­jo en el cam­po de la ges­tión y eco­lo­gía ma­ri­na en la Re­pú­bli­ca Do­mi­ni­ca­na le va­lió el re­co­no­ci­mien­to del “Pre­mio Dr. Alon­so Fer­nán­dez Gon­zá­lez 2020” a las Me­jo­res Te­sis de Pos­gra­do del CIN­VES­TAV en la Ca­te­go­ría Doc­to­ra­do. In­no­va­dor de la sos­te­ni­bi­li­dad, cien­tí­fi­co y dis­tin­gui­do por sus apor­tes en la con­ser­va­ción de la na­tu­ra­le­za. Du­ran­te los úl­ti­mos años ha liderado coa­li­cio­nes para un mo­de­lo re­si­lien­te al cam­bio cli­má­ti­co ba­sa­do en la cien­cia, con una idea fir­me del desa­rro­llo so­cial jus­to.