La magnitud de un terremoto mide la energía liberada por la ruptura de una falla geológica. Para calcularla, los instrumentos sismológicos registran la amplitud y la duración del movimiento de la Tierra.

La magnitud es una cantidad logarítmica, por lo que un aumento de un grado representa una liberación de energía aproximadamente 30 veces mayor. Aunque la escala de Richter es una de las unidades utilizadas para medir la magnitud de los sismos, actualmente los especialistas prefieren la escala de magnitud de momento.

Existe una relación entre la magnitud de un terremoto, el tamaño de la falla y el desplazamiento entre los bloques de roca que la conforman. Estos factores permiten conocer la energía liberada durante el movimiento sísmico.

Por otro lado, la intensidad de un terremoto mide los efectos del movimiento en la superficie. Está relacionada con la fuerza con la que se percibe el temblor en un lugar determinado y con los daños que puede ocasionar en las personas, los edificios y otras estructuras.

La intensidad también depende de factores como la profundidad del sismo, la distancia respecto al foco sísmico y el tipo de rocas que atraviesan las ondas sísmicas.

Por esta razón, un mismo terremoto puede presentar diferentes niveles de intensidad en distintos lugares. Asimismo, dos sismos con la misma magnitud pueden provocar intensidades máximas diferentes.

Las escalas de intensidad van desde niveles en los que el movimiento es prácticamente imperceptible hasta aquellos en los que se registran daños graves y destrucción de estructuras.

(AFP)