Colombia.

En Morelia, en el sur de Colombia, la tierra es clave como fuente de alimento para los animales. El granjero Ferney Vaquero tiene decenas de vacas y, ahora, se beneficia del programa de reforestación, contribuyendo a plantar nuevos árboles.

«Aquí, antes, hace unos quince años, esto era zona ganadera, eran pasturas. Luego, no era tan rentable. Se dejó recuperar algo y luego, en este proyecto, vimos la oportunidad de poder tener algo productivo», destacó Vaquero.

Con ello no solo ayuda a la reforestación, sino que crea una base de sustento importante para él y su ganado.

“Es que, por ejemplo, para implementar un proyecto, un proceso como estos, realmente demanda mucho tiempo, pero nosotros en el campo, con algo que nos ayuden de sustento, de recurso para poder mantenernos e implementarlo nosotros mismos, es de muy gran valor”, contó Vaquero.

La Unión Europea financia con millones de euros los proyectos de reforestación. Pero las empresas del bloque comunitario son indirectamente responsables de la deforestación de la selva, como denuncian organizaciones ambientalistas locales.

“Son los segundos principales importadores de deforestación. Con su consumo, terminan incentivando la deforestación que hay en América Latina. Y, por supuesto, tendrían que responder y tendrían que aportar. Lo que pasa es que las medidas que se están implementando no resuelven de fondo y terminan siendo una manera de limpiar la imagen”, explicó un ambientalista.

Un lavado de imagen que no resuelve el problema. El último punto álgido de deforestación se produjo en 2022, cuando se talaron casi veinte mil kilómetros de bosques, un aumento del 21 % con respecto a 2021 solo en Brasil.