Este gran monte siciliano tiene 500 000 años de antigüedad y posee unos 3 000 metros de altura sobre el nivel del mar. Un estudio internacional revela cómo evolucionó y explica la razón por la que su actividad volcánica es tan frecuente y diferente al resto.

El pasado 26 de junio, el Etna comenzó un nuevo proceso eruptivo caracterizado por expulsión de lava, lo que ha obligado a las autoridades italianas a intensificar el nivel de vigilancia sobre el volcán, según informa la Agencia EFE.

Diferente hasta la médula

Los volcanes de la Tierra se forman cuando parte del manto terrestre se funde, asciende a la superficie y se solidifica, por lo que, hasta ahora, los expertos pensaban que solo se podían configurar mediante tres vías.

La primera hace referencia al límite entre dos placas tectónicas, cuya separación permite que el material del manto terrestre ascienda y se funda. La segunda se activa cuando una placa se sumerge debajo de otra, lo que produce volcanes muy explosivos como el del monte Fuji en Japón. Y la última se refiere a un fenómeno conocido como ‘punto caliente’, en el que asciende material del manto en medio de las placas tectónicas.

Sin embargo, el Etna no se formó a través de estos mecanismos. Situado cerca de una zona de subducción, su composición química se asemeja a la de los volcanes de punto caliente, pero no tiene las características físicas para serlo.

El estudio muestra que, a diferencia de los volcanes convencionales –en los que el magma se forma poco antes de una erupción– el Etna se alimenta de pequeñas cantidades de magma presentes en el manto superior, a unos 80 kilómetros por debajo de la superficie.

Estos magmas se mueven de forma esporádica hacia la superficie por los movimientos tectónicos que se producen dada la colisión entre las placas africana y euroasiática. La lava asciende a través de fracturas en las placas al doblarse cerca de la zona de subducción de una forma muy similar a cómo se exprime una naranja.

De este modo, el volcán siciliano podría pertenecer a una cuarta categoría poco conocida denominada ‘petit – spot’, descrita por primera vez en 2006 por geólogos japoneses. Estos diminutos volcanes submarinos ofrecen evidencias de bolsas de magma en la parte superior del manto terrestre y demuestran que, en determinadas condiciones, esos conjuntos pueden dar lugar a volcanes.

“Nuestra investigación sugiere que el Etna podría haberse formado mediante un mecanismo similar al que genera los volcanes submarinos de tipo petit – spot«, señala el catedrático de la Facultad de Geociencias y Medio Ambiente de la Universidad de Lausana y autor principal del estudio, Sébastien Pilet. “Hasta ahora, estos procesos se habían observado en estructuras volcánicas muy pequeñas, que por lo general no superaban unos cientos metros de altura. En comparación el Etna es un gran estratovolcán”, informa.

Para saberlo, los expertos recogieron muestras del monte Etna y reconstruyeron la historia química de la lavas expulsadas hasta la actualidad. Mediante datos experimentales, demostraron que su composición se había mantenido constante a lo largo del tiempo. Este hallazgo revela que el magma que alimenta el Etna preexiste en el manto superior y que la cantidad de material expulsado depende por el movimiento de las placas.