Pocos quieren comprar las frutas y el pescado de Fukushima

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Fukushima (Japón), 28 jul (EFE).-

A los agricultores y a los pescadores de la región japonesa de Fukushima les está costando convencer a los consumidores de que sus productos no están contaminados por el desastre nuclear de 2011, pero confían en que con tiempo y paciencia podrán superar su frustración.

“Hay que cambiar la mentalidad de la gente”, sostiene Satoko Anzai, quien, junto a su marido, Chuzaku, y el resto de la familia, gestiona una granja frutícola de 5 hectáreas al norte de la ciudad de Fukushima.

“La gente todavía dice que no a nuestros productos, a pesar de que mostramos evidencias de que nuestro suelo no está contaminado”, agrega la agricultora, de 69 años, al lado de un melocotonero preñado de fruta al que le falta poco tiempo para la recogida.

Chuzaku, su marido, es la cuarta generación de agricultores de la zona. La granja la manejan los cuatro miembros de la familia, en un negocio que comenzó a vivir sus peores momentos tras el desastre de la central nuclear de Daiichi que se registró el 11 de marzo de 2011.

Pocos quieren comprar las frutas y el pescado de Fukushima
Operarios del Centro de Tecnología Agrícola de Fukushima cortan muestras de vegetales y carne para someter los productos a pruebas de contaminación radiactiva.- EFE/Agustín de Gracia

En esa fecha, un terremoto de magnitud 9 en la escala de Richter y un tsunami que elevó las aguas quince metros destrozó la central nuclear de Daiichi, que comenzó a levantarse en 1967, y en la que varios de sus reactores sufrieron fusiones.

Las autoridades ordenaron la evacuación de un área de 370 kilómetros cuadrados, pero siete años después de la tragedia la región va recuperando el ritmo poco a poco, aunque será difícil alcanzar los estándares anteriores a 2011.

La contaminación se extendió principalmente por el aire, llegó a las capas subterráneas y también al mar, creando un desastre nuclear que sigue marcando a este país, precisamente el único atacado con armas atómicas.

La producción de melocotones, cerezas y arándanos de los Anzai llegó a caer un 35 %. Tuvo que descontaminarse la tierra, lavarse los árboles frutales y, tres años después, la producción retornó a sus niveles previos al desastre.

La familia Anzai vive de su producción y de las subvenciones de las autoridades y las de la empresa dueña de la central nuclear, pero sigue empeñada en convencer a sus antiguos clientes de que su fruta no está contaminada, y muestra orgullosa todos los documentos que así lo demuestran.

Son angustias que tienen también los pescadores del área de Fukushima, aunque las suyas son peores porque las capturas han caído hasta el 16 % de los niveles de antes del desastre nuclear, y a pesar de que hay barcos suficientes para pescar, son pocos los que quieren su pescado.

“Va a pasar tiempo hasta que comiencen a comprar nuestro pescado de nuevo”, se lamenta Kazunori Yoshida, director de la Asociación de Cooperativas de Pesca de la ciudad de Iwaki al explicar este viernes a un grupo de periodistas cómo está viviendo la tragedia el sector.

De los 200 barcos del puerto de Onahama, uno de los más importantes de la zona, sólo pueden operar unos 50 al día, por turnos establecidos según el tipo de captura. “No hay mercado para 200 barcos”, se lamenta Yoshida.

En el puerto de Onahama existe un laboratorio que desde hace años se encarga de analizar los peces capturados para rastrear posibles señales de contaminación. Los peces son cortados con esmero y las pequeñas piezas depositadas en un analizador de radiación.

Los estándares son mucho más rigurosos que en otros países.

Para el pescado y los vegetales, por ejemplo, sólo se permiten niveles que son la doceava parte de los valores que se exigen en Estados Unidos y la décima parte del Codex Alimentarius internacional.

También se analizan continuamente verduras, frutas y carne en otro laboratorio de la ciudad de Fukushima.

Para poder recorrer las instalaciones, los visitantes tienen que cambiarse de chancletas en tres ocasiones para evitar contaminación externa, y cada muestra es introducida en unas unidades de análisis que cuestan cerca de 200.000 dólares cada una.

Estas pruebas no tienen fecha final. Los controles se siguen haciendo hasta que se hayan superado todas las dudas, la familia Anzai pueda vender sus melocotones sin prejuicios y los pescadores de Iwaki salgan al mar sabiendo que su captura tendrá mercados.

Por: EFE

Noticiero Científico y Cultural Iberoamericano – Noticias NCC
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