México.

Hacia 1839, el inventor norteamericano Charles Goodyear hizo una promesa a su hijo, aunque no estaba convencido de poder cumplirla: fabricar las llantas más resistentes para su triciclo.

Goodyear ignoraba que hace más de mil años algunas culturas mesoamericanas ya habían encontrado una manera para elaborar pelotas y otros objetos a partir de resinas naturales. Pero sí conocía el trabajo del escocés Charles Macintosh, quien había patentado un método para disminuir la pegajosidad del caucho natural.

Con bastante suerte, encontró la ecuación adecuada para estabilizar el caucho mediante calentamiento. Sabedor de su buena fortuna, llamó vulcanización a su invento, en honor al dios romano del fuego, Vulcano. Pero el verdadero plástico aún no veía la luz.

Hacía falta que un inmigrante belga, de nombre Leo Baekeland y radicado en Nueva York, se ocupara de experimentar con resinas sintéticas hasta inventar un material inédito en 1907, al que llamó baquelita, a partir de su apellido.

Algún visionario de la época, tomando como referencia el ejemplo de los venerables naturalistas que habían encumbrado la taxonomía para nombrar y clasificar la naturaleza, anunció: “Hemos trascendido la taxonomía clásica del mundo natural, los reinos animal, mineral y vegetal. Ahora contamos con un cuarto reino cuyas fronteras son ilimitadas”. Y no exageraba.

Por: Museo de Ciencias Ambientales de la Universidad De Guadalajara.