Por: Camilo Cortés- Useche, PhD. (Colombia)
La prisión de San Benito tenía un olor penetrante. No era humedad ni hierro oxidado. Era tiempo. Décadas enteras encerradas entre paredes donde las voces aprendían a morir lentamente. En la celda 56 vivía ella.
Los periódicos la habían bautizado hacía muchos años como La Dama Rosa. Algunos decían que había sido responsable de desapariciones imposibles de resolver; otros aseguraban que era una mente brillante atrapada en una red de conspiraciones políticas y rituales pasionales. Nadie sabía dónde terminaba la verdad y comenzaba el miedo.
Ella jamás confesó nada. Pasaba las noches escribiendo cartas. Cartas dirigidas a alguien que firmaba únicamente como El Villano.
Los guardias nunca entendieron aquello. ¿Era un cómplice? ¿Un amante? ¿Una segunda personalidad? Las cartas iban y venían bajo estricta vigilancia, pero el contenido siempre era críptico; fragmentos de poemas, acertijos, recuerdos de un lago rojo al amanecer, referencias constantes a un automóvil color rosa que aparecía una y otra vez como un símbolo imposible de descifrar.
El tiempo también asesina, escribía ella. Solo que nadie escucha sus pasos. Ella era inteligente de una manera peligrosa. No levantaba la voz. No amenazaba. Observaba. Recordaba cada gesto, cada palabra, cada mentira. Los psicólogos penitenciarios duraban semanas antes de pedir traslado. Porque ella tenía la capacidad de desnudar el alma humana con una sola palabra.
Aislada por años, envejeció mirando un pequeño rectángulo de nubes entre barrotes. Pero había alguien que jamás dejó de visitarla.
Caio.
El primer día llegó siendo apenas un estudiante de obsesionado con el caso Rosa. Llevaba un cuaderno lleno de preguntas y la arrogancia limpia de los jóvenes.
¿Usted es culpable? preguntó.
Ella sonrió apenas.
La culpa es un espejo. Cada quien ve lo que necesita.
Caio, volvió la semana siguiente.
Y la otra.
Y la otra.
Con los años dejó de preguntar sobre delitos. Empezó a hablarle del mundo exterior. Del mar. De la lluvia en la ciudad. De cómo los árboles seguían floreciendo aun cuando nadie los miraba.
Ella escuchaba en silencio.
Nunca nadie había permanecido tanto tiempo junto a ella.
Ni abogados.
Ni amigos.
Ni familiares.
Solo Caio.
Con el paso de los años, las visitas se transformaron en una rutina sagrada. Él llegaba siempre con flores pequeñas. A veces gardenias. A veces rosas. Ella fingía indiferencia, pero guardaba cada pétalo dentro de libros viejos.
El tiempo, sin embargo, no perdona.
La belleza afilada de ella comenzó a quebrarse lentamente. Las manos le temblaban. La espalda se encorvó. Su cabello oscuro se volvió ceniza.
Y entonces apareció el miedo.
No al encierro.
Sino a salir.
Porque después de treinta años la corte finalmente anuló el caso. Las pruebas originales estaban contaminadas. Testigos falsos. Corrupción.
Ella podía abandonar la prisión.
Pero la libertad se había convertido en algo monstruoso.
La noche antes de salir no durmió. Permaneció sentada junto a la ventana mínima de la celda, abrazándose las rodillas como una niña perdida.
¿Qué quedaba afuera para alguien olvidado por el mundo?
¿Qué ocurre cuando la prisión deja de ser castigo y se convierte en hogar?
A la mañana siguiente, mientras las puertas metálicas se abrían una tras otra, ella sintió que el corazón le fallaba.
El sol la hirió.
El ruido de la calle le pareció insoportable.
Retrocedió aterrada.
Y entonces lo vio.
Caio.
Más viejo también. Canas en la barba. Arrugas suaves alrededor de los ojos. Pero estaba ahí.
Esperándola.
Como siempre.
Ella sintió algo quebrarse dentro de sí. Durante décadas había sobrevivido gracias a la inteligencia, la frialdad y el silencio. Pero en ese instante entendió que ninguna de esas cosas había sido suficiente.
Porque lo único que realmente la había mantenido viva era la lealtad de aquel hombre.
Ella caminó temblando.
Después corrió.
Corrió como si quisiera recuperar todos los años robados.
Y al llegar a él se abrazó a su pecho con una fuerza desesperada.
Caio cerró los ojos mientras la sostenía.
Ya terminó, susurró.
Pero ella negó lentamente.
No… dijo con la voz rota. Apenas comienza.
Él sonrió.
El carro rosa esperaba estacionado frente a la prisión, brillante bajo la luz de la tarde.
Caio abrió la puerta para ella.
Y por primera vez en treinta años, ella sintió menos miedo del futuro que del pasado.
Mientras el automóvil desaparecía por la carretera, las últimas cartas del Villano quedaron olvidadas dentro de una caja de metal en la celda 56.
Años después, un guardia las leería por curiosidad.
Y descubriría algo inesperado.
Todas las cartas no eran más que un doloroso diario.
Así como en las grandes historias el tiempo puede convertirse en la mayor amenaza o miedo, hoy la humanidad enfrenta una realidad ineludible, el planeta nos está enviando señales cada vez más claras y urgentes.
La Tierra ya nos está hablando. Lo hace a través de temperaturas récord, incendios forestales más intensos, tormentas extremas y glaciares que desaparecen frente a nuestros ojos. Durante décadas, la comunidad científica advirtió que limitar el calentamiento global a 1,5 °C sería fundamental para evitar impactos irreversibles del cambio climático. Hoy, ese límite está peligrosamente cerca de superarse.
El cambio climático ya no es una amenaza del futuro; está transformando el presente de millones de personas alrededor del mundo. Desde sequías prolongadas hasta inundaciones devastadoras, los efectos ambientales, sociales y económicos son cada vez más evidentes.
Sin embargo, en medio de este escenario también crece otra fuerza, la acción colectiva. Comunidades que restauran ecosistemas, jóvenes que impulsan cambios, ciudades que apuestan por energías limpias y proyectos sostenibles que demuestran que todavía es posible construir un futuro diferente.
En el marco del Día Mundial Del Medio Ambiente 2026, la ONU Medio Ambiente hace un llamado global urgente para actuar “Por El ClimaYa”. La campaña busca recordar que aún estamos a tiempo de cambiar el rumbo, pero que cada decisión cuenta y cada décima de grado importa.
La necesidad de actuar es crítica. Para mantener el calentamiento global por debajo de 1,5 °C durante este siglo, las emisiones anuales de gases de efecto invernadero deben reducirse a la mitad antes de 2030. De no hacerlo, la exposición al aire contaminado podría aumentar en un 50 % durante esta década, mientras que los desechos plásticos que llegan a los ecosistemas acuáticos podrían triplicarse para 2040.
Y estas no serían las únicas consecuencias.
La crisis climática amenaza la salud humana, la seguridad alimentaria, la biodiversidad y la estabilidad de nuestras comunidades. Por ello, la transición hacia una vida sostenible y en armonía con la naturaleza ya no es una opción, sino una necesidad urgente.
La Tierra nos está enviando señales. La pregunta ahora es ¿Qué señal vamos a enviar nosotros?
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Camilo Cortés- Useche es biólogo Marino. Maestro en Manejo de Ecosistemas Marinos y Costeros, con doctorado e investigación postdoctoral en el área de las Ciencias Marinas. Su trabajo en el campo de la gestión y ecología marina en la República Dominicana le valió el reconocimiento del “Premio Dr. Alonso Fernández González 2020” a las Mejores Tesis de Posgrado del CINVESTAV en la Categoría Doctorado. Innovador de la sostenibilidad, científico y distinguido por sus aportes en la conservación de la naturaleza. Durante los últimos años ha liderado coaliciones para un modelo resiliente al cambio climático basado en la ciencia, con una idea firme del desarrollo social justo.




